martes, 21 de julio de 2020

Diario de un profesor peliculero (33): de la conquista de la razón y de las dudas razonables


Doce hombres sin piedad [1953], de Reginald Rose | El Quicio de la ...En la última entrada terminaba con una expresión que parece política pero que es hondamente filosófica: rendir cuentas. Lo traduciré a un lenguaje menos economicista: dar explicaciones.

Estoy buscando el origen de la palabra y me entero de que procede del latín y es algo así como desplegar lo que estaba doblado, oculto a la comprensión que, de este modo, es lo previo a la explicación. Primero sería comprender, saber qué ocurre, y luego explicar. Probablemente esto es lo que constituye la acción docente: comprender y luego explicar. También la acción del estudiante: primero comprender, saber, aprehender algo. Y sí, después saber explicar, no otra cosa es un examen, un ejercicio de clase, una disertación filosófica, un dilema moral, un trabajo que no se limite a cortar y pegar. Aprender es aprehender, hacerse activamente con algo, hacerlo nuestro. Y, como se suele decir, ser capaz de explicárselo a alguien. Recomiendo a mis estudiantes esta técnica: cuando creáis que sabéis algo, intentad explicárselo a alguien que no sepa nada o muy poco del asunto, veréis lo difícil que es y también que la verbalización de algo es también una lucha con vosotros mismos, la prueba del algodón de si habéis comprendido bien algo. A menudo decís que lo sabéis, pero que no sabéis explicarlo. Entonces es que no lo sabéis; como mucho, tenéis retazos, ecos, poco más.

Si me aúpo a la tradición de los gigantes, debo remontarme a Platón. En su República lo dice en repetidas ocasiones: hay que dar y pedir razones. No obstante, parece que el primero en utilizar la palabra logos fue Heráclito, un filósofo del que apenas se conservan fragmentos (su libro se quemó, como tantos otros de la Antigüedad). En uno de ellos se dice esto: “No escuchándome a mí, sino a la razón, sabio es reconocer que todas las cosas son una”. Y en otro, estas son sus palabras: “Aunque este logos existe siempre, los hombres se tornan incapaces de comprenderlo, tanto antes de oírlo como una vez que lo han oído. En efecto, aun cuando todo sucede según este logos, parecen inexpertos al experimentar con palabras y acciones tales como las que yo describo, cuando distingo cada una según la naturaleza y muestro cómo es; pero a los demás hombres les pasan inadvertidas cuantas cosas hacen despiertos, del mismo modo que les pasan inadvertidas cuantas hacen mientras duermen” (1).

Eso es la conquista del logos, palabreja que utilizamos mucho en clase de filosofía y que habitualmente suele traducirse como razón, sin que eso agote su campo semántico. También es palabra, verbo, ciencia, tratado, explicación, teoría… Me llama la atención algo de las palabras de Heráclito: logos quiere decir razón, pero esta facultad humana de comprensión y más tarde explicación no se da en todos los hombres, algunos son “incapaces de comprenderlo”, “parecen inexpertos al experimentar con palabras”. O sea, que no es nuevo esto de que no nos escuchamos. Que no nos comprendemos, es evidente, pero tal vez uno de los motivos será que no nos escuchamos. Oír no es lo mismo que escuchar, del mismo modo que ver no es sinónimo de mirar. Escuchar y mirar exigen una disposición voluntaria, una atención. Pero también hay un requisito moral en ellas: el respeto al otro y a lo que hay en común entre nosotros, lo que excluye el menosprecio y la soberbia moral. Ya lo dijimos: podemos estar equivocados ambos e incluso ambos a la vez. Ese respeto al otro como interlocutor exige una consideración hacia su humanidad como equivalente a la mía, pero no una equivalencia de las opiniones. Me gustan mucho estos versos del poeta Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela” (Proverbios y Cantares, LXXXV). Puede que Heráclito y luego Platón aspirasen a que la palabra consiguiese la verdad total, puede que esas pretensiones máximas sean una utopía, pero su alternativa, la filodoxia, esto es, la pretensión de que la opinión (doxa) es correcta siempre, no parece lo mejor.

Cartel oficial de '12' - eCartelera
Y cine, que estamos llegando al ecuador de esta entrada y ni una palabra de cine. Es que aún no he desvelado lo que tengo en la cabeza. Nada menos que Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957). La 2, como es costumbre los martes, emite una película excelente, un clásico, la ópera prima de un director muy prolífico; entre sus muchas películas excelentes también me gustaría recomendar Veredicto final, emparentada con la primera pero rodada 25 años más tarde. Por cierto, tras la película se emitirá la no menos excelente versión teatral que se hizo en España (enlace al final). Que yo sepa, hay dos versiones más. La primera, de 1997, la rodó William Friedkin para la televisión y en España se tituló Doce hombres sin piedad: veredicto final. La segunda, 12, debe su autoría a Nikita Mikhalkov que en 2007 trasladó la trama a la Rusia de esos años con el conflicto checheno de fondo. En mi opinión, Mikhalov hizo una recreación más que digna y añadió un elemento nuevo de gran interés. No obstante, las críticas fueron desiguales. Sin embargo, tiene más puntuación en todos los lugares en que se reseña la versión que se hizo para televisión, que -otra vez mi modesta opinión- aporta poco y tiene una muy menor carga dramática, que descansa sobre un siempre eficaz Jack Lemmon. Pero es que emular a Henry Fonda (Número 8 en el original) era muy complicado.

Aunque a primera vista se trata de una clásica película de juicios, como hay tantas, son casi un género en sí mismas, ofrece muchos elementos filosóficos. Se trata de una deliberación, en un caso aparentemente claro, en el que el jurado debate sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. Pero el personaje interpretado por Henry Fonda vota inocente. ¿Y ahora qué?, replican los otros miembros del jurado. Y él contesta: ahora tendremos que hablar. El resto de la película es una lucha de la verdad (o de la aspiración a la verdad) contra la apariencia, del sentido común crítico e ilustrado contra el sentido común acrítico, como dijo Popper, de las razones contra las emociones. La duda razonable es el elemento que pone en marcha la tarea analítico-crítica en la que consiste la película (y la filosofía). De todo esto es precisamente de lo que se ocupa la filosofía: de la argumentación. Y no sólo en su parte teórica: argumentar es una obligación moral y política.

Casi todos mis alumnos conocen la película porque es un clásico en mis clases. Hace unos años empezaba el curso con ella. Ahora trabajamos con ella inmediatamente detrás de los temas de lógica informal para desarrollar los temas relativos a la argumentación. También puede usarse en los temas de ética. Da mucho de sí. Incluso podría sernos útil en la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato, para ilustrar los temas de Platón (la búsqueda de la verdad), así como la filosofía práctica de Kant (el deber, lo correcto, frente a lo útil o conveniente). Mañana me pongo con estos dos monstruos porque hoy quería insistir en lo de la palabra, el logos.

La película comienza con el final de un juicio: un muchacho de extracción marginal ha sido juzgado por el asesinato de su padre. El juez recuerda finalmente a los miembros del jurado la gravedad del hecho y su responsabilidad: la pena puede ser la capital si lo consideran culpable. Ahora bien, si tienen dudas razonables, no deben declarar culpable al acusado. Pero ¿qué es una duda razonable? No estoy hablando sólo del término jurídico, sino de su uso en la vida cotidiana y la facilidad de manipulación por la vía emotiva de la opinión pública. Recordemos -es sólo un ejemplo entre muchos posibles- la condena de Dolores Vázquez por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Todo el mundo estaba convencido de su culpabilidad, incluido el jurado. Los medios de comunicación ya habían sembrado y abonado la semilla de la culpabilidad (que no de la duda, mucho menos de la duda razonable) en el corazón de casi todos los españoles. No tenemos costumbre de no opinar, parece que somos incapaces de decir: no sé nada de este tema, no tengo suficiente información, prefiero no precipitarme, necesito más datos, no me gusta que me digan lo que debo pensar… Dolores Vázquez fue puesta en libertad cuando se encontró al verdadero culpable, asesino a su vez de Sonia Carabantes, lo que condujo a su detención. ¿Quién devuelve a Dolores Vázquez sus meses en prisión, su vida interumpida? ¿Puede resarcirse con dinero este castigo inmerecido? ¿Y si nos pasara precisamente a nosotros algo así?

Una duda razonable… Por eso se dice siempre en derecho que hay que demostrar la culpabilidad, no la inocencia. No puedo demostrar que no maté a Kennedy, que no robé el examen de mi oposición o que no he estafado a los pensionistas. Son los acusadores quienes deben probar. En ciencia se dice que la carga de la prueba debe llevarla quien afirma algo (no se prueba que la lejía no puede curar el cáncer, se prueba, en todo caso, que lo cura). En derecho, la carga de la prueba la lleva quien acusa, quien denuncia, a él corresponde probar la culpabilidad. Y por eso se aplica siempre este principio: in dubio, pro reo. Es decir, en la duda, si hay insuficiencia probatoria, es preciso actuar a favor del acusado o imputado.

¿Y cómo se determina esto? En la película todo parece señalar hacia una culpabilidad clara, una evidencia. Evidente quiere decir precisamente ausencia de dudas, la verdad que se manifiesta sin fisuras. Se realiza una votación, todo parece decidido. Pero alguien vota inocente. ¿Inocente? En España es algo chocante porque aquí la dicotomía es culpable/inocente, mientras que en el mundo anglosajón, y por tanto en la película, es guilty/not guilty, es decir, culpable o no culpable. En su tradición, lo que aquí llamamos inocencia quiere decir que no existe fuerza probatoria suficiente.

No es “alguien”, es el número 8 .Nunca sabemos sus nombres hasta que al final dos de ellos se presentan. No importa, esto va de otra cosa, no de protagonismos ni de estrellas que lucen palmito. El resto de los miembros del jurado se muestran disconformes, algunos rabian por diversos motivos (que no razones), incluso hay uno que quiere acabar pronto para irse a ver un partido: en su primitivismo emocional todo es sencillo, se vota, se le condena a la silla eléctrica y yo me voy a ver un partido de béisbol, que es lo que importa.

Doce hombres sin piedad (1957) - FilmaffinityPero no. El aguafiestas de Henry Fonda (número 8) está allí para preguntar. Para preguntar, diría yo, filosóficamente. Uno de los miembros del jurado le dice entonces: “¿Y ahora qué?”, a lo que él contesta: “Tendremos que hablar”. El aguafiestas que de vez en cuando aparece, el kantiano, el que no tiene prisa ni entradas para un partido. Ha llegado una persona corriente que dice que tenemos que hablar. Y eso significa usar la razón, el logos, ese dar cuenta de algo, explicar, sacar a la luz lo que estaba oculto o, al menos, no dar por claro y evidente lo que es dudoso.


Votar está bien y es uno de los procedimientos de la democracia al que no estaríamos dispuestos a renunciar. Pero hay cuestiones que no pueden ser sometidas a votación. Algunas porque su verdad está fuera de la opinión (las leyes de la Física, por ejemplo: ¿se imagina alguien que un parlamento vote en contra de la segunda ley de la termodinámica?). Otras pueden votarse, pero el resultado solo indica la convicción de los votantes frente al tema propuesto y en absoluto la verdad. Por eso hay que ser enormemente escrupuloso en estos temas y evitar la contaminación emocional, que convierte los motivos en razones como por arte de magia. Y ya se sabe que las emociones son estupendas… Algunas. Y otras no, pero todas tienen un gran poder conmovedor y movilizador.

Tras la primera votación todos votan “culpable”, excepto el “número 8” (Henry Fonda). Uno de los miembros del jurado exclama: “¿Y ahora qué?”, a lo que Fonda contesta: “Tendremos que hablar”. ¿Por qué deberíamos hacerle caso?, ¿qué quiere decir exactamente con esas palabras?, ¿para qué hemos de hablar?, ¿no basta con votar?, ¿es lo mismo lo verdadero que lo mayoritario?

Voy a terminar por hoy (amenazo con  más) con un hermoso texto de Xavier Rubert de Ventós que me parece muy adecuado para hermanar la actividad filosófica con el mensaje de la película (2):

“…para hacer filosofía hay que ser lo bastante valiente, o simplemente ingenuo, para reconocer que no vemos las cosas claras. Para aceptar sin reservas ni coartadas el desconcierto, la desazón y el vértigo que nos produce lo que no entendemos. A menudo se cita como frase inaugural de la filosofía la expresión de Sócrates 'Sólo sé que no sé nada'. Y es que, efectivamente, la filosofía ni sabe mucho ni da casi nada. No da, por ejemplo, ni la seguridad que nos ofrece la ciencia, ni el placer que produce el arte, ni el consuelo que puede darnos la religión. (...) es más bien la carcoma, la inquietud, la eterna búsqueda del pensamiento insatisfecho”.



(1) Citas extraídas de estos dos enlaces sobre los fragmentos de Heráclito:

(2) Xavier Rubert de Ventós: Filosofía y/o política, ed. Península, Barcelona, 1984, págs. 14-15.



Versión teatral española de Doce hombres sin piedad:



Procedencia de las imágenes: 
https://elquiciodelamancebia.wordpress.com/2009/06/06/doce-hombres-sin-piedad-1953/
https://www.ecartelera.com/noticias/1586/cartel-oficial-12/
https://www.filmaffinity.com/es/film695552.html



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