El caso es que Adso ha tenido su primera experiencia sexual y está desconcertado. También agradecido. Y, cómo no, se siente culpable. Por eso, una vez en la celda que comparte con Guillermo, necesita que su corazón se desahogue, necesita sacar fuera lo que le hace daño. Un par de veces he comentado con mis compañeros de la asignatura de Religión las similitudes que hay entre la confesión y algunas de las terapias psicológicas: ambas buscan que el pecador/paciente saque fuera lo que lo atormenta; naturalmente, no son lo mismo y en la terapia no se impone una penitencia, no hay una gracia a la que retornar, sino una autoestima que recuperar. Por cierto, uno de ellos me dijo que estaba completamente de acuerdo y el otro se enfadó mucho.
Repasemos la secuencia, cuyo enlace es este:
“Maestro, hay algo que debo contaros”, dice Adso. Pero
Guillermo es uno de esos que casi lee el pensamiento: “Ya lo sé”. O no, lo que
hacía Guillermo es leer las señales del mundo, eso que hoy llamamos ciencia
natural, aunque aquí es más bien ciencia del espíritu, psicología más que confesión.
Cuando Adso le pide que le oiga en confesión, le responde que “bueno,
preferiría que antes me lo explicaras como amigo”. Adso, pese a la alfombra de
comprensión y empatía que le ha puesto Guillermo, no sabe cómo empezar y
empieza a dar vueltas al asunto. Innecesariamente, claro: Guillermo lo sabe
todo desde el principio y el franciscano que es no va a reprocharle las
debilidades de la carne, quién no es un pecador.
Es muy divertida la respuesta que da Guillermo a la pregunta
del pupilo sobre si ha estado alguna vez enamorado: “¿Enamorado? Muchas veces.
(…) De Aristóteles, de Ovidio, Virgilio, Tomás de Aquino…”. Pero, claro, no es
eso lo que quiere saber Adso, que busca a alguien que haya pasado lo mismo que
él… Y sí, pero no. Guillermo parece mantenerse puro y, aunque ironiza, no es
sarcástico con Adso, no se burla. Al contrario, en ese momento se yergue y
vemos su rostro amistoso cuando le
pregunta a su vez: “¿No estarás confundiendo amor con lujuria?”. Pero Adso no
lo sabe, aún está bajo los efectos del amor carnal, eso tan confuso y
alambicado donde deseo, amor, cariño, afecto, apego, etc. se retuercen entre sí
formando una soga que, siendo una, está formada por multitud de hilos
diferentes. Adso es preso de un sentimiento expansivo pero a la vez la culpa le
lanza puñetazos que no sabe cómo esquivar. Recuerda a la campesina, que le dio
placer y que también le dio dolor, alguien por quien quiere hacer algo, mucho
más, pero que tal vez deba quedarse atrás en su vida. Recordemos la entrada de
hace dos días, ese juego de miradas que lo dicen todo con el que acaba la
película.

Guillermo no ha dado al novicio lo que él quería. Esperaba
una absolución con su penitencia correspondiente sobre su infracción al sexto
mandamiento, pero Guillermo ha iniciado una conversación amistosa y sin
reproches, todo lo más alguna suave advertencia. Adso esperaba más, esperaba
absolución, irse libre de pecado, liberarse de esa losa que le impedía
disfrutar de la alegría sexual, contaminada por una culpa de la que desea desprenderse.
No entiende bien lo que ha pasado, su desasosiego es evidente -en realidad lo
es durante toda la película- y es en ese momento cuando Guillermo pronuncia
unas palabras, de lo más hermoso de la película y del libro. Palabras que van a
ayudar al discípulo, pero que siguen siendo de actualidad y que muchos supremacistas machotes harían bien en
repasar. Claro que ellos no son franciscanos empáticos, sino intolerantes
necesitados de dogmas y consignas.
A Adso no le bastan las palabras sagradas. Como hemos dicho,
busca el sesgo de confirmación. Y lo encuentra en su maestro cuando le pregunta
qué opina. Atención: no inquiere qué dice la Biblia, qué dice Santo Tomás, etc.
No, busca la opinión (que no es lo mismo que la certeza, pero aquí, recordemos,
tenemos a un joven atormentado que necesita consuelo, no verdades con
mayúsculas que le hieren el alma). Las palabras, las maravillosas palabras de
Guillermo son estas: “Me cuesta convencerme a mí mismo de que Dios haya
introducido a un ser tan inmundo en la creación sin haberle dotado de alguna
virtud”. Feminismo avant la lettre,
estamos en el siglo XIV.
Pero no acaba aquí la cosa. Guillermo está lanzado y termina,
al modo franciscano con esta bella conclusión: “Qué pacífica sería la vida sin
amor, Adso, qué segura, qué tranquila… y qué insulsa”. Me temo que Guillermo no
está hablando de ese amor a Dios que predicaba Tomás de Aquino, sino del otro,
del amor terrenal en todas sus variantes. En Guillermo hay casi envidia de
Adso, confiesa no tener la experiencia que su discípulo posee, pero la vida con
amor es otra cosa, es pasión.

Recordemos otros momentos de la película: Guillermo se enfrenta
al abad, al inquisidor, a las otras órdenes religiosas, incluso a la propia, a
las creencias no científicas (“mi maestro creía en Aristóteles y el la lógica”)…
Guillermo defiende con pasión y vehemencia sus convicciones, pero también con
rigor. A veces confundimos al que más indignado está, o al que más grita, con
el que más razón tiene. Y no: la razón debería imponerse a gritos y en
susurros. Pero Guillermo es un pasional de la verdad, un científico encerrado
en un hábito, aunque haya escogido el de los franciscanos, probablemente el
menos reprobatorio, el menos ortodoxo.
Y, recordemos, pensar distinto, pensar por uno mismo,
atreverse a pensar, pensar, es ser un heterodoxo. Y eso tiene elevados peajes.
Procedencia de las imágenes:
https://www.cajagranadafundacion.es/wp-content/uploads/2018/01/guia-visionado-nombre-rosa.pdf
https://sildavia9.wordpress.com/2015/01/26/santo-tomas-de-aquino-patrono-de-la-universidad/
https://rebobinandovhs.com/2014/10/19/el-nombre-de-la-rosa-cine/
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