miércoles, 19 de octubre de 2022

Una charla de Nuccio Ordine

Pensaba que el tiempo de este blog se había terminado, pero estoy escuchando esta magnífica charla de Nuccio Ordine. Merece la pena, entera:




viernes, 1 de julio de 2022

Despedida



En un colegio privado, de cuyo nombre no quiero acordarme, entró hace ya 35 años un joven tan inexperto como ilusionado. Era el nuevo profesor de filosofía, este que ahora se despide de vosotros.

35 cursos completos, completísimos. Apenas he faltado siete u ocho días, dos bajas que me inmovilizaron por un esguince y una lumbalgia. La vida me ha obsequiado con buena salud. Ojalá por muchos años.

En ese tiempo he conocido todas las leyes educativas de la democracia. Empecé con la LODE, que fue sustituida por la LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE y LOMLOE. 35 cursos y 7 leyes; como la última apenas voy a disfrutarla, son 6, o sea, casi una ley cada 6 años. Insoportable.

Porque este es uno de los grandes problemas de la educación en España, que no hay modo de que los padres de la patria se pongan de acuerdo en una ley que sea aceptable y aceptada. Cada vez que hay un cambio de gobierno, comienzan a reescribirse las nuevas normativas. Y así no hay manera. Me temo que, si en poco tiempo hay un cambio de ejecutivo, suceda lo mismo de nuevo y la LOMLOE fallezca sin haber sido del todo desarrollada. Ya sucedió con la “Ley Del Castillo”: el gobierno entrante la fulminó en sus primeros días al frente del país.

Nunca vamos a estar todos de acuerdo. Desde luego, los de Filosofía no. Nuestras asignaturas son un sobresalto continuo. Si se observa bien, solo permanece en todo este tiempo la Filosofía de 1º de Bachillerato, si bien con una disminución horaria de 1 hora desde el comienzo y 2 en alguna comunidad con lengua propia. Pero por nuestro departamento han desfilado estas: Ética, Alternativa a la Religión, Educación para la Convivencia, Historia de las Religiones, Educación para la Ciudadanía, Filosofía 4º, Sociología, Antropología, Teoría del Conocimiento, Aprender a Pensar, Filosofía, Filosofía y Ciudadanía, Psicología, Historia de la Filosofía… Muchas de ellas desaparecieron como lágrimas en la lluvia.

Algunas tienen una hora a la semana. Una. Eso hace que nuestro alumnado se multiplique y lo normal sea superar los 200 estudiantes año tras año. Hablamos de un departamento en el que se corrige mucho. Hay profesores que tienen a su cargo los mismos alumnos que yo en una sola clase. A veces he preguntado cuántos alumnos es decente que se le encomienden a un solo profesor. Respuesta: es lo que hay, chaval, argumento lentejas.

Así que estoy cansado, muy cansado. No de la profesión, sino de las condiciones de trabajo. Desde los recortes en educación (recortes, no ajustes como perversamente se dice, como si fuéramos idiotas) no he levantado cabeza. Mi salud física y mental se han resentido. El curso pasado toqué fondo, pero mi médica consideró que podía seguir trabajando. De manera que ahí seguí, con el sentido kantiano del deber y las admoniciones de mi madre desde el más allá. Ha llegado la hora de descansar.

Por cierto, mi madre. Soy hijo de maestra y padre de alguien que pronto será profesor. El último día de clase, cuando ya habían desaparecido todos los estudiantes me quedé parado en el patio y pensé que si viviera mi madre la llamaría y le diría que he hecho lo que he podido, con dignidad y sin aspavientos. Sí, mamá, lo que tantas veces me dijiste: que nadie te ponga la cara colorada, sé puntual, prepara bien tus clases, hazlo lo mejor que sepas. Eso he hecho.

No me lo han puesto fácil. Cuando conseguí escapar de aquel colegio privado aterricé en Teruel: un curso allí y luego otro en Illescas. Era interino: 16 horas de clase y apenas nada de burocracia. Nada. Luego aprobé las oposiciones en Valencia y pasé por el IES Benlliure, Cheste, Campanar y 36. Muy poca burocracia aún, pero ya la cosa empeoraba y empezamos con 2 horas más y asignaturas con menor dotación horaria, es decir, más alumnos. Luego vine a Guadalajara, donde he estado los últimos 18 cursos, 15 en el Luis de Lucena y 3 en el Castilla. Y descubrieron algunos lumbreras que a los profesores había que entretenerlos rellenando papeles para que todo funcionara mejor (dicen ellos). Pedimos más recursos y la respuesta es más papeles. Claro: el papel lo aguanta todo, lástima que la realidad suela ser de otra manera. Desde hace unos cuantos años hay que hacer papeles y levantar acta para todo, pero cuando pedimos más medios nos dan a entender que los recursos somos nosotros, que hay que trabajar más por menos. Es el mercado, amigos, como dijo aquel.

La llegada al poder de ciertos personajes significó el incremento de 2 horas lectivas y luego 3, la disminución de horas para tareas burocráticas al Jefe de Departamento, el aumento de la ratio y la eliminación de otros derechos como eran el mal llamado año sabático o la disminución de la carga lectiva a los mayores de 55 años. O sea, yo. Llego a todos los recortes y a ninguna ventaja. Es lo que tiene ser un boomer…

En estos años he tenido alumnos maravillosos, promociones extraordinarias. Me enorgullece haber colaborado mínimamente a su formación. Gracias por estudiar aquí, en el Luis de Lucena y en la enseñanza pública. Gracias también a sus padres.

He tenido tantos compañeros magníficos que sería imposible citarlos a todos. Han sido cientos. Permitidme que nombre (en representación) a unos pocos.

En Teruel conocí y compartí piso con Dani, uno de esos profesores serios, a los que importa su materia y que cumple año tras año con su obligación. De los que ennoblecen la profesión. Gracias, amigo.

Estoy pensando en la jefa de estudios del IES Campanar (Valencia). En homenaje a ella, María Eugenia, diré que he tenido Jefes estupendos, casi siempre jefas. Especialmente difícil es el cargo de Jefe de Estudios de la ESO, ¿verdad, Charo? Pues bien, gracias a vosotros, Charo, Eduardo, Yolanda, Carmen, Rosa, Quique…  Muy especiales gracias a Blanca, qué pocas personas he conocido con esa competencia profesional, con ese conocimiento, con esa firmeza y al mismo tiempo con esa calidez humana. Este instituto le debe mucho.

Normalmente, pisan aula, pasillos, saben de los problemas de disciplina y, al final, son el jefe de personal de todo el mundo. Casi todos tienen los pies en el suelo. Algún equipo directivo he conocido, todo hay que decirlo, que no era el equipo del instituto, sino el equipo de la administración en el instituto. Sus miembros suelen estar enamorados de las leyes, sufren el síndrome de Estocolmo y no pocas veces utilizan el cargo como trampolín.

De mis muchísimos compañeros podría escribir cientos de folios, casi todos elogiosos. Hace unos días, al salir de clase, estuve hablando con Amelia, creo que es la persona con la que más clases y evaluaciones he compartido. Si pudiera elegir a los miembros del claustro, sería la primera. No la única, que nadie se enfade.

Qué decir de Raimundo. Allá donde quiera que estés, aprendí mucho de tu serenidad, de ese maestro que nunca decía que no a las clases más difíciles y a los alumnos más conflictivos. Paciencia infinita y brillante desempeño. Te fuiste para siempre, maestro.

Los de filosofía somos gente rara. Se nos perdonan muchas cosas porque somos de filosofía… Pues yo he tenido mucha suerte. He tenido compañeros hierbas, espirituales, altivos y metafísicos hasta la histeria, pero entre todos ellos está mi compañera del alma y amiga, Palmira, que me ha visto en lo mejor y en lo peor, con la que he reído y también llorado. Gracias infinitas. Aprovecho para decir que alguna vez hemos colado en la PDA y en la Memoria párrafos ininteligibles a mayor gloria de la insustancialidad burocrática en la documentación oficial. A los de filosofía no se nos engaña fácilmente con la neolengua, hemos leído a Hegel…

También debo mencionar a Juan, en Campanar, que dio cuatro horas de Latín para que yo me quedara: generoso, excelente persona y el profesor más sabio que he conocido. Seguro que ahora dirían que no es un profesor moderno, porque esta es la única profesión en la que el calificativo “magistral” no es un orgullo, sino un demérito. Ahora dejo el Departamento en manos de David. Imposible encontrar a alguien mejor. Me preocupaba el futuro del Departamento, siempre en el alambre. Pero no tengo dudas: me alegro de que sea él quien se queda al cargo.

Con los Departamentos de Orientación no siempre he tenido buena sintonía, aunque ha habido de todo, lo normal. En 35 años he convivido con muchos de ellos, aunque hasta los años 90 no se normalizó su presencia en los institutos. Recuerdo con especial cariño a tres de ellos, de esos que tienen los pies en el suelo. También los hubo que vivían de espaldas al aula, nos reñían y nos decían eso de “tenéis que hacer” para que la realidad coincida con sus celestiales teorías. Pero en el Luis de Lucena está José Luis. He tenido la suerte de trabajar a tu lado estos últimos años. Este centro es afortunado contigo al frente. Así que gracias por tu ayuda, tu saber hacer y tus palabras siempre equilibradas. Incluye en el equipo a Noelia, que ha soportado la desazón de este torpe tutor y siempre ha tenido tiempo para mí. Gracias a los dos.

Suelo decir que hay dos cosas que me gustan mucho de ser profesor. Una es la clase, el aula. Es decir, la acción directa, el contacto con los estudiantes. Me hubiera gustado tener menos, ya he dicho que me resulta imposible atender bien a todos, son demasiados. En las películas y las series, el profesor suele tener una clase con unos quince. Bendita ficción, la realidad es más áspera. Los institutos están saturados, no hay espacio suficiente. Las ratios son demenciales. Quien dice que la ratio no es importante o bien es un malvado contable o bien la tiene pequeña. La ratio, claro. Pedimos recursos y se hacen los suecos.

La otra cosa que me gusta mucho es la heterogeneidad del claustro. No solo en ideas, sino en procedencias, en conocimientos, en historias personales, en métodos de trabajo. Miro a mi alrededor y hay muchos compañeros que saben mucho de muchas disciplinas. En ningún otro oficio se da esto. No estoy hablando solo de quienes tienen plaza de funcionario de carrera, sino de los que están un curso, de esos interinos que merecen una plaza fija y toda nuestra gratitud. Así que gracias a todos por lo que he aprendido de vosotros. Leí hace poco que tienes suerte si te encuentras con alguien que sabe más que tú, que ha leído, visto y viajado más, que ha pensado mejor, porque de ese modo podrás cambiar de opinión. Pues yo he hallado muchos de esos.

Como dije el día de la comida, me resulta difícil encontrar a alguien por encima del equipo directivo a quien dar gracias. Temo que ahí está la trinchera, entre los que sabemos de educación y los contables, los que priorizan los ajustes económicos, pero no escuchan a los que somos expertos en esto, es decir, los docentes. Por eso me hace (maldita la) gracia cuando nos dicen que un centro debe tener autonomía, pero sin dotarlo de financiación suficiente; o sea, la autonomía heterónoma. Gran maravilla. Temo que es algo general en este país y necesitamos reivindicar y practicar la escucha activa del otro. En este caso, insisto, de nosotros, los expertos. En otros, serán los sanitarios, los deportistas o quienes sepan de verdad de qué va la profesión.

No me creo cuando me dicen que no hay dinero. Lo que sucede es que el dinero se emplea en unas cosas y no en otras, es un asunto de jerarquías. Temo que para el postureo siempre hay fondos, pero para las necesidades básicas que no salen en los medios de comunicación nunca hay. Y mejor no me meto en la financiación sistemática de la enseñanza privada, eso que llaman “concertada”, una anomalía que lleva así más de tres décadas y que surgió para cubrir una necesidad, la escolarización hasta los 16 años, que el Estado no podía garantizar. Insisto: más de 30 años y el Estado todavía no puede garantizar un puesto escolar público para todos. Algo falla.

Voy a ir terminando. No me gusta la LOMLOE. Creo que no mejora en nada la LOMCE, es más, introduce continuamente elementos emotivos (gestión de sentimientos, educación emocional…) y deja en el aire los conocimientos propiamente dichos. Pretende a toda costa que los alumnos promocionen, sin que los conocimientos sean importantes, lo relevante parece la estadística y maquillar el llamado fracaso escolar. En mi opinión, es una ley antiintelectualista que priva a las generaciones futuras del derecho al saber y eso es un gravísimo error que perjudicará mucho más a quienes no han sido favorecidos en la lotería socioeconómica: esos solo tienen la escuela.

Otra cuestión que no me gusta nada es la intromisión de agentes extrapedagógicos en el sistema educativo. Las competencias, que no son nuevas (llevan desde 2006 con nosotros), fueron una imposición de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo ECONÓMICO), así como las pruebas PISA. ¿Por qué hemos consentido que los agentes económicos internacionales metan sus garras en nuestro trabajo? ¿Qué os parecería que los profesores hiciéramos unas pruebas a los bancos, a ver cómo funcionan? Pues eso, que no es de nuestra competencia (nunca mejor dicho).

En los últimos años se han sumado al negocio empresas diversas: recuerdo un par de bancos, un grupo editorial, dos compañías de telecomunicaciones, una agencia de trabajo temporal, dos fabricantes de tablets y teléfonos móviles… Naturalmente, a través de fundaciones… Porque esas empresas no tienen ánimo de lucro, como todo el mundo sabe, son puro altruismo…

Por eso, sospecho de algo tan extraño, borroso e inconcreto llamado competencias (por cierto, tras mucho investigar, he encontrado que son una síntesis de conocimientos -menos mal-, capacidades y actitudes); creo que es un caballo de Troya. Veremos. Ojalá me equivoque. De momento, parece que la formación del profesorado es prioritaria en competencia digital, lo que es moderno, cool y molón. De las otras, pocas noticias. Yo supongo que, además, de manejar lo digital (que es medio) se pondrán alguna vez con los fines, con el contenido, que es lo que importa, lo útil y no solo lo utilitario. Por cierto, cuando lleguéis a la competencia de aprender a aprender me llamáis, a lo mejor aún tengo ganas de aprender a aprender a aprender.

Competencias hay varias, creo, dicen. Sin embargo, en 18 cursos en Guadalajara nunca he encontrado un curso de Filosofía (mi especialidad). Ni la Junta, ni los sindicatos. Nada. Y mira que hay cursos y cursitos, incluso de resiliencia (porque de resistencia los sindicatos saben cada vez menos y los profesores han renunciado), de mindfulness, de ukelele, de burocracias varias y de pseudopsicología (unos cuantos). Pero que alguien busque uno de Filosofía. Le invito a cenar donde quiera. Yo he hecho muchos, cada sexenio me sobraban horas, casi siempre pagando. Las Humanidades están dejadas de la mano de Dios en la formación y la Filosofía desterrada. Igual es por plastas o porque se nos supone una sabiduría infinita y para qué más...

Resumiré. Si me bajasen la ratio y el número de horas lectivas y me liberasen de la pesadísima e innecesaria burocracia, de aquí me sacaban los GEOS esposado. Soy de otra generación, un profesaurio. Me importa el conocimiento y que mis alumnos aprendan. No estoy cómodo en esta ley que llega ni lo he estado en la que se va. Ninguna es de los míos. Porque los míos son los estudiantes y mis compañeros profesores, esos expertos a los que quienes se dicen expertos ningunean, desprecian e insultan desde muy lejos de cualquier aula.

Releo lo que he escrito. Es pesimista, sí. Decía Benedetti que un optimista es un pesimista mal informado. Soy pesimista, pero también voluntarista. Creo más en la voluntad que en la motivación y he dado clase motivado y desmotivado, cansado, agotado, enfermo, entusiasmado y maravillado. No importa. Kant, lo repito, es el que me enseñó, tras mi madre, que el deber no siempre va acompañado del disfrute desbordante.

Nada más, ya me voy. Si me lo permitís, con unas palabras de ese sabio que fue Luis de Lucena: “…la medicina más poderosa en tiempo de peste es sacudir el ánimo de vanos temores: encarga no se fatigue el espíritu con lo que engendra tedio, y que antes por el contrario se recree con lecturas entretenidas, conversaciones festivas, música, baile, poesía, moderado juego, etc.".

Buenas palabras del patrón de este edificio que me ha dado cobijo. Está enterrado en Roma, en la Basílica de Santa María del Popolo. Por si alguno va de vacaciones.

Gracias a todos. No os rindáis.




Procedencia de las imágenes:

https://culturacolectiva.com/arte/como-entender-la-escuela-de-atenas-pintura-rafael/

https://elcajondelaschapas.com/2013/01/14/chapas-en-las-concentraciones-y-las/

https://www.herreracasado.com/2020/05/16/gentes/



jueves, 16 de junio de 2022

Diario de un profesor peliculero (67): de la culpa y sus alrededores



A finales del curso 2021/22 se celebró en el instituto en el que trabajo el Día de Europa. Se le ocurrió al Jefe de Estudios que los alumnos de 4º vieran una película al respecto y que después hiciéramos una especie de diálogo sobre ella. La elegida fue Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003). Fue un gran éxito cuando la estrenaron. Muy merecido, por cierto. Cuenta la historia de una mujer absolutamente entregada a la causa de la construcción del socialismo en la RDA que, súbitamente, sufre un infarto. Mientras se recupera, cae el muro de Berlín y su sueño político se desmorona aceleradamente. Los médicos recomiendan una vida sin sobresaltos, así que los hijos deciden fingir que todo sigue igual, que la RDA sigue su exitosa marcha hacia la igualdad, la libertad y demás valores que vertebraban teóricamente ese país. Pero no es posible mantener vivo el engaño mucho tiempo, pese a los esfuerzos por construir una ficción que incluye telediarios falsísimos, un delirio que solo puede aceptarse si el receptor tiene una fe mística en lo que se le ofrece; a eso es a lo que llamamos un sesgo de confirmación en toda regla.

Ella lo cree porque lo quiere creer. En este sentido, la ideología se parece muchísimo a las religiones. En ambas hay una entrega confiada, unos mesías y una esperanza en que el futuro sea mejor que el presente. No digo que religión y política sean lo mismo, claro que no, sino que hay personas que tienen una actitud similar frente a un sistema sin fisuras -ellos lo perciben así- que ofrece todas las respuestas y permite esperanza infinita. Ya dijimos en otro capítulo que hay modos inteligentes de vivir la religión, por supuesto. Igual ocurre con la política. Si entendemos esta como una militancia entregada, entonces somos incapaces de razonar, hemos sustituido las ideas por la ideología, los argumentos por argumentarios y la razón por la fe. Mal asunto. Pero es justamente lo que le ocurre a la protagonista: no soportaría saber que Dios no existe, es decir, que la RDA estaba edificada sobre una ficción ideológica sin sustrato social suficiente, que no podría mantenerse sin un aparato de propaganda (exterior e interior) y que necesita un férreo sistema de control social (o sea, la temible Stasi).

De hecho, muchos alemanes del este vivían al margen de esa sociedad, al modo de las antiguas escuelas helenísticas: la sociedad no me es grata, intento vivir lo mejor posible en mi vida privada, rechazo las convenciones sociales, me junto con los míos y soy precavido para que no me pase nada. Así son sus hijos, a los que solo importa la RDA en la medida en que es la columna vertebral sobre la que gira la vida de su madre.

¿Qué ocurriría si Dios ha muerto?, se preguntaba Nietzsche. La respuesta es la amenaza del nihilismo. Por eso es necesario destruir, decía el alemán, pero para construir, para que pueda haber una nueva aurora. De lo contrario, la sombra del nihilismo campará por todos lados, de ese nihilismo pasivo, desintegrado y sin horizonte. Algo de eso ha ocurrido: cuando se pierde la esperanza en una sociedad nueva, lo máximo a lo que aspiramos es a un individualismo de barrio residencial, a que nos dejen tranquilos, a que el Estado no se inmiscuya en nuestras vidas. La lucha por una sociedad mejor se ha transformado en la lucha por una sociedad en la que yo esté mejor.

No es la única película sobre Europa que hubiera sido adecuada. Entre las muchas, muchísimas, que existen, me gusta especialmente Europa, Europa (Agnieszka Holland, 1990). En tono de comedia cuenta la historia de un muchacho judío políglota que se finge perseguido por los rusos cuando lo que pretendía es huir hacia la Unión Soviética para escapar de los nazis. Tras una confusa carambola en la que salvar el pellejo es lo prioritario, es utilizado por los alemanes como traductor y recompensado con una especie de beca de estudios en un colegio de las juventudes hitlerianas. Allí se enfrenta a la necesidad de que no descubran que es judío, lo que no parece imposible… salvo que le vean desnudo, lo que está a punto de suceder dos veces, una con sus compañeros y la otra en su eventual iniciación sexual.

Es especialmente delirante, por lo ridículo, el momento en el que un profesor les da una clase sobre cómo reconocer a un judío. Y lo es porque responde a los estereotipos más prejuiciosos que puedan imaginarse: todo está en esos minutos. Es ridículo, sí, tan ridículo como todo estereotipo. No olvidemos que el estereotipo es la antesala, la causa frecuente, del prejuicio. Y del prejuicio a la discriminación, al odio y al exterminio hay un recorrido muy corto. Recuerdo una entrevista a Fernando Savater, cuando ETA mataba, en la que decía que esos terroristas son tan ridículos que, si no mataran, la gente se reiría de ellos por la calle. Algo de eso hay: el absurdo con un fusil no deja de ser ridículo, pero da miedo. Hoy vemos esa secuencia y nos reímos, pero en los años 30 y 40 eran pocas las risas con ese tema.

¿Verdad que reconocemos a gente cuyo pensamiento es un cúmulo de tópicos sobre los demás? Las redes sociales son un vivero de estupideces fruto de esos estereotipos, nacidos del miedo, de la ignorancia, de la manipulación. Sigue siendo necesario el imperativo kantiano atrévete a pensar, renuncia a los tutores, no te fíes. Todos esos tópicos sobre judíos (españoles, franceses, catalanes, turcos…) responden en gran medida a la pereza; son un atajo que no explica, pero tranquiliza. El resentido necesita una causa de su resentimiento y un análisis exhaustivo de las causas y orígenes de su frustración llevaría su tiempo y se corre el peligro de que apunte finalmente a uno mismo. Es mejor un eslogan, un culpable, un chivo expiatorio. Es más, si echo la culpa a un colectivo, el verdadero culpable queda en la sombra. Por eso hay tanto interés en la figura del chivo expiatorio, así hay alguien que puede manipular a las masas, privándoles del conocimiento, pero señalando un blanco fácil para descargar sus iras mientras él sigue haciendo lo que le parece sin objeción ninguna; es más, incluso con agradecimiento de la masa abovinada.

Todo ese tiempo ha pasado, dicen algunos. O no, no tanto. Primero porque los años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial no son ni siquiera 80, aún viven algunos de los protagonistas y, desde luego, sus hijos y nietos. En segundo lugar, porque la culpa no solo es individual, sino también social. Los orientales son más bien culturas de la vergüenza que de la culpa: su referente moral es el colectivo. Aquí, seguramente por nuestro judeocristianismo, somos más bien culturas de la culpa. Y la culpa remite a la mala conciencia. Sigo a Nietzsche, desde luego. Si interiorizamos eso que ha ocurrido, entonces somos culpables porque asumimos que hemos sido nosotros, como colectivo en torno a unos símbolos y unas señas de identidad, pero también como personas que son descendientes de los que hicieron eso. Por eso se habla también de una culpa colectiva -concepto muy próximo a la vergüenza- y también de una deuda moral, lo que es imposible de mantener si no se asume la mala conciencia por lo que se ha hecho. Dicho de otro modo, se puede ser culpable jurídicamente, como establecieron los juicios de Núremberg y las leyes de los vencedores, pero, además, está la culpa interiorizada, desarrollada, autoatribuida. Sin ella, solo tendríamos el culpable que es condenado pero que no siente ser culpable. No: en este caso tenemos al culpable que siente que lo es, aunque no haya hecho nada; simplemente pertenece al colectivo culpable o han pertenecido sus ancestros.

Obviamente, las nuevas generaciones no están tan dispuestas a esa asunción de la culpa. Los errores, incluso los crímenes, de abuelos y bisabuelos no tienen, al modo del pecado original, una herencia eterna. Muchos alemanes han dicho basta e incluso se han enfrentado críticamente con su propia historia, como hemos visto en muchas de las películas hechas en las dos últimas décadas. Es posible analizar el pasado, reconocer los errores -también los horrores- de tu propio país sin sentirte culpable por ello.

En un curiosísimo libro de Juan Bonilla, Academia Zaratustra, encuentro estas palabras que amplían lo anterior. El autor habla con una tal Myriam en Dresde y refiere estas palabras:

“…a la gente joven le ha dado por examinar a sus abuelos. Es algo que parece que se ha puesto de moda entre los universitarios alemanes, algo a lo que se le dedican reportajes amplios, encuestas envenenadas, capciosos editoriales. El método para examinar a los abuelos consiste en preguntarse: ¿qué hubiera hecho yo en su lugar? Probablemente haber guardado silencio como ellos, ser mudos colaboracionistas que mirando a otra parte estarían justificando la barbarie que se producía ante sus ojos. Por aquella época una enfermedad empezó a generarse en Alemania: esa enfermedad ha llegado ahora a ese momento en que necesita de una fuerte mediación que la mitigue: es la culpa. Myriam divide la culpa en cuatro clases: la culpa criminal, la culpa política, la culpa moral, la culpa metafísica. (…) La culpa criminal concierne a los que fueron verdugos, y solo puede juzgarse por un Tribunal Internacional. La culpa política afecta a los que ejercieron cargos, ocultaron crímenes, pero también a los que ostentan ahora el poder, pues por ocupar los puestos de aquellos que son culpables políticamente deben reparar el daño que ellos hicieron, ofrecer indemnizaciones y pedir perdón. La culpa moral ensucia a todos los que disimularon normalidad, los que consistieron en que nada de lo que pasaba tenía que ver con ellos: es una culpa atroz que afecta a la propia conciencia, y es la propia conciencia la encargada de decidir el castigo que corresponde a cada cual. La culpa metafísica surge de la desesperación que se siente, de la más honda impotencia ante los agravios sufridos por otros, el daño irreparable que no puede someterse a olvido (…). Pero eso no es tanto culpa como vergüenza, le digo, la misma clase de vergüenza que sintieron los soldados rusos al liberar Auschwitz ante la visión de las víctimas, aquellos hombres reducidos a esqueletos andantes, esa vergüenza que afecta a todo aquel que cobre nítida conciencia de que los responsables de una barbarie pertenecen a su mismo género” (1).

Y salto a España. ¿No ocurre algo parecido aquí? Solo parecido, claro. Aquí hubo una guerra civil (incivil, diría Unamuno) y los vencedores se dedicaron durante 40 años a honrar a sus héroes y a ningunear, humillar y perseguir a los derrotados. Han pasado más de 80 años y asistimos a un rebrote del fascismo en las nuevas generaciones que tiene más que ver con un resentimiento mal orientado que a un genuino conocimiento de la propia historia. En cualquier caso, una peligrosa banalización.

Todos conocemos a personas que creen que hacer películas sobre la Guerra Civil es revanchista, mientras callan ante los miles de muertos sin identificar en las cunetas, con García Lorca aún en una fosa común, con Machado enterrado en el exilio y con una pléyade de personas (importantes y comunes, presidentes de la República, intelectuales, jornaleros, albañiles…) que ya no volverán a España, algunos porque reposan en tierra extranjera y otros porque han echado raíces en esos lugares. En cualquier caso, todos ellos enriquecieron a su pesar la historia reciente de Francia, de Argentina, de Rusia y de tantos lugares que recibieron al exilio español.

No hemos rodado mucho cine al respecto, parece que no hay tanto revanchismo como dicen algunos. Me gustaría destacar una película de animación muy reciente, Josep (Aurel, 2020). Por cierto, francesa. Yo, por mucho que busco el revanchismo sectario, no lo encuentro. Más bien veo la historia de muchísimos españoles que fueron maltratados en su país en primer lugar y en Francia después. Unos españoles que salieron de una guerra terrible para entrar en otra. Unos españoles que fueron encerrados en campos de concentración (Argelès, Gurs…). En la película vemos la dicotomía tan típica de la condición humana: el policía francés que es más nazi que los nazis y el policía que no solo no ha perdido su humanidad, sino que confraterniza con lo que encuentra tras las alambradas: otro ser humano, la alteridad que no abandona la pertenencia a la especie humana, la misma condición para todos, solo el azar nos ha situado a uno u otro lado del cercado.

¿Somos los españoles del siglo XXI, siguiendo la línea de este capítulo, culpables de lo que ocurrió entre 1936 y 1939? En absoluto. Como mucho somos herederos y podemos explicar gran parte de lo que sucede ahora por lo que pasó entonces. Pero del futuro somos dueños los que habitamos el presente. Nuestros tiempos son estos, no aquellos. Las heridas conviene cerrarlas, también las que siguen abiertas, las de los que aún permanecen supurando sangre y olvido en las cunetas y las de que los que siguen produciendo odio sin motivo al compatriota.

Dijo Agustín González en aquel maravilloso papel en Las bicicletas son para el verano que no había llegado la paz, sino la victoria. Pues bien, conviene que edifiquemos la paz, pero no sobre la victoria militar, sino sobre la victoria de las urnas y de la razón. A ser posible, una razón dialógica, al modo que propusieron Apel y Habermas. En un colectivo solo sobran aquellos que se reclaman únicos representantes de las esencias del colectivo. Y no. El colectivo, la colonia, como dicen en la película Antz (Eric Darnell y Tim Johnson, 1998), somos todos. La patria debe ser lo bastante ancha en tolerancia como para que quepamos todos. Salvo los intolerantes, desde luego.

 

 

(1)    Juan Bonilla: Academia Zaratustra, ed. Plaza&Janés, Barcelona, 1999, págs. 92-94.

 

 

Secuencia del Telediario cutre en Good bye, Lenin!

https://www.youtube.com/watch?v=TMZFCXCaK4A

 

Secuencia de la sospecha con el anuncio de Coca-Cola

https://www.youtube.com/watch?v=3n3WhrNraak

 

Europa, Europa. Clase sobre cómo descubrir a un judío:

https://www.youtube.com/watch?v=WNiMbHFH-hM

 

Tráiler de Josep:

https://www.youtube.com/watch?v=OZJSdGu3Umo

 

Entrevista a Aurel, director de Josep:

https://www.youtube.com/watch?v=9-B4RaKMjQQ





Procedencia de las imágenes:

https://www.filmaffinity.com/es/film213013.html

https://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-6145/

https://es.unifrance.org/pelicula/48049/josep#

miércoles, 25 de mayo de 2022

Ejercicio sobre el libro 'Ética para Amador', de Fernando Savater

Ya conoces a las termitas, esas hormigas blancas que en África levantan impresionantes hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo de las termitas es blando, por carecer de la coraza quitinosa que protege a otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes les gusta rascarse los flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En seguida, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las enemigas. Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?

Cambio de escenario, pero no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de la ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él, y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?

Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor.

Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser como son y hacer lo que están programados para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. (...)

Héctor hubiese podido decir: ¡a la porra con todo! Podría haberse disfrazado de mujer para escapar por la noche de Troya, o haberse fingido enfermo o loco para no combatir, o haberse arrodillado ante Aquiles ofreciéndole sus servicios como guía para invadir Troya por su lado más débil; también podría haberse inventado una nueva religión que dijese que no hay que luchar contra los enemigos sino poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Me dirás que todos estos comportamientos hubiesen sido bastante raros, dado quien era Héctor y la educación que había recibido. Pero tienes que reconocer que no son hipótesis imposibles, mientras que un castor que fabrique panales o una termita desertora no son algo raro sino estrictamente imposible. Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales sí. Por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos que no esté del todo). Podemos decir "sí" o "no", quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.

Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad:

Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya, etc.).

Segunda: (...) No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). (...) Hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente). (...)

En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o enfermedades hasta tiranos. (...) Si hablas con la gente, sin embargo, verás que la mayoría tiene muchas más conciencia de los que limita su libertad que de la libertad misma. Te dirán: "¿Libertad? ¿Pero de qué libertad me hablas? ¿Cómo vamos a ser libres, si nos comen el coco desde la televisión, si los gobernantes nos engañan y nos manipulan, si los terroristas nos amenazan, si las drogas nos esclavizan, y si además me falta dinero para comprarme una moto, que es lo que no quisiera?" En cuanto te fijes un poco, verás que los que así hablan parece que se están quejando pero en realidad se encuentran muy satisfechos de saber que no son libres. En el fondo piensan: "¡Uf! ¡Menudo peso nos hemos quitado de encima! Como no somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra..." (...)

Cuando cualquiera se empeñe en negarte que los hombres somos libres, te aconsejo que le apliques la prueba de filósofo romano. En la antigüedad, un filósofo romano discutía con un amigo que le negaba la libertad humana y aseguraba que todos los hombres no tienen más remedio que hacer lo que hacen. El filósofo cogió su bastón y comenzó a darle estacazos con toda su fuerza. "¡Para, ya está bien, no me pegues más!", le decía el otro. Y el filósofo, sin dejar de zurrarle, continuó argumentando: "¿No dices que no soy libre y que lo que hago no tengo más remedio que hacerlo? Pues entonces no gastes saliva pidiéndome que pare: soy automático". Hasta que el amigo no reconoció que el filósofo podía libremente dejar de pegarle, el filósofo no suspendió su paliza. La prueba es buena, pero no debes utilizarla más que en último extremo y siempre con amigos que no sepan artes marciales...

En resumen: a diferencia de otros seres vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. (...) Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética.

                       

Fernando SAVATER: Ética para Amador, ed. Ariel, Barcelona, 1991, págs. 24-33.

 

 

EJERCICIOS:

 

  1. Diferencia la libertad de Héctor de la que pudieran tener las termitas.
  2. ¿Dirías que Savater sostiene que somos libres o que no? Copia una frase en el desarrollo de tu argumentación para apoyar lo que dices.
  3. ¿Por qué sostiene Savater que hay personas que buscan excusas para no ejercer su libertad? Enuncia dos excusas más que puedan ofrecerse con el fin de negar la libertad.

lunes, 9 de mayo de 2022

Diario de un profesor peliculero (66): de las películas de juicios

Me gustan mucho las películas de juicios. Son casi un género en sí mismo, un clásico. Ya he hablado mucho de alguna de ellas, especialmente Matar a un ruiseñor y, sobre todo, Doce hombres sin piedad.

He visto alguna hace poco. Una plataforma de cine en casa tiene una colección muy recomendable de ellas, “Los mejores juicios”. Hace un par de días vi Una íntima convicción (Antoine Raimbault, Francia, 2019). Como muchas de las películas que hablan de juicios, juega con dos elementos muy interesantes desde el punto de vista filosófico. Uno de ellos es la distinción entre apariencia y realidad. El otro es la diferencia entre convicción moral y convicción legal.

El primero es un tema de epistemología, de teoría del conocimiento. Imposible no remontarse a Platón y su célebre alegoría de la caverna. De hecho, en esta narración se encuentra casi todo lo que después será nuestra historia de la filosofía occidental. Muy someramente -ya lo hemos visto páginas atrás-, se trata de unos prisioneros que, atados de pies y manos desde su infancia, no tienen más remedio que mirar al fondo de la caverna, donde ven sombras y oyen ecos que otras personas proyectan en el fondo. Estos engañadores creen que son la realidad, pero se equivocan: lo real está más allá, inaccesible para ellos. Sin embargo, ellos también son fruto del engaño, más bien de la limitación de sus sentidos, pues más allá están los conceptos, las ideas, las esencias. Dicho de otro modo, lo que es no siempre coincide con lo que parece ser.

En todo juicio vemos algo similar. En Derecho se habla de pruebas. Eso sería el saber, el conocimiento definitivo, la episteme. Sin embargo, los abogados suelen ponerlas en tela de juicio y hacen aparecer la realidad de un modo confuso, relativo, poco sólido, dudable. Serían -perdón, letrados- como esos sofistas empeñados en que el juez y los jurados vean una parte de la realidad, lo conveniente, lo que interesa a su cliente. Dicho de otro modo, juegan en el campo del parecer, no del ser. El que debe estar interesado en la verdad es el propio juez, un desbrozador de apariencias, un indagador de lo que hay tras lo que parece que hay. No siempre es fácil, por eso a menudo precisan de la ayuda de peritos independientes, porque los que traen las partes son precisamente eso: peritos de parte, es decir, su motivación es el interés, no la verdad. No quiero decir con esto, claro está, que mientan (aunque supongo que a veces sí), sino que toman esa parte de la realidad que es más favorable a los intereses de sus pagadores, ignorando o ridiculizando todo lo demás. Si todo estuviese claro a la primera, los juicios serían muy rápidos, cuando no innecesarios.  No olvidemos que lo que hay en ellos es un litigio, casi siempre con un fondo económico y que es el juez el que debe decidir quién tiene razón, cuánta parte de razón y cómo se tasa esa razón.

Nuestros sentidos nos engañan, ninguna novedad desde Platón, e incluso antes. En el célebre poema de Parménides ya se habla de la vía de la verdad (aletheia) y la vía de la opinión (doxa). La primera tiene a la razón como su instrumento y busca la objetividad, el ser, lo uno, la verdad. Por el contrario, la vía de la opinión es la apariencia, lo subjetivo, lo múltiple, lo relativo. Todo eso lo reproduce después Platón y lo ejemplifica en su conocida alegoría. Y seguimos viéndolo en las películas de juicios.

A menudo tenemos en alguna de esas películas nombradas al abogado parmenídeo y platónico contra la confusión interesada (a río revuelto, ganancia de pescadores), contra una aparente realidad en la que lo que parece ser no es. Dicho de otro modo, los prisioneros de la caverna (¿jurado, jueces?) siguen viendo el fondo, los reflejos, las sombras, y el abogado es esa figura que les obliga a volver la cabeza. Es Atticus Finch, claro.

No siempre es así. También tenemos la figura del letrado que inyecta confusión, que hace dudar a testigos y a encausados para demostrar que nada es seguro y que sobre esas arenas movedizas nada se puede edificar, por lo que, nuevamente, a río revuelto, ganancia de pescadores. En este caso, sería el juez quien debe dirigir la investigación, separa el grano de la paja y poner orden entre lo que es y lo que parece ser. Dicho de otro modo, menos doxa y más aletheia.

El otro elemento del que hablábamos al comienzo es más puramente jurídico y nos llevaría a una cuestión primordial, a un principio del Derecho: la presunción de inocencia o, dicho de otro modo, ese axioma que debe aplicarse siempre: in dubio pro reo; es decir, en la duda hay que decidir siempre en favor del acusado. Cuando llevo esto al aula siempre aparece la figura del vengador del pueblo. Lo que, por cierto, me recuerda a una secuencia de Doce hombres sin piedad en la que Henry Fonda reprocha a un miembro del jurado precisamente eso: erigirse en vengador del pueblo, lo que en realidad quiere decir que está utilizando el caso para proyectar sus resentimientos y prejuicios sobre el acusado. En casi todas las aulas hay alguno. Le pregunto qué haría él y me dice que no se puede dejar a culpables en libertad. Pero la pregunta es precisamente esa, que se formula porque la incertidumbre existe: ¿estamos seguros de que es culpable? O, dicho de otro modo, ¿la seguridad moral es lo mismo que la seguridad jurídica? ¿Basta la sospecha como argumento? Incluso, llevándolo más allá, ¿son aceptables las pruebas obtenidas ilegalmente? Eso nos sumiría en una inseguridad jurídica terrible. Si la policía no está al servicio de la ley, sino que es la ley, entonces el estado de derecho se desvanece y lo que tenemos es el estado de no-hay-derecho, una suerte de Gran Hermano que todo lo vigila y en el que las libertades individuales se han evaporado, se han perdido como lágrimas en la lluvia.

Sigo provocando la discusión. ¿Por qué hay que demostrar la culpabilidad y no la inocencia? ¿A dónde nos llevaría cambiar las tornas? ¿Puedo yo demostrar que no maté a Kennedy, que no informé al terrorista de las costumbres y horarios de su víctima, que no estaba en el lugar en el que se cometió el delito, que no fui yo? Dicho de otro modo, la eliminación de la presunción de inocencia nos arroja a la intemperie, nos quedamos sin derechos y somos culpables simplemente porque alguien ha decidido que lo seamos. En España sabemos mucho de esto. No hay más que ver ciertos programas de supuesta investigación que acusan sin demostrar, que levantan sospechas sin apoyo ni pruebas. ¿Recuerda alguien el linchamiento mediático y la condena posterior de Dolores Vázquez, acusada de matar a Rocío Wanninkhof? Era inocente, pero pasó unos cuantos meses en la cárcel. Casi todo el mundo emitió un veredicto basado en creencias, en apariencias. En prejuicios.

Y mejor no nos remontamos hasta nuestra doméstica guerra civil en la que cualquier conflicto entre vecinos podía terminar en detención, paseo y cuneta. ¿Juicio? Cuando no hay Derecho, no hay derechos.

Por eso es preciso ser tan garantista. A los estudiantes justicieros les pregunto qué pasaría si fueran ellos los acusados. Enseguida se indignan: “¡Pero es que yo no he sido!”. Claro, les replico. Pero es tu palabra contra la de la persona que te acusa de algo. ¿Puedes demostrar que no lo hiciste, que no estabas allí, que no fuiste tú? En ese momento empiezan a entender la importancia de la presunción de inocencia y la diferencia entre la certeza moral y la certeza legal. La primera, como ya hemos dicho, está repleta de prejuicios y creencias; la segunda, por el contrario, exige pruebas. Por eso, cuando hablamos de teoría del conocimiento les digo que la carga de la prueba siempre la ha de llevar quien afirma, no quien niega. Es decir, si la discusión es, por ejemplo, si existen los extraterrestres, quien ha de demostrar algo es quien afirma que existen, no quien niega o duda. También suelo añadir esa frase, atribuida a Hume, aunque probablemente apócrifa: “Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”. Según leo, fue popularizada por Carl Sagan y se ha convertido en una especie de eslogan del movimiento escéptico.

Llevado esto último a las películas de juicios y a nuestro tema, ello exigiría una precaución absoluta a la hora de dar algo por definitivo y probado. No caigamos, sin embargo, en un relativismo estéril y peligroso. Esas precauciones epistemológicas lo son precisamente porque queremos buscar la verdad, conquistarla. Y no es sencillo. Recordemos que Platón la situaba al final de un escarpado camino que hay que recorrer con tanta decisión como dificultad. Y esa es la tarea que han decidido emprender abogados como Atticus Finch, como tantos otros, como el jurado número 8 de Doce hombres sin piedad. La verdad no siempre saldrá triunfante, pero eso solo indica que la sofística, la razón instrumental y el fanatismo son poderosos enemigos a los que hay que combatir. El camino de la verdad, Parménides dixit, nunca ha sido sencillo.

  

 

Poema de Parménides:

https://juanfermejia.files.wordpress.com/2010/04/parmenides-poemadelanaturaleza.pdf



Procedencia de las imágenes:

https://www.google.com/search?q=una+%C3%ADntima+convicci%C3%B3n&rlz=1C1JZAP_esES825ES825&sxsrf=ALiCzsaZwf8Qc9Y7F6AIQDurlk1oBMaHPw:1652108247330&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwjHptnp1tL3AhXn8LsIHVOFCDsQ_AUoAXoECAIQAw&biw=1350&bih=615&dpr=1#imgrc=_C1UHMJ_2PqztM

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hume.htm



martes, 15 de marzo de 2022

Diario de un profesor peliculero (65): de los derechos de las mujeres (es decir, de todos)

Cuando escribo estas líneas es el día 8 de marzo, día de la mujer. Seguro que hay personas que no entienden que un hombre escriba al respecto. Pero eso es porque ni siquiera se han tomado la molestia de leer cualquier definición de “feminismo”. He buscado unas cuantas y en ninguna se dice que es una doctrina que busque la superioridad de las mujeres sobre los hombres. El DRAE, por ejemplo, dice esto: Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Y así todos lo demás. Salvo los cuñaos tuiteros y los habituales de las fobias varias, todas las definiciones coinciden: igualdad de derechos. De modo que, aunque la lucha sea y haya sido mayormente de las mujeres, lo cierto es que el feminismo, como cualquier causa que promueva la igualdad y la convivencia, nos conviene a todos. No solo es lo correcto, es que es lo que más conviene a una sociedad.

¿Se ha ocupado el cine de la causa del feminismo? Por supuesto. No hablo únicamente de heroínas, como vemos en Erin Brockovich (Steven Soderbergh, Estados Unidos, 2000), sino de que el tema sea específicamente la lucha por la igualdad.

En alguna de las películas, el tratamiento creo que es un tanto banal y epidérmico, jugando con los tópicos más o menos manidos, tras los cuales la propuesta es no solo superficial, sino incluso antifeminista. Veo esto en películas como Armas de mujer (Working girls, Mike Nichols, Estados Unidos, 1988), una más de esas películas en las que el prototipo de estadounidense humilde aprovecha las oportunidades para mejorar su vida (self made man/woman). En este caso, la secretaria que ha de enfrentarse, además, a la otra mujer -la jefa-, que utiliza sus armas de mujer para trepar e impedir a la sincera e inocente secretaria obtener lo que en justicia merece. Pues eso, que la causa merecía mejor película.

Más valiente me parece otra de la que ya hemos hablado, Kramer contra Kramer (Robert Benton, Estados Unidos, 1979). En ella se plantea un tema delicado y nada fácil de tratar: el de la guarda y custodia del hijo. Si bien es cierto que Estados Unidos y España tienen diferente legislación al respecto, la cuestión planteada es peliaguda: ¿está el varón capacitado para hacer frente a la crianza del hijo? En la película, un inexperto Dustin Hoffman hace lo que puede. El señor Kramer nunca se ha ocupado de su hijo (“Ese tema lo lleva mi mujer”, un tópico enormemente frecuente). Se estrella contra la realidad, su incapacidad es manifiesta y no precisamente porque, como varón, no esté dotado, sino porque ha dedicado su vida al trabajo, dejando en manos de su mujer (Meryl Streep) las tareas del cuidado: el hijo, la casa… Efectivamente, Kramer ha sido un padre casi ausente. Es probable que su desatención no sea voluntaria exactamente, sino fruto de una educación que considera eso lo normal y, que, en consecuencia, la costumbre está tan tatuada en la conducta que un cambio radical de esta parece casi imposible.

No lo es, claro. Kramer aprende. Mal y tarde, pero aprende.

Algo similar ocurre en otra película también comentada: Historia de un matrimonio (Marriage Story, Noah Baumbach, Estados Unidos, 2019). La diferencia es que han pasado cuarenta años desde Kramer contra Kramer. Se nota en las actitudes: Charlie y Nicole pactan una ruptura amistosa, ella sabe que él sí es capaz de cuidar y criar al hijo en común. La sociedad ha cambiado y ellos también. Nos reconocemos más en ellos aunque también hay ecos de la otra película. No olvidemos que en España hemos pasado de la primera ley de divorcio (siempre entendido como un conflicto, con denuncia, con necesidad de una causa y de un tiempo de separación) al llamado divorcio exprés, en el que basta la voluntad de uno de los cónyuges para que el conflicto encuentre vías de solución rápidas y sin culpables.

Cada caso es un mundo, desde luego. La ley debe regular el proceso, pero la casuística es infinita. No faltan cónyuges que echan la culpa al otro ni, en sentido inverso, otros que asumen una culpa que no tienen y que, en consecuencia, generan en ellos mismos sentimientos de bajísima autoestima, ansiedad e incluso depresión. Cualquier terapia posterior a una ruptura sabe que ha de seguir la vía cognitivo-conductual, es decir, un cambio en las cogniciones, en la comprensión de lo que ha ocurrido, y una guía eficaz para salir del laberinto. No siempre hay culpables y el hecho de que alguien le diga a la otra persona que tiene la culpa no significa nada más allá de su concepción de las causas de la ruptura. Puede tener razón o no. La complejidad es lo habitual en estos casos: se mezclan los confusos sentimientos, la sensación de fracaso y error y la necesidad de una explicación casi imposible.

No faltan quienes dicen que la culpa de las rupturas sentimentales es que las mujeres de hoy no aguantan nada. Y es posible que algo de razón tengan. La cuestión importante a plantearse es si una relación afectiva consiste en aguantar. ¿No habíamos quedado en que lo importante era el amor, los proyectos en común, la felicidad a todas horas y las perdices para comer? Pues parece que no, que no siempre. La convivencia desgasta e impone servidumbres: hay que ir a comprar, limpiar la casa, criar a los hijos, ver a la familia (política incluida)… Son muchas cosas y el día no es chicloso. ¿Quién ha de ocuparse de cada una de ellas? Ya sabemos que la división tradicional del trabajo obliga al varón al trabajo remunerado fuera del hogar y a la mujer al trabajo no remunerado dentro del hogar. Pero la sociedad ha cambiado, las mujeres se han incorporado al mundo laboral y eso plantea una reflexión que no siempre se hace sobre los tiempos y las tareas, cuya responsabilidad se da por supuesta.

Estoy seguro de que muchos hombres no han evolucionado con el paso del tiempo. Por ellos, la mujer seguiría en ese tiempo de dependencia salarial y afectiva. Pero, les guste o no, las cosas ya no son así. Tal vez las transformaciones deberían ser más profundas y tendrían que abarcar los tiempos de trabajo, los permisos para cuidar a familiares, etc. No parece que vayan por ahí los tiros. De hecho, gran parte de la sociedad ha asumido que para conciliar es preciso que los niños estén más tiempo en el colegio. Vaya, yo pensaba que conciliar era estar más tiempo con los hijos, no menos. La escuela no tiene como función primordial cuidar niños, sino educarlos, enseñar todos los conocimientos posibles y no mantenerlos a salvo mientras sus padres producen. Hasta hemos inventado una estupidez colosal: tiempo de calidad, algo que se aplica a nuestros hijos cuando estamos poco con ellos, pero que ningún empresario aceptaría si le dijésemos que vamos a estar trabajando dos horas menos por el mismo sueldo, pero que serán horas de calidad.

En este tiempo, en esos años que separan estas dos películas, también la sociedad española ha dado un salto cualitativo. Antes nos parecía que lo natural era que, en caso de separación o divorcio, los hijos debían quedarse a cargo de la madre. Era lo natural. Cada vez, sin embargo, son mayores los porcentajes que otorgan la custodia compartida. En mi opinión, esto no es contrario al feminismo, sino al contrario. Decir que la mujer ha de hacerse cargo es, al mismo tiempo, liberar al hombre de una carga (“cargas familiares”) y condenar a la mujer a asumir todo el trabajo.

Sé que no todo el movimiento feminista tiene una opinión unánime al respecto. Recuerdo un encendido artículo en el periódico de una conocida escritora que reclamaba una especie de custodia preferente para las mujeres porque los hombres (como categoría) no son capaces de hacerse cargo de la crianza de los hijos. No comparto esa concepción de las cosas. Creo que más allá de las diferencias biológicas nada justifica la desigualdad, que es fruto únicamente de la costumbre o del prejuicio.

Todos estos temas aparecen recurrentemente en muchas películas con una fuerte carga feminista. Es decir, igualitarista, parece mentira que haya que repetirlo. Pero es que la igualdad es reivindicación de lo que no es, aún no es o debería ser. No se reivindica lo que se tiene sino lo que no.

Vamos con algunas películas excelentes al respecto. Uno de los clásicos es, cómo no, Sufragistas (Suffragette, Sarah Gavron, Reino Unido, 2015). La historia no es bien conocida por todos y nuevamente repito que parece mentira que haya que predicar en la ignorancia voluntaria y, lo que es peor, orgullosa de su estulticia rampante que fundamenta el prejuicio. Las convicciones se construyen sobre relatos que hemos aprendido en muchos lugares (casa, escuela, redes sociales, barras de bar…). Que una persona esté absolutamente convencida de algo solo quiere decir que está convencida de eso, no que su convicción descanse en cimientos sólidos. Por ello hay que volver sobre la Historia, eso que a algunos les parece adoctrinamiento. Los derechos de los que gozan las mujeres hoy se han conseguido a base de sangre, sudor y lágrimas. No han sido una dádiva bienintencionada, sino una conquista difícil en la que muchas se han dejado la vida. Simplemente por pedir lo elemental, no ventajas ni privilegios: igualdad de derechos y oportunidades.

He visto un par de veces la película con mis alumnos. La mayoría ignora esa historia y la razón de que se conmemore -que no celebre- el 8 de marzo. Me sigue incomodando que muchos estudiantes, especialmente los más jóvenes y los más conflictivos, vean en ella y en cualquier otro elemento feminista un ataque a ellos, como colectivo no sé muy bien si masculino, machista o simplemente privilegiado (¿temeroso?). Por supuesto, nunca falta el clásico: ¿para cuándo el día del hombre? Y aún recuerdo a un muchacho muy joven diciendo que las mujeres deberían aprender a tratar a los hombres. ¿Y eso en qué consiste exactamente? Por cierto, ¿a todos los hombres? Naturalmente, hay balbuceos de un pensamiento turbio, poco maduro y producto de ecos de conversaciones o de ciertos foros interneteros en los que no abunda precisamente la cordura y los argumentos de calado. Este año me dijo una estudiante que si había machistas eso era algo respetable porque todas las opiniones son respetables. Insisto: una.

Hay otras dos películas excelentes que abordan la cuestión. Curiosamente, parecen muy distantes y distintas, pero no tanto. Se trata de La bicicleta verde (Wadja, Haifaa Al-Mansour, Arabia Saudí, 2012) y Mary Shelley (Haifaa Al-Mansour, Reino Unido, 2017). Efectivamente, la misma directora. Vi la primera en su estreno y la ficha que nos dieron en la entrada al cine decía que era la primera película rodada por una mujer en Arabia Saudí. La primera y la última, pensé, no van a permitirle rodar más allí. No sé qué le ocurrió a la directora, pero cinco años después estrenó una película muy british, nada que ver en su factura técnica con la anterior. Sin embargo, no nos engañemos: hablan de lo mismo. La lucha por los derechos de las mujeres tiene diferencias culturales -cualitativas y cuantitativas- pero en ambas late el mismo mensaje.

En La bicicleta verde, una preadolescente está abandonando la niñez y descubre que esa simetría infantil con su amigo se está terminando.: ella no podrá hacer lo mismo que él, no podrá ser lo mismo ni tener lo mismo. Descubre también a su madre, una profesora que fuma a escondidas, que no puede conducir hacia su trabajo, que es paradójicamente libre en su hogar pero no fuera de él, que no acepta que su marido quiera casarse con otra mujer. Diríamos que es una mujer empoderada en su circunstancia particular, empoderada al menos en el conocimiento de lo que debería ser y no es. Pero es la misma madre que pone el pañuelo a su hija cuando sale de casa y que refuerza lo que ha oído la niña: las mujeres no pueden ir en bicicleta. De este modo, la bici de convierte en el detonante simbólico del rechazo a la sumisión, lo que comprende aún confusamente. No tiene recursos ni fuerza individual para la rebelión, sabemos que claudicará: esa es la tristísima lección moral.

En Mary Shelley, la autora de Frankenstein se enfrenta a su ninguneo como mujer escritora. La obra, se sugiere, podría haberla firmado su marido, el conocido poeta Percy Shelley, a quién le interesaría una novela escrita por una mujer, ¡y tan joven! Pero Mary es tenaz. Cuenta con el apoyo de su marido y de su padre, pero también vemos en ellos actitudes tibias, propias seguramente de su tiempo en el que atreverse a algo era atreverse a mucho. Recomiendo el final de la película: el reconocimiento elemental de la autoría, de la igualdad, del mérito.

No son las únicas, desde luego. Queda mucho que decir al respecto, mucho que ver. Los estereotipos se van tatuando también el lo que vemos en series y en películas. Afortunadamente, también hay otras. Habrá que seguir.

 

 

Tráiler de Historia de un matrimonio:

https://www.youtube.com/watch?v=MmFE3AqC7PI

 

Fragmento de Kramer contra Kramer:

https://www.youtube.com/watch?v=CKsRshrLi50

 

Tráiler de Sufragistas:

https://www.youtube.com/watch?v=XVw1MUzjthI

                                             

Tráiler de La bicicleta verde:

https://www.youtube.com/watch?v=s4ypsaGJRhA

 

Tráiler de Mary Shelley:

https://www.youtube.com/watch?v=PJLO9vGa-0I

 

Algunas páginas sobre películas feministas:

https://www.peliculasfeministas.com/#

https://www.espinof.com/listas/17-grandes-peliculas-feministas

https://saposyprincesas.elmundo.es/cine-ninos/peliculas-recomendadas/peliculas-que-ponen-a-las-ninas-en-su-sitio/

https://www.elcineenlasombra.com/peliculas-feministas/



Procedencia de las imágenes:

https://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-1237/

https://www.amazon.com/-/es/Wallspace-enmarcado-17-1-historia-matrimonio/dp/B07ZSFNDN4

https://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-207621/fotos/