
De todas las películas que se han hecho y que yo haya visto,
me gusta especialmente Las bicicletas son
para el verano (Jaime Chávarri,
1984), que recrea una obra dramática escrita por Fernando Fernán-Gómez y
estrenada en el Teatro Español de Madrid dos años antes. Del elenco original
pasó a la película el excelente actor Agustín González, que interpreta al
padre.
Los protagonistas son dos fundamentalmente: el padre (Agustín
González) y el hijo (un jovencísimo Gabino Diego). El título hace referencia a
una petición que un adolescente hace a su padre para poder pasear con una chica
que le gusta. Las bicicletas son promesa de libertad, primeros amores, algo de
distancia de la vida corriente. El desgarbado muchacho aún no ha crecido del
todo, juega con sus amigos a la guerra en las calles y descampados de Madrid.
Pero la guerra de verdad llega. Y el hambre. Y las grandezas y miserias que
toda familia puede aún contar. Al final de la película, vuelven a encontrarse
el padre y el hijo. El hijo recuerda que hace tres años jugaba con sus amigos a
la guerra, que quería una bicicleta para salir con una chica. El padre, un
maravilloso Agustín González en su mejor papel, le mira y le comunica que las
cosas van a cambiar, que probablemente lo van a detener y que el hijo que luce un incipiente bigote,
más una sombra, ya no es un niño. El hijo no lo entiende aún, no sabe lo
miserables que son los vencedores en cualquier guerra; no les basta con vencer;
como no pueden convencer -Unamuno, claro-, han de someter y humillar al
vencido, eliminarlo civilmente, cuando no físicamente.
En su ingenuidad, el hijo le pregunta por qué, eso no puede
ser, no has hecho nada, no has matado a nadie. Qué poco sabe el joven de la
condición humana, de guerras y posguerras: basta con significarse, con no
agachar la cabeza, con no mostrar lealtad inquebrantable. Basta con un nimio incidente
con un vecino leal a los vencedores. Todos sabemos hoy lo que ocurrió. Aunque
las cifras son aún discutidas por historiadores, se calcula que hubo medio
millón de muertos durante la guerra, alrededor, de 450.000 exiliados, 50.000
ejecutados tras la contienda y 120.000 muertos por hambre y enfermedad en la
inmediata posguerra. Además, según la asociación Jueces para la Democracia, en
España aún hay más de 114.000 desaparecidos, el segundo país del mundo (tras
Camboya).

“Sabe Dios cuándo habrá otro verano”, acaba diciendo Agustín
González, que no ha cesado de parpadear para retener las lágrimas. Sabe Dios
cuando algún hijo pedirá una bicicleta a su padre para salir con una chica sin
mayores preocupaciones que ésa, cuántos años tendrán que pasar para que España
sea un país en que los hijos pidan bicicletas a sus padres y no tengan que asumir
una edad que aún no tienen porque al padre se lo llevan preso o para siempre o
han de marcharse demasiado lejos, a vivir en un idioma extraño.
Muchos más temas de índole filosófica podrían asomarse aquí:
la justicia de las guerras, el derecho de los estados a disponer de soldados,
la legitimidad de los golpes de estado, los héroes, los traidores, el concepto
de patria, los límites de los derechos, la posibilidad de usar o no ciertas
armas…
El hombre, decía Rousseau/Jekyll, es bueno por naturaleza, es
la sociedad la que lo hace malvado y egoísta. El hombre, decía Hobbes/Hyde es
un lobo para el hombre, necesitamos gobernantes fuertes que sujeten a esos
individuos violentos en sociedades seguras, porque la seguridad es prioritaria
sobre la libertad. ¿Quién tiene razón en esta polémica que he resumido y casi
caricaturizado? Seguramente ambos, aunque cuando vemos cualquier telediario
imaginamos a Hobbes asintiendo con la cabeza y repitiendo eso de “ya lo decía
yo”.
Enlace a una secuencia de la película:
Procedencia de las imágenes:
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