Ayer fue un día de aprendizaje. Envié a algún amigo y
conocido la entrada anterior, la de Casablanca.
Alguien me respondió que también la escena del himno era su favorita. Le
respondí que, claro, como la de casi todos, y mira que la película está repleta
de ellas. También le indiqué que el actor que hace del mayor Strasser, Conrad
Veidt, era un fugitivo del régimen nazi, del que huyó tras casarse con una
mujer judía. Este conocido me recomendó un libro, Casablanca, de Juan Tejero y José de Diego. Me pongo a buscarlo. Me
informó también de que otro de los actores, Peter Lorre, procedía de una
situación similar. Exploré: su vida es la película.

Esto iba a ser una serie de artículos de cine y filosofía y
temo que me estoy desviando a las series de televisión. Bueno, como el blog es
mío hago lo que me parece. No hay más que dejar de leer.
No soy muy de series y sí de películas, cada uno es en buena
parte producto de su pasado. Y yo comencé a ir al cine muy pequeño. Tuve la
suerte de que frente a mi casa había uno. Hoy ya no existe, es un bloque de
pisos y en el bajo hay una tienda de ropa de esas del hombre más rico de
España. Cada vez que paso recuerdo las sesiones infantiles, a las cuatro de la
tarde, normalmente dos películas, a veces festivales de dibujos animados, de
cine antiguo en blanco y negro (en esos años las películas ya eran en color, por
si alguien lo dudaba). Allí se formó mi vicio, qué le vamos a hacer, mi vicio
doble: ir al cine y hacerlo solo. No digo que siempre fuera solo, sino que no
me importaba nada hacerlo solo; al fin y al cabo uno va al cine a lo que va, no
a estar acompañado. Allí también vi la primera película en la que me aburrí,
sólo recuerdo que era del oeste, algo así como El hombre del valle tranquilo, algo parecido, obviamente no es este
el título. Nunca he podido superar aquel desagrado, aquella indiferencia. Un
trauma de infancia. Es el único género en el que siento que no estoy, pese a que hay grandísimos
títulos y reconozco su relevancia, incluso su importancia filosófica. Sin que
sirva de precedente, sugiero dos títulos que sí me gustaron: Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) y,
sobre todo, Sólo ante el peligro
(Fred Zinnemann, 1952).
En casi todo el cine del oeste se plantean unos dilemas que
yo calificaría de kantianos. Supongo que al oír nombrar a Kant, he perdido ya
dos docenas de lectores (bueno, no puedo perder lo que no tengo). Que nadie se
asuste. Kant sostenía que hay acciones que hacemos siendo conscientes de su
maldad: son las llamadas acciones contrarias
al deber. Luego están las buenas acciones, pero estas pueden ser conformes al deber (son buenas, pero
piden gratificación, se hacen para
algo) o por deber (son buenas, pero
se hacen independientemente de lo que ocurra, porque es lo correcto, incluso
aunque tenga consecuencias desagradables para el que ejecuta la acción; se
hacen por algo).
En Sólo ante el peligro
ocurre algo así, como en tantas otras. Se cuenta aquí la historia de un sheriff,
interpretado por Gary Cooper, que ha de enfrentarse a un criminal que va a
llegar al pueblo. Nadie le ayuda, está solo. Pero, como diría y exigiría Kant,
debe cumplir con su deber, no con un deber legal, no con una imposición de las
costumbres o la tradición, sino con un deber libre y conscientemente elegido,
un deber que podríamos querer que se convirtiera en universal. Debe hacerlo
porque es lo correcto, no por su magro sueldo, no por agradar a su joven
esposa, sino porque es lo correcto. El sheriff actúa incluso contra la opinión
dominante, contra la cobarde inacción de sus vecinos, que miran para otro lado
mientras él hace el trabajo que tiene que hacer aunque no sea agradable
hacerlo. Hay aquí muchas lecciones morales, una de ellas vale para todos: no
siempre es agradable lo que hay que hacer, pero la voluntad moral es más
poderosa -debe serlo- que la voluptuosa apetencia.
Spoiler de todos estos héroes:
acaban mal. Hablaré de muchos de ellos. Estoy pensando en Número 8, el héroe
kantiano de Doce hombres sin piedad
(Sidney Lumet, 1957) o del igualmente kantiano Atticus Finch, el héroe de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,
1962). De esta hablaré pronto, cada vez que veo en los telediarios las
protestas antirracistas me acuerdo de esta película imprescindible.
Por cierto, y para cerrar con lo que empezó esta entrada, en
el último capítulo de El Ministerio del
Tiempo se nos muestra a Emilio Herrera pasando estrecheces en su casa parisina, algo amargado, pero su mujer le replica que viven con algo mejor:
con dignidad.
Qué palabra.
Información sobre Emilio Herrera:
Tráiler de Imprescindibles
(no está disponible, aunque en televisión suelen repetir los programas
emitidos):
Capítulo de El
ministerio del tiempo:
Vida y obra:
Emilio Herrera y Guadalajara:
Sobre la filosofía moral kantiana:
Especialmente a partir del minuto 13:
Conciso y divertido:
Procedencia de las imágenes:
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Se ruega educación en los comentarios. No se publicarán los que incumplan los mínimos. El moderador se reserva el derecho de corregir la ortografía deficiente.