Colaboro de vez en cuando con una revista de cine y educación llamada Making of. En el año 2015, concretamente en el número 116-117, apareció un artículo del que soy autor titulado “Ocho lecciones morales en Matar a un ruiseñor”. Justo es decir que lo que va a continuación utiliza en buena parte lo que escribí allí. Comencemos.

La película, como todo el mundo sabe, cuenta un caso concreto
que tiene extrapolación universal. Un joven negro es acusado de haber abusado
sexualmente de una joven con problemas mentales. Lo va a defender Atticus
Finch, un abogado viudo padre de una niña y un preadolescente. Y lo hará frente
a la oposición de una sociedad empobrecida (está ambientada en los años
siguientes al crack del 29) e inequívocamente racista. Ese es el argumento de
la película. Pero los temas son de mayor calado: ¿somos iguales ante la ley?,
¿qué función y legitimidad tiene un jurado?, ¿es lo mismo la justicia legal que
la justicia moral?, ¿es lo mismo la legalidad que la legitimidad?, ¿qué
protección merecen las personas con algún tipo de minusvalía mental?, ¿por qué
actuamos de distinta manera individualmente que en grupo (en manada)?, ¿educar
es dejar hacer?, ¿un abogado se debe a la verdad y a la justicia o a su
cliente?, ¿cuáles son los límites de la fuerza por parte de la policía?, ¿qué
castigo merecen los abusos sexuales con la circunstancia de ser
intrafamiliares?
La película, como digo y se desprende de esa compleja, múltiple
y tremebunda temática, no es fácil. Pero la realización del director, sin
hurtar la gravedad de los temas, no es morbosa ni maniquea, hay un equilibrio
en la filmación que muestra sin ser equidistante, pero que engrandece las
acciones de aquellas personas nobles y virtuosas.
Ayer me detuve en una escena muy especial, que hablaba de la
educación. Muy indicada, menos de dos minutos, para todos aquellos que nos
dedicamos profesionalmente a la docencia, pero sobre todo para los que tienen
hijos a cargo. Educar a un hijo es muy difícil, no es un peluche comprado en
los grandes almacenes para enseñar a las visitas. Tampoco es un ser de luz al
que hay que sobreproteger, porque la desprotección de un menor es un horror
incomprensible, pero la sobreprotección es un camino equivocado que conduce a
personas incapaces de tolerar la frustración, es decir, que van a “solucionar”
los problemas por la vía de la violencia o de la depresión. Muy complejo. Por
eso –es opinión- la educación más que una ciencia es un arte y hay que combinar
cariño, tiempo, disciplina, atención, límites, libertad creciente… Vamos, nada
que no sepamos los que hemos tenido que criar niños.
Eso fue ayer, en la escena en la que Scout es ¿reprendida? Por
su padre. No dije que Scout representa a la autora del libro y que Atticus no
es otro que su padre, abogado en el pueblo en el que vivió de pequeña.
Seguramente Harper Lee vivió alguna situación similar a la
que vemos cuando arranca la película con un campesino que viene a ver a su
padre para pagar sus servicios jurídicos. En realidad, el señor Cunningham no
puede pagarle, la pobreza está adherida a su ropa y a su mirada, que apenas
levanta. Scout lo lleva a ver a su padre y Atticus imparte entonces la primera
lección moral de la película. Por un lado, obsequia al productor con unas
alabanzas que suenan sinceras sobre sus productos (pronto hará algo parecido
con las flores de su gruñona vecina). Cuando el señor Cunningham se ha ido,
indica a su hija que, si vuelve otra vez, no le conduzca a su presencia.
Podríamos pensar que el abogado es uno de esos altivos leguleyos, pero no:
Atticus ha percibido que a Cunningham le incomoda no poder abonar una minuta
como los demás clientes y no tener más remedio que rebajarse a pagar en especie. Atticus se muestra muy agradecido.
Es un mensaje para su cliente, pero también para su hija, otra vez el tema de
la educación, de la educación en valores, diríamos hoy. El padre viudo no
renuncia a explicar, puede que no muy sistemáticamente, aunque sí con
autenticidad, todo lo que la vida va poniendo a sus hijos delante. Aquí vemos
una educación por el ejemplo: todos tienen derecho a un abogado, y esa persona,
ese cliente, diría a su hija, nos da el fruto de su trabajo, algo conseguido
honradamente con las manos. Algo, parece decirle a Scout, de lo que hay que
enorgullecerse y nunca avergonzarse. Si hay pobres, la culpa no es de ellos y
el abogado ha de colaborar ofreciendo lo que sabe a cambio de lo que el
campesino produce. Es un trato justo, quid pro quo, no una
dádiva que humille al que la recibe, en absoluto: el trabajador ha de sentirse
digno con su esfuerzo honesto, la desigualdad en las rentas no debe significar, bajo ningún concepto, desigual trato o desigual dignidad.
No vamos a volver a ver al señor Cunningham hasta bien
avanzada la película. Tom Robinson está en la cárcel del pueblo, va a ser
juzgado al día siguiente. Vamos a prescindir del detalle sospechoso de que no
haya vigilancia en la puerta de la prisión. Atticus es informado de que un
grupo de alborotadores (trasunto indudable del Ku Klux Klan) pretenden asaltar
la cárcel y linchar al sospechoso, por lo que el abogado se instala en la
puerta con una lámpara y un libro, magníficas
armas frente a una masa iracunda. Efectivamente, llegan en sus coches y
comienza una escena que, contada, es poco creíble, pero que está filmada con
maestría. Ellos son muchos, están dominados por el odio, por un odio
prejuzgador, nada reflexivo, que encuentra su justificación en el mismo odio
del que está al lado, retroalimentándose a falta de otra razón, esto es, a
falta de cualquier razón. Estamos ante lo que, parafraseando a Ortega y Gasset,
sería “la rebelión de las masas”, esa turba amorfa con leyes que ha estudiado
con detenimiento la psicología social, esa informe amalgama en la que el
pensamiento individual, la disensión y la opinión propia están vedadas. Esta es
la secuencia:
La escena se tensa, Atticus no va a ceder, ellos tampoco; y
son más. Pero llegan los niños y por una vez vemos al abogado perder unos
segundos la calma cuando uno de los potenciales linchadores coge a su hija que,
finalmente logra desasirse. La inocencia de la niña es la que desarma a los
hombres, al dirigirse a uno, precisamente a uno de ellos, a Cunningham,
mencionando a su hijo, no a cualquier hijo, sino al suyo, su compañero de aula,
no uno más en el aula, sino Walter.

O sea, un movimiento intenso, pasajero, una sacudida del ánimo. Puede ser
agradable, pero también penosa. Cuidado, precaución.
Gregory Peck recuerda la
película en una entrevista:
P
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