sábado, 3 de octubre de 2020

Diario de un profesor peliculero (60): de los padres (sobre todo las madres) y de la función de la escuela

Otro tema muy relevante en la película Intocable es la educación. Philippe tiene una hija a la que descuida, una hija sin límites, pero que se siente perdida y humillada cuando su novio la trata mal. Esa niña malcriada necesita un padre que le diga qué está bien y qué no; se siente desdichada porque su padre tiene todo el dinero del mundo, pero no está. No está cuando necesita de él. El padre mira el ombligo de su desdicha y se refugia en la música, en el arte, en una relación epistolar en la que vuelca su platonismo afectivo. El padre no está y ella quiere que esté, que sea.

Tuve hace muchos años en mi tutoría de 3º de BUP a un alumno que repetía curso. Era inteligente, incluso brillante. Pero no hacía absolutamente nada. Hablé con él, con sus padres (nerviosos, indignados), otra vez con él. Finalmente se sinceró y me dijo esto: “Mis padres pasan de mí”. Respondí que eso no era posible y argumentó que él llegaba a casa y hacía lo que quería, sus padres decían que ya era mayorcito y que ellos no iban a estar encima de él. Y él traducía eso de ese modo: “Mis padres pasan de mí”, es decir, quería que estuvieran encima, sentir su aliento, su apoyo y también que le riñeran cuando hiciera falta; él vivía la relación con sus padres como desafección. No aprobó y todos fracasamos.

La joven de la película es de su edad, tal vez algo menor, y no tiene casi recorrido vital. Como muchos, cree que está madura para un mundo que la va a devorar si se descuida. Cree arrogantemente que su posición social la salvará. El padre no está pero sí ese ligue melenudo, tan inexperto como ella en los vericuetos de la vida. Un tipejo que la trata mal. Y ella, hija-de, amparada por una enorme casa, por todo tipo de lujos, por un abundante personal de servicio, confunde los términos y cree que Driss es una propiedad más, alguien a quien se puede manejar y ordenar desde el otro lado de la lotería social, el de aquellos a quienes tocó alguna vez o el de los que estaban bajo su pórtico cuando sucedió.

Ella intenta imponer su clase social sobre Driss, como si la riqueza fuese sinónimo de autoridad; pero, como se suele decir, el asistente deja claro eso de que “en mi pobreza mando yo” y la pone en su sitio: joven malcriada que necesita disciplina -y también afecto-. Esa disciplina no logra imponerla a su propio hermano, que está desperdiciando la oportunidad que le da la escuela y prefiere el brillo del dinero fácil. Driss conoce las señales y sabe que su hermano está entrando en la marginalidad, en el trapicheo y en la delincuencia. Lo sabe de primera mano, nada que no haya hecho él antes, incluso ha pisado la cárcel. Ahora lo ve desde otro lado: un golpe de fortuna le ha dado acceso a un mundo con el que sólo podía soñar. Y ahora es doloroso testigo de cómo su hermano desperdicia esa ocasión, la única, seguramente la última.

Ve también que su otra hermana sí va a aprovechar esa oportunidad que le dará alguna posibilidad más de vivir mejor, de progresar en el ascensor social. No llegará nunca a la vida de la hija de Philippe, pero con algo de suerte tendrá una vida digna gracias a la formación que le dará el sistema educativo. Y su independencia la protegerá también de alguna pareja que tenga la tentación de confundir quererla con ser dueño de ella.

Conozco poco el sistema educativo francés. Sé que están (o han estado: las voces críticas crecen) muy orgullosos de su école de la République, pero me cuidaré de opinar acerca de lo que no conozco apenas. Los españoles, al contrario, somos muy dados a fustigarnos las espaldas y a despreciar lo propio a favor de lo ajeno, que se percibe mejor por ajeno. Sin duda, el sistema educativo español es muy mejorable, aunque algún logro tendrá, ya que exportamos titulados. Podríamos empezar por invertir algo más, por bajar ratios demenciales y consensuar de una vez por todas una ley educativa duradera. Esto suena a utopía, pero en otros lugares lo hacen. En España hay anomalías que en otros países no comprenden, empezando por la existencia de una triple red de enseñanza: pública, privada y privada concertada. Esta última surgió de modo provisional cuando la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) amplió la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. España no disponía de suficientes centros escolares, así que se concertó con algunos centros privados la enseñanza para que impartiesen clase a cambio de subvención. Esto fue a mediados de los ochenta. La excepción se ha convertido en norma y cualquier intento de cambiar esto suscita las airadas protestas de sus titulares, que esgrimen el artículo 27 de la Constitución. Sin embargo, este artículo, tras afirmar que “todos tienen derecho a la educación” y reconocer “la libertad de enseñanza”, añade que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Lo que no encuentro por ningún lado es el lugar en el que diga que tal derecho deba ser gratuito, del mismo modo que la misma Constitución garantiza el derecho a la propiedad pero no regala la casa, como tampoco obsequia un coche, pese a reconocer la libertad de residencia y de movimientos. 

Estoy leyendo (1) que nueve de cada diez alumnos de la Unión Europea lo son del sistema público de educación. También estoy leyendo que en España el porcentaje de alumnos que estudian en algún tipo de enseñanza privada es 22 puntos superior a la media europea. En Francia, según parece, también existe esa enseñanza y es el lugar en el que estudian el 87%, mientras que en España el del 68%. En ambos casos, esos centros de referencia son mayoritariamente católicos, aunque en Francia la religión como tal (no la información religiosa) está ausente en las aulas públicas, mientras que en España sigue como opción de obligada oferta en la enseñanza pública.

No obstante, aún siendo importante el asunto, reducir el tema a Religión sí o Religión no es un sinsentido que opaca otros temas más importantes. En mi opinión, tal como vemos en muchísimas películas y aún más en la terca realidad, la educación tiene como finalidad el conocimiento, es decir, se trata de que todas las personas de un país, todos sus ciudadanos, sin excepción, tengan acceso al conocimiento. No comparto eso que se dice repetidamente: la escuela sirve para conciliar. Quienes afirman esto sostienen -a veces inadvertidamente- que los niños y jóvenes van a la escuela para que sus padres puedan ir a trabajar. De este modo, la función de la escuela se desnaturaliza, se convierte en medio y no en fin. No importa lo que aprendan, sino que estén recogidos, vigilados y entretenidos.

No comulgo con eso. Lo dice muy bien el título de uno de los libros de Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones. Es más, el propio Luri, en una entrevista reciente (2), afirma estar a favor de los deberes. Deberes con sentido, claro. Su argumento es que los ricos siempre están haciendo deberes; eso sí, los llaman actividades extraescolares, viajes, visitas a museos, conciertos, libros, visitas a casa de personas muy bien formadas… Esa amplitud de mundo a la que algunos tienen acceso (y otros no) implica una amplitud del lenguaje, esto es, de la mirada: el mundo lo entendemos y lo construimos con palabras y así ampliamos nuestra percepción del mundo. Un mundo con 5000 palabras es más pobre que uno de 40000. “Los límites de mi lenguaje son los límites de min mundo”, decía Wittgenstein.

La escuela tiene en esto un papel fundamental: de nivelación (no por lo bajo, espero) y, como ya se ha dicho de ascensor social. Ser todos iguales es fácil: que nadie tenga nada, que nadie sepa nada. Lo difícil es promover la igualdad de oportunidades en las que todos puedan aspirar a conocer el mundo. Para eso se necesita un buen sistema educativo. Y el trabajo constante del estudiante, que no se olvide nadie de esto.

Recuerdo al niño Albert Camus, que llegó a ser premio Nobel gracias a esa école de la République. Por supuesto, también y sobre todo gracias a su esfuerzo, pero igualmente gracias a ese maestro, a ese establecimiento educativo, a ese sistema de becas. Imagino que todos conocen la carta que envió Albert Camus a su maestro, Monsieur Germain, cuando le concedieron el Premio y también la respuesta del maestro. Por si no es el caso, en este enlace se pueden leer:

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/la-carta-que-camus-escribio-a-su-profesor-de-colegio-tras-ganar-el-nobel-de-literatura

En una sola generación, la familia Camus pasó del analfabetismo a la gloria literaria. La madre de Camus, como todo el mundo sabe, había nacido argelina, aunque era de origen español. Hablaba muy poco y era analfabeta. Cuentan su historia aquí:

https://www.pagina12.com.ar/259856-la-mujer-que-no-hablaba

En Intocable hay una secuencia que me recuerda vivamente lo que acabo e escribir. Driss está ya trabajando para Philippe, gana un buen sueldo, tiene una habitación lujosa, se relaciona con gente adinerada… Pero su madre, como la de Camus, sigue limpiando para otros porque los hijos han de comer y hay que pagar el alquiler, la ropa y todo lo demás. La pensión que recibía la madre de Camus no alcanzaba para cubrir los gastos de la familia y tuvo que limpiar casas ajenas; la madre de Driss pasa las noches limpiando una oficina. La imaginamos doliente: ha echado a Driss del hogar común en el que viven sus hermanos pequeños, no quiere a alguien que viva al borde de la legalidad, entrando y saliendo de la cárcel, mostrando un camino indeseable a sus hermanos. Esa mujer cansada y heroica limpia en silencio y soledad, la ilusión de un futuro mejor que son los hijos no ha cristalizado bien. Apenas la niña, esa que me recuerda a Camus, se aferra a la escuela como esperanza. Son esos niños que el sistema educativo no puede dejar de lado, a los que hay que exigir y no compadecer desde la superioridad económica o intelectual, porque tienen la misma capacidad que los otros y porque -al menos en España- lo exige la Constitución: la educación es un deber hasta los 16 años, pero también un derecho. Y no puede ser un derecho de asistencia mínima, sino de crecimiento, de exploración de las posibilidades. Una sociedad que se precie no puede perder talentos por falta de oportunidades.

La secuencia en la que Driss observa a su madre desde la calle, dejándose la salud para sus hijos, es muy emotiva, puro cine social. Entonces tomamos consciencia, con Driss, de lo que es la falta de equidad y también de lo injustos que somos a menudo los hijos, incapaces de ver el esfuerzo que han hecho nuestros padres (y generaciones anteriores) para que podamos tener comida y formación. Los hijos a menudo somos egoístas y nos parece natural que nuestros padres se dejen la vida sin que ni siquiera nos demos cuenta. Me conmueve esta escena. Me lleva desde luego a la historia de Camus y su madre. Y me lleva al reconocimiento de todas las madres que han hecho tanto sin exigir nada a cambio, que no han recibido ni siquiera una palabra de agradecimiento.

Acabo pensando que me habían dicho que la película era una comedia y no. O sí: el drama y la reflexión se disfrazan a menudo de comedia para que no nos blindemos ante quien quiere sacudirnos y hacernos pensar.



(1) https://www.lainformacion.com/mundo/Espana-Belgica-Holanda-educacion-concertada_0_916109644.html

(2) https://www.elespanol.com/cultura/20200311/gregorio-luri-favor-deberes-consiguen-pobre-alcance/473704099_0.html



Procedencia de las imágenes: 

https://www.rtve.es/noticias/20120307/intocable-simpatica-comedia-convertida-pelicula-francesa-mas-taquillera-historia/504990.shtml

https://www.casadellibro.com/libro-la-escuela-no-es-un-parque-de-atracciones/9788434431836/11240877?gclid=Cj0KCQjwwuD7BRDBARIsAK_5YhWVw0qaT9vxki_hChfanlK_lb6Xh_wFyEoYdjz9AnmXecgkgcgyE4EaAj91EALw_wcB

https://es.findagrave.com/memorial/182139124/catherine-camus

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