Hace unos días hablaba del mal en algunas
películas de Kubrick. Creo que se me ha ido la mano con ellas y aún no me he
puesto con La chaqueta metálica. Seré
breve porque lo que quiero es ponerme con el bien, que en el cine también hay
de eso.
La chaqueta
metálica tiene dos partes diferenciadas: la instrucción militar y la
guerra propiamente dicha. Creo que la primera es más impactante, aunque es una
opinión, otros difieren. No puedo dejar de pensar en otras películas
sobre la Guerra de Vietnam, que tuvo lugar durante toda la década de los
sesenta y terminó a mediados de los setenta, rodadas una década antes que la de
Kubrick, con las que me parece que existe una deuda, como la espectacular Apocalypse Now (Francis Ford Coppola,
1979), El regreso (Hal Ashby, 1978) o
El cazador (Michael Cimino, 1978);
todas ellas exploran el mal, la destrucción de la personalidad y la fuerza
devastadora de los sentimientos. Incluiría en este lote a Hair (Milos Forman, 1979), un musical en el que un soldado que va a
partir a Vietnam se encuentra con un grupo hippie que le muestra la otra cara
del ser humano. Aquí las emociones no son patrióticas, no impulsan el odio al
enemigo, un enemigo muchas veces creado, sino el amor universal. De los años 60
es la frase tan repetida: “Haz el amor y no la guerra”. Hair es el bien naif, es la duda ante lo establecido, es la
subversión, la alternativa.
Lo que más impacta en La chaqueta metálica es lo duro de la instrucción militar que lleva
a cabo el sargento Hartman sobre los reclutas, repetido hasta la saciedad en
películas posteriores bastante menos interesantes como Oficial y caballero (Taylor Hackford, 1982). Esa instrucción forma
parte de la despersonalización que exige una guerra. El soldado va a carecer de
entidad autónoma, ya no es una persona, sino un peón al servicio de la causa.
Bandera, himno, consignas… Todo eso forma un conjunto que martillea la cabeza
de los reclutas. Les vemos ponerse en forma, pero también embrutecerse y perder
la razón. El trato del sargento es devastador para ellos. Algunos no podrán
resistirlo. Ciertas escenas son de una dureza casi imposible de soportar. Solo
el soldado interpretado por Mattew Modine, el recluta Bufón, conserva la
distancia que separa a una persona de una ideología cerrada que exige un
patriotismo sin fisuras, una entrega completa del pensamiento y del ser.
Mientras tanto, el recluta Patoso ha enloquecido y la vida ya no le importa.
El
contraste con Hair es imposible de
negar. El movimiento hippie fue uno
de los elementos que aglutinaron el rechazo a Vietnam en la sociedad de Estados
Unidos. Ese movimiento, creo, no era esencialmente antipatriótico, más bien
apuntaba a una ciudadanía menos excluyente. Me atrevo a decir que a un
cosmopolitismo del que hablaron ya los cínicos unos cuantos siglos antes. Sí,
esos de la escuela del perro (kynós,
can, perro). Por si alguien no los conoce, una breve explicación: no hay que
pensar en lo que hoy significa esta palabra, cuyo sentido ha cambiado. Hablamos
de una escuela filosófica griega fundada por Antístenes, discípulo de Sócrates.
En resumen, eran un grupo de personas que desafiaron al orden social, quisieron
vivir en los márgenes, más próximos a las leyes de la naturaleza (physis) que a las de la sociedad (nomos). Probablemente, el cínico más
conocido fuera Diógenes, que da nombre al célebre síndrome que lleva su nombre,
algo que tiene poco sentido, más bien es al contrario, porque Diógenes procuró
toda su vida no poseer nada, salvo la escasa ropa que le cubría y un tonel en
el que dormía. Los cínicos decían que no eran atenienses, espartanos o tebanos,
sino ciudadanos del mundo, es decir, cosmopolitas (κοσμοπολίτης, kosmopolítēs). Actualmente entendemos
por ello a una persona que ha viajado por muchos países, que posee costumbres de
otros lugares o está abierto a ellas y también se aplica a lugares en los que
conviven personas de distintas procedencias, lenguas y costumbres. Como vemos,
nada nuevo bajo el sol; como suele ocurrir, todo tiene más historia de la que
creíamos. Así que muchos de los hippies de los sesenta o perroflautas tardohippies no son otra cosa que la evolución y actualización
de los ideales de la Escuela del Perro, como se les comenzó a llamar en un tono
más bien peyorativo, pero que ellos adoptaron como propio.
Ignoro cuales eran los
conocimientos filosóficos de estos grupos que surgieron en los sesenta y que
culminaron en el levantamiento de mayo del 68 en París, un icono, pero en
absoluto el único: Estados Unidos, Checoslovaquia, México, Reino Unido… Eran
propuestas contraculturales que aglutinaron una necesidad de cambio que
abanderaron muy especialmente los jóvenes y que incluían reivindicaciones como
los derechos civiles de las minorías raciales, la igualdad de derechos entre
sexos, la democracia, el antiautoritarismo, la libertad sexual, la apertura a
Oriente… Los Beatles, entre otros, les pusieron la banda sonora. Pero a mí me
siguen apareciendo entre bastidores las figuras de Antístenes, de Crates, de
Diógenes…, de Hiparquia, una de las primeras mujeres en la Historia de la
Filosofía. También en esto los cínicos fueron pioneros.
Volvemos a Hair. El soldado
que se encuentra a los hippies me evoca al ateniense de
buena familia que se topa con los cínicos, se sorprende, escucha, se deja seducir
por ese mensaje que no pide liquidar a los espartanos sino mezclarse con ellos,
entenderlos, paz y amor, hermano espartano, seamos ciudadanos del mundo,
integrémonos en la naturaleza, cantemos juntos con el pelo que crece a capricho
de la naturaleza (hair: pelo), construyamos juntos
algo nuevo sin mirar al pasado, al margen de las convenciones sociales,
cultivemos la tierra, hagamos comunas, sustituyamos los trajes -o las túnicas- por
ropa cómoda, que los abalorios nos den su música a cada paso. El joven que va a
marchar a combatir a Vietnam, el soldado in pectore, ha entrado en contacto con el virus de la alegría
natural, se está desprendiendo de sus convicciones más
profundas, que van cayendo por capas, como su ropa convencional.
¿Qué queda hoy de todos
aquellos movimientos contraculturales de los sesenta del pasado siglo? Por
supuesto, lo que supusieron. Cuando una sociedad estalla hay que hacer caso a
los síntomas: siempre es por algo, aunque no sepamos qué exactamente. Después
del análisis toca hacer propuestas viables, este terreno ya es más complicado.
La célebre expresión de Zygmunt Bauman, la modernidad líquida, indica
precisamente eso: una sociedad, la actual, con valores poco sólidos, repleta de
incertidumbres, veloz pero epidérmica, invertebrada, movida por vínculos
exclusivamente económicos. Sin embargo, la reacción a este estado de cosas
también suele ser líquida, esto es, la indignación se extiende como los
líquidos (como una mancha de aceite), pero hacer propuestas sólidas es otra
cosa, algo más complicado, la realidad suele imponer sus peajes.
En Checoslovaquia hubo un
intento por hacer del régimen lo que se llamó “socialismo con rostro humano”.
Todo terminó en la primavera del 68, cuando las tropas rusas entraron con los
tanques en Praga, encarcelaron al presidente y a figuras importantes de la
cultura (entre ellos el futuro presidente Vaclav Havel) y mataron a un número
indeterminado de ciudadanos. No hay muchas películas al respecto, aunque sí
unos cuantos libros del escritor checo Milan Kundera, que fue protagonista in situ. De La insoportable levedad del ser, seguramente el más conocido, se hizo una
digna versión para el cine, dirigida por Philip Kaufman en 1987, solo dos años
antes de la caída del muro de Berlín.
En México, también en 1968,
en vísperas de sus Juegos Olímpicos, se produjo la masacre de Tlatelolco en la
Plaza de las Tres Culturas, en la capital del país. Los asesinados eran
mayoritariamente estudiantes y civiles.
En España… En esos años hubo alguna
movilización, huelgas y manifestaciones que fueron reprimidas por la dictadura
de Franco. En 1965 hubo fuertes movilizaciones de estudiantes universitarios.
El apoyo de ciertos profesores les costó la expulsión a algunos tan conocidos
como Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo o José Luis López Aranguren,
filósofo católico discípulo de Ortega y Gasset, que tuvo que exiliarse para
poder seguir dando clase. Otros fueron inhabilitados temporalmente y también
hubo quién dimitió en solidaridad con ellos.
En la primavera de 1989, pocos meses antes de
la caída del Muro de Berlín, una creciente movilización de la juventud china
pidiendo democracia y de trabajadores que sufrían los efectos de las reformas
económicas del gobierno terminó con una matanza. No se sabe aún cuantos fueron
los muertos. Se conoce como la masacre de Tiananmén, la plaza en la que el
gobierno chino disolvió las protestas a cañonazos.
Podría seguir y terminar con las protestas que
fueron la gota que colmó el vaso en la antigua Alemania del Este, pero esto iba
de cine y de filosofía. Así que teníamos a esos cínicos alternativos, que
sembraron la duda y la crítica hacia los que mandan en cada momento. Y luego
han venido sus hijos, sus nietos y sus bisnietos protestones a dar la lata en
cada momento de la historia. La libertad parece una aspiración constante en la
Historia. Pero nunca ha salido gratis a los que dieron la cara. A casi todos se
la partieron. Se la partieron a Espartaco,
como ya vimos. También a Gandhi, del cual se hizo una larga película biográfica
(Gandhi, Richard Attenborrough,
1982). Lo mismo le ocurrió a Martin Luther King (película: Selma, Ava DuVernay, 2014). Nelson Mandela es otro de esos
represaliados sobre el que se han hecho algunas películas biográficas y otra
que se centra en un momento de su vida: Invictus
(Clint Eastwood, 2009)… Lo que tenemos hoy se lo debemos, con sus luces y sus
sombras, a ellos.
Sobre la escuela filosófica de los cínicos:
Fragmento
de la película Hair:
Procedencia de las imágnes:
https://www.filmaffinity.com/es/film462892.html
https://www.amazon.com/Hair-Movie-Poster-11-17/dp/B001XRHTZ8
https://relee.es/blog/la-insoportable-levedad-del-ser/
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