Muy especialmente para los alumnos de Psicología, pero también para los de Filosofía, concretamente en el tema del conocimiento y sus sesgos. Leed esos dos enlaces sobre el llamado "Efecto Dunning-Kruger".
lunes, 22 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (14): de Atticus Finch, ese pedagogo
Uno de los tópicos más manidos es el que dice que los libros
siempre son mejores que las películas. Detengámonos en eso unos minutos. Es
bien sabido que ambos cuentan historias con lenguajes no siempre coincidentes.
Los libros se valen de palabras escritas; las películas, por el contrario, lo
hacen con imágenes y palabras habladas (aunque algunos tengamos el feo vicio de
leer subtítulos). Por lo tanto, una película no debe remarcar con palabras lo
que dice la imagen suficientemente. Nadie dice en pantalla “acabo de abrir la
puerta” si hemos visto que acaba de abrir la puerta. Los grandes del cine son
los que inventaron un movimiento de cámara, un encuadre, para decir sin decir.
Incluso para que sepamos que nos lo han dicho, aunque no seamos conscientes de
ello. Se atribuye al director francés Jean-Luc Godard la afirmación de que un travelling (movimiento de cámara) es una cuestión moral, la cámara
dice con su movimiento, el cine no es teatro ni novela, aunque estén
emparentados, pero su lenguaje es otro. Por lo tanto, comparar un libro con una
película es como comparar una escultura con una partitura musical. Ambas son
arte, pero no iguales.
Otro argumento: si la habitual pereza que induce a salir del
cine (y a las cadenas de televisión a cortar la emisión en cuanto termina el
último fotograma) es vencida, podríamos leer que la película está basada
ocasionalmente en alguna novela, con indicación expresa de título y autor. No
es infrecuente que veamos una película que nos ha impresionado, pero cuyo
libro, en el que se basa, es completamente desconocido cuando no irrelevante.
Un estupendo ejemplo de esto es el cine de Alfred Hitchcock. Psicosis película tiene mucha más
tensión y complejidad que Psicosis
novela (de Robert Bloch); lo mismo ocurre con Recuerda (Francis Beeding) y tantas otras. Historias bien escritas,
pero excelentes filmaciones. Es decir, otra cosa, otro nivel.
Matar a un ruiseñor es un ejemplo especial. La película
está basada en un texto de Harper Lee, una escritora aún más peculiar, que sólo
publicó en vida esa novela (1960), aunque un año antes de su muerte, con 89
años, le publicaron Ve y pon un centinela. Parece que esta última fue la
primera versión, la que entregó a su editor a mediados de los años cincuenta,
que este rechazó con una serie de indicaciones. La joven Harper Lee, nada endiosada,
hizo caso y la reescribió durante más de dos años, dotándola de un nuevo
narrador, Scout, y de mayor complejidad. La historia permite varias miradas y
muy especialmente el contraste entre la niña Scout/Jean Louise (Mary Badham) y
su padre Atticus (Gregory Peck). La película se estrenó en 1962, dos años
después de la publicación de la novela, con tanto éxito de público como el
texto. Recibió tres premios Oscar, entre ellos el de Gregory Peck, que nunca
estuvo mejor, un actor que a menudo es hierático e inexpresivo, pero que aquí
es para siempre Atticus Finch. No lo obtuvo, sin embargo, la niña Mary Badham,
también nominada. También obtuvo el premio al mejor guión adaptado (Horton Foote);
porque, naturalmente, hay que adaptar el texto a la película. Insisto: no es lo
mismo, es otro lenguaje.
En mi opinión, modesta opinión de lector/espectador, la
película es mejor y está repleta de secuencias memorables. Vamos a ver hoy una
de ellas, concretamente esta:
Scout, un poco asilvestrada, ha asistido a clase tras un largo
verano. Allí ha tenido que escuchar que su padre se encarga de la defensa de un
negro. Ella, imbuida por los prejuicios de su época, le reprocha que lo haga.
Atticus, como en toda la película, piensa unos segundos la respuesta. No grita,
no dice porque sí, porque lo digo yo… Trata a su hija con respeto pero no con
la igualdad abdicadora de los que renuncian a ser padres para ser amigos de sus
hijos.
Veamos la secuencia a partir de las palabras de Atticus Finch:
“Me encargo de la defensa de un negro, Tom Robinson”. Estas
sencillas palabras tienen mucha fuerza. Cuando la hija habla de un negro, el padre repite la palabra
desposeyéndola de connotaciones negativas… y añade el nombre. El negro tiene un
nombre, no es un negro, es Tom Robinson. Las personas tienen nombre y apellido.
Es Tom Robinson. Ni siquiera el paternalismo de llamarle Tom. Nombre completo.
“Aún eres demasiado pequeña para comprender ciertas cosas”.
Atticus es un adulto, Scout una niña. Lo que es comprensible e incluso perdonable
en ella sería intolerable en él. Por eso es también intolerable en otros
adultos: el racismo contiene una mezcla de miedo y odio que debe ser superado
por la razón. Atticus debe enseñárselo. De hecho, Scout, como todos los niños,
no es racista. No hay más que observar lo que ocurre en un parque infantil de
cualquier ciudad del mundo para comprobar que los niños se aceptan con absoluta
naturalidad, mientras que su padres a menudo se mantienen separados por razas,
aspecto o clase social. Los niños juegan con otros niños hasta que el adulto
les dice eso de “No te juntes con ese niño”, “No juegues con esa clase de
personas”, “No me gusta que estés con gente así”.
“La verdad es que se ha hablado mucho en esta población
respecto al hecho de que no debería defender a ese hombre”. Ya no dice “ese
negro”, ni siquiera “Tom Robinson”, sino “ese hombre”. Subrayo las palabras:
ese hombre, esa persona. Atticus está
contrastando lo que un grupo prejuicioso quiere con lo que alguien razonable
debe hacer. Y también lo que deben hacer las leyes, última garantía de los
débiles frente al poder de la masa linchadora y manipulable.
“Se ha hablado mucho”: las palabras pueden destruir
reputaciones, transformar la realidad, señalar a falsos culpables, hundir el
honor de las personas. Esa masa informe dice que “no debería defender a ese
hombre”. Pero el deber de un abogado está con su cliente. En este caso, algo
más, está con la justicia. Atticus sabe que separarse de las creencias comunes
va a perjudicarle, pero no siempre la masa tiene razón: el kantiano Atticus Finch
hace lo que debe, responde al tribunal de la conciencia. También apelará más
adelante ´-sin éxito, al final del juicio- a la conciencia del tribunal.
“Si no deberías defenderle, entonces ¿por qué lo haces?”,
replica Scout. Hay sinceridad en su
pregunta, aún teñida de prejuicios escuchados fuera de casa, pero deseosa de
que su padre le explique. Él lo piensa, no vale cualquier cosa, sabe que lo que
diga ahora dejará su impronta en la cabeza de su hija, busca con cuidado las
palabras: “Entre otras razones, porque si no lo hiciera no podría ir con la
cabeza bien alta. Ni siquiera podría deciros a ti y a Jem lo que debéis hacer”.
Razones, en primer lugar hay razones, no sólo motivos, que solo competen a la
mente de alguien; las razones son compartibles y explicables, pueden ser
argumentadas, son dialógicas, pertenecen a la ética, no a la psicología
individual o social. En la siguiente frase está contenida una excelente
definición de dignidad: “ir con la cabeza bien alta” es hacer lo que se debe,
no avergonzarse, tomar la fuerza de la conciencia tranquila. Pero no basta con
eso: un padre tiene que marcar a sus hijos el camino de lo correcto. Educar en
la libertad no es educar en la equivalencia, hay que enseñar valores
indiscutiblemente buenos y justos. ¿Y cómo podría hacerlo si su conducta es
acomodaticia y miserable? Atticus necesita tener la conciencia tranquila y
llevar la cabeza bien alta para decir a los dos hermanos lo que deben hacer. Si
la fuente del bien está corrupta -el padre-, ¿cuál es la autoridad moral con la
que alguien puede señalar el camino correcto?
“Scout, oirás en la escuela muchas murmuraciones sobre este
asunto. Pero quiero que ahora me prometas una cosa, que no volverás a pelearte
a causa de ello a pesar de que digan lo que digan”. Ella,
tras unos segundos, se lo promete. Es decir se com-promete, hace una promesa al
padre que la compromete (“promete con”), no se limita a aceptar sumisamente una
orden, a obedecer a la autoridad, sino que se compromete con él, con ella misma
y con la justicia. Es lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que
hay fuerza en ese compromiso que deriva de una autoridad no impositiva, sino
persuasiva y racional.
Es decir, como decía en el post de ayer parafraseando a
Unamuno, no la ha vencido, la ha convencido, que también es un con-vencimiento,
un vencer juntos a los prejuicios.
Procedencia de las imágenes:
https://www.microsoft.com/es-es/p/matar-a-un-ruisenor/8d6kgwzl5z2s?activetab=pivot%3aoverviewtab
https://cajadeletras.es/matar-a-un-ruisenor-libro-y-pelicula/
domingo, 21 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (13): de la búsqueda de Dios con Unamuno
No tenía previsto hablar hoy de las
películas de Unamuno, pero ayer vi de nuevo una de ellas. Aclaremos. En 2019 se
estrenó Mientras dure la guerra,
dirigida por Alejandro Amenábar, una magnífica recreación de los últimos meses
de la Guerra Civil en Salamanca, con alguna que otra licencia, desde la
vivencia del escritor y rector de su universidad Miguel de Unamuno. Pero hay
otra, muy estimable y nada conocida, estrenada en 2015 y dirigida por el
debutante Manuel Menchón, La isla del
viento, que cuenta su estancia en la isla de Fuerteventura en la que fue
desterrado en 1924 (de febrero a julio) por el dictador Primo de Rivera por las críticas de Unamuno en la prensa hacia él y hacia el rey Alfonso XIII.
La primera es una superproducción,
rodada con grandes medios y con una enorme campaña de marketing. Naturalmente,
es una estupenda película a cargo de uno de los grandes directores que hay en
España y que tiene un elenco actoral que impresiona, desde el intenso e íntimo
Unamuno (Karra Elejalde) hasta el histriónico Millán Astray (Eduard Fernández).
Sin embargo, el Unamuno de la otra, una producción modesta, es el sensacional
José Luis Gómez, excelente actor que se prodiga poco en el cine aunque mucho en
el teatro.
Vi este curso la primera de ellas, la
recomendé encarecidamente a todos los alumnos. Qué poco éxito. Os aseguro,
estudiantes, que me desasosiega hasta rozar la depresión ese desdén que tenéis
casi todos por este cine. Porque, además, cuando os atrevéis, os gusta. Creo
que lo identificáis con materia de examen, cine muermo, cosas de profesores… Es
un error, no perdáis el tiempo, las energías y el dinero con películas
palomiteras, cine kleenex de usar y
tirar. Esto es otra cosa.
Vamos a las películas. Las dos tienen en común el célebre discurso
de Unamuno el día 12 de octubre (día de la exaltación de la Raza); en ambas
películas aparece esa exhortación y en las dos tiene una gran fuerza. Se ha escrito mucho acerca de si tuvo lugar efectivamente así, si las palabras fueron
exactamente esas o no. Lo cierto es que pertenece al imaginario colectivo de la
historia de este país y que el propio Unamuno escribe en una carta el 13 de
diciembre de ese año: “Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no
convertirán” (como las demás citas, extraído de la entrada “Miguel de Unamuno”
en la Wikipedia).
Por supuesto, esa secuencia es clave,
muy conocida. Pero no la única. Anoche, al repasar La isla del viento, me detuve en algunas otras absolutamente
conmovedoras y de gran interés filosófico. En una de ellas, Unamuno va a ver al
cura porque los escasos niños que van a la escuela de la que se ocupa el
clérigo le dicen que la ha cerrado. Se encuentra a un sacerdote, don Víctor,
apesadumbrado, refractario a la conversación porque eso le obligaría a razonar
(“dar y pedir razones”, decía Platón).
Se esconde en el confesionario, corre la cortina. Pero don Miguel no se
da por vencido, y se ubica a la derecha, como
si fuera a confesar, aunque esa confesión acaba siendo una inversión de los
papeles: “¿Se rinde usted? ¿Cree que así acabará todo?”.
Unamuno le hace ver que cuando ofició
el funeral de un niño, sus palabras traslucían verdadero sufrimiento, un
sufrimiento más humano que teológico, no eran las palabras del que repite una
letanía que ya conoce de memoria, sino las de un hombre que sufre por la muerte
de un niño, una muerte por lo demás evitable, fruto de la miseria y la
injusticia. “¡Cállese!”, “¡Cállese, por favor!”, responde el sacerdote. No
quiere escuchar porque no quiere escucharse. Es un clérigo al servicio del
dogma más tradicional que se está enfrentando a una fuerte contradicción.
Unamuno sigue hurgando en su tormento: le pregunta si cree en un Dios misericordioso
que permite la muerte de toda la gente que nunca ha hecho mal a nadie. “La
muerte inútil de un niño. ¿Cómo puede Dios permitir eso?”, concluye. No hay
argumentación posible, así que el cura tira por el camino más fácil: “Mi fe es
auténtica. Es usted un ateo”. No sabe dónde se mete. Unamuno responde: “¿Ateo?
¿Cree usted que hay una sola manera de sentir a Dios? Si existe, habita en el
corazón de los hombres. Y en la distancia que los separa”.
Lo que está pidiendo Unamuno
dirigiendo directamente la mirada a un sacerdote que se difumina brumosamente
tras la celosía del confesionario es que dé otra interpretación a su fe. Que no
sea una fe limitada a la fidelidad a un dogma, sino también a los demás. Insiste: al niño no lo mató la voluntad de
Dios, lo mató la ignorancia y la miseria y el sacerdote puede luchar contra
eso, hacer algo más que enseñar catecismo en una escuela de la que nada más se
nos muestra. El cura se refugia en la oración, pero Unamuno no está dispuesto a
soltar su presa: “Por más credos que repita, por más música que toque, no conseguirá acallar su propia voz. Al
final tendrá que enfrentarse a ella. Todo hombre digno de ese nombre tiene que
hacerlo tarde o temprano: tomar una decisión”. Y ante el tormento interior que
está viviendo el sacerdote, Unamuno descorre la cortina y concluye: “Tome la
que tome, absuélvase”.
También Unamuno quiso absolverse y,
creo, son palabras que se dirige a sí mismo y a su posición ante la religión y
ante la política. Me parece que en esa conversación los papeles están cambiados
y que don Víctor es don Miguel, ese Miguel de Unamuno contradictorio,
vitalísimo, que ha vivido desgarradamente su relación con Dios. Ese Unamuno,
educado en la fe católica que va perdiendo poco a poco y que espera a la muerte de su madre para
explicitarla, como si ella no pudiera absolverlo en vida. Ese Unamuno que
escribe, tras la muerte de la madre en 1908, algunos libros en los que la
crisis de fe es más que patente: Del
sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913), La agonía del cristianismo (1925) y,
sobre todo, muy especialmente, la novela del alter ego de Unamuno: San
Manuel Bueno, mártir (1930).
Unamuno quiere creer. Pero la tragedia
de Manuel Bueno (Miguel de Unamuno) es que la voluntad no es suficiente: querer
creer no es suficiente para creer, no es creer. Pareciera como si la fe no
hubiera sido dada a quien la requiere y se regale dadivosamente a quien ni
siquiera va a reflexionar sobre ella. Difícil cuestión. Porque si la fe es un
don de Dios, nada habría que reprochar a quienes no la tienen (no les ha sido
dada): pero si es una conquista de la razón y de la voluntad, si la fe no solo
es creer sino querer creer, entonces ya depende de cada uno y, lo que es más
importante, es un acto de la razón y de la voluntad. Temo que no existe
solución (los grandes pensadores del cristianismo no han eludido la cuestión) y
que precisamente ese es el drama de Manuel Bueno (Miguel de Unamuno): es
preciso mantener la bondad, el sentido, pero ¿qué hay detrás?, ¿está Dios?, ¿o
Dios es una construcción cultural útil para explicar lo inexplicable, para dar
respuestas allá donde no las hay?
Insisto: no tengo respuestas. Eso sí,
debemos intentar mejorar el mundo, tanto si existe Dios como si no. Cuentan
que, cuando la ONU requirió a algunos líderes religiosos para que echasen una
mano en la construcción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
todos estuvieron de acuerdo en que debían existir y hacerse efectivos; en lo
que no estuvieron de acuerdo es en el fundamento: ¿humano?, ¿divino?, ¿de qué
divinidad? Estoy recordando un excelente libro escrito por el filósofo francés
André Comte-Sponville, El alma del
ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios. Reconoce allí el
autor, que proviene del materialismo filosófico y que no oculta su ateísmo, que
la religión es imbatible en determinados ritos y a la hora de articular
respuestas a lo inexplicable. Merece la pena leer este libro, que es una
discusión respetuosa y razonada, y no sólo con el cristianismo, sino también con
otras formas de religión como el budismo.
Termino esta larga perorata de hoy con
dos citas que he encontrado buscando datos de su biografía en la Wikipedia. A
mí me interesa ese pensador aporético, a
la contra, rara avis en este país
de fidelidades irracionales. En Mientras
dure la guerra le reprochan a Unamuno que haya cambiado y él responde
irritado: “¡Han cambiado los demás. Yo siempre he estado en el mismo sitio!”.
Unamuno escribe esto en noviembre del
36: “Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre
España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo…”.
Y Antonio Machado le despide con estas
palabras: “Señalemos hoy que
Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra
quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra
los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el
pueblo mismo? No lo he creído nunca y no lo creeré jamás”.
No sé
si hay que absolver a Unamuno. Lo que sí que hay que hacer es leerlo, discutir
con él, que para eso sirve la filosofía. Y ver las películas, desde luego.
Discurso de Unamuno en La isla del viento:
Discurso de Unamuno en Mientras
dure la guerra:
https://www.youtube.com/watch?v=-Ftv0gpw-Xc
Programa "Imprescindibles" de RTVE sobre Unamuno:
https://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-unamuno-pensador-apasionado/4529287/
Programa "Imprescindibles" de RTVE sobre Unamuno:
https://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-unamuno-pensador-apasionado/4529287/
Procedencia de las imágenes:
https://www.premiosgoya.com/pelicula/la-isla-del-viento/https://www.fotogramas.es/noticias-cine/a29298538/mientras-dure-la-guerra-numero-uno-taquilla/
https://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-unamuno-pensador-apasionado/4529287/
jueves, 18 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (12): del valor y del precio con Kant y Merlí
A veces, algún algún estudiante me dice que le recuerdo a
Merlí. Y yo le digo que no me insulte, que me ofende. Es un juego, claro, pero
ahora voy a hablar en serio.
Merlí es una serie emitida por la
televisión autonómica catalana TV3 entre
2015 y 2018, que se emitió más tarde por La Sexta. Recomiendo por cierto verla
en versión original, con subtítulos para los que no comprendan el catalán,
porque el doblaje es… Bueno, que no. En el otoño de 2019 se estrenó una secuela
de esta serie, que pasa del instituto a la universidad, titulada Merlí: Sapere aude.
La serie tiene luces y sombras. Vamos con las luces. La
cartelería con la que comienza y termina la emisión de cada capítulo está muy
conseguida, con referencias y guiños que capta cualquier persona que sepa algo
de filosofía. Otra luz, la que más, es la de las explicaciones que da el
profesor interpretado por Francesc Orella. Por cierto, un tipo de clase
magistral pero con intervención de los alumnos, con interpelaciones, con aclaraciones
y cierto nivel de discusión intelectual, algo muy parecido a lo que hago yo. Hay
rigor en lo que explica y en lo que escribe en la pizarra. Otro que no necesita
permanentemente un ordenador. Hay ciertos profesores que sin esos medios
informáticos no son nada. Mientras tanto, otros se lo saben. Recuerdo que uno
de esos alumnos brillantísimos que hemos tenido todos me dijo un día por la
calle, ya estudiando una ingeniería, que un profesor se limitaba a leer en
clase el correspondiente power point;
sin embargo, el de matemáticas sólo necesitaba un trozo de tiza. Con uno de ellos aprendió mucho más que con el otro; sin embargo, este era el que gustaba más a los alumnos perezosos.
Bueno, quiero decir con esto que la función principal de un profesor
es conseguir que aumente el conocimiento de sus alumnos. Naturalmente, no es
tan sencillo y lo que rodea a cada clase tiene muchos y muy complejos elementos
condicionantes, pero la finalidad de la educación es el conocimiento. Ojo, no
la información, que de eso está lleno Internet (también de desinformación),
sino el conocimiento. Digo esto porque estoy harto de la murga simplona de que
para qué hacen falta profesores si todo está en la red. No, en Internet, como
mucho, están los datos, pero no el criterio. Insisto: no el conocimiento.
Todo eso de lo que habla Merlí también está en Internet. Cada
capítulo comienza con el nombre de un filósofo o escuela. Pues nada: a buscar.
Veo que no. El instituto en el que doy clase desde 2003 se llama Luis de
Lucena. A veces pregunto quién fue ese tipo que da nombre al edificio. Todavía
estoy esperando que alguien me diga que lo sabe, que lo ha buscado. Y eso que
también hay en Guadalajara una capilla que lleva su nombre, una preciosidad.
Tampoco han ido a verla. Pero está en la red, ahí está bien.
Eso sí me gusta de Merlí:
es un dinamizador, un provocador, demasiado para mi gusto. Pero he de reconocer
que lo que dice en sus clases es bueno. He explorado y resulta que el asesor
filosófico de la serie es Nemrod Carrasco. Desde luego, se nota que hay un
profesional de la materia, que en eso sí han contado con alguien que sabe (al
final se enlaza una entrevista con él). Estoy recordando otra serie que tuvo
mucho éxito hace unos 20 años. La emitió Antena 3 y se titulaba Compañeros. Me decían mis alumnos de
entonces (IES Campanar, en Valencia: muchos saludos, os recuerdo) que la viese,
que estaba muy bien. Y un día lo hice. Uno, ya está. Por una razón que
desconozco, el profesor de filosofía, un tipo gruñón y áspero, la antítesis de
Merlí, estaba enfadado con una alumna, que le pedía una recuperación.
Finalmente accede y le dice algo así: “A ver, señorita, una sola pregunta:
lógica proposicional y lógica cuantificacional”. Si hago yo esa pregunta, acabo
en inspección esposado, eso es un curso completo de lógica en la universidad,
no exactamente una pregunta de recuperación de 1º de Bachillerato. De modo que
conviene asesorarse antes de escribir un guión con los lejanos recuerdos que
uno tiene de su paso por el instituto.
Decía, pues, que en esto muy bien. Sin embargo, lo que gusta
a la gente, incluso a mis estudiantes es otra cosa. Merlí llega un día a un
instituto de Barcelona a hacer una sustitución. Mira por donde, es el instituto
en el que estudia su hijo, que su exmujer le ha encasquetado para irse con su
novio a Roma. Y, otro azar, le dan la
tutoría del 1º de Bachillerato de su hijo. Lo normal…, hay pocos institutos en
Barcelona, en casi todos hay pocos alumnos en el aula, los padres tutorizan a
sus hijos… Que no, que esto no.
Merlí es de lengua afilada, un pelín arrogante, transgresor y
no se corta un pelo con la cosa de la seducción, sea con compañeras (en el
primer capítulo ya tiene intercambio horizontal con una de ellas a la que dobla
en edad), ya incluso con madres de alumnos. Que tampoco, que esto no es lo
habitual. O yo soy un pavo que no se entera de nada, es posible.
En otro capítulo roba un examen de la sala de profesores.
Esto… Veréis, eso no ocurre. Me molesta no sólo que se muestre tal cosa, sino
que se dé un aire heroico a esa fechoría, algo así como contravenir las normas
con motivos, hacer legítimo lo ilegal, ir contra el sistema opresor, etc. Que
no, que no: robar un examen o copiar son actos de deshonestidad que deben ser
punibles y nunca investidos de un halo de robinhoodismo.
Me molesta como profesor y me molesta simplemente como persona.
No obstante, hay algunos momentos impagables en la serie.
Debo advertir a estas alturas que vi unos pocos capítulos al principio y
después abandoné. En uno de ellos hay una secuencia que me dejó boquiabierto
porque llevo varios años comenzando de un modo similar mis clases de Ética y
luego de Valores. La secuencia es esta:
No he visto la secuela que se ha hecho. Tendré que echarle un
vistazo y que no me cieguen los prejuicios. De momento, vamos con una secuencia
estupenda que he recibido de una compañera de otro instituto:
Mucho en lo que pensar, ¿verdad? A todos aquellos que dicen
que no les importa lo que digan o piensen los demás conviene que se paren a
pensar despacio. ¿Nada de lo que hacemos es porque todos lo hacen, porque son
las costumbres de nuestra sociedad, de nuestros amigos, de nuestros padres, de
nuestra religión? ¿Nada? No insistáis: no lo creo, es más, no es así. Al
contrario, la sociedad nos condiciona, incluso nos intimida. Es muy difícil
quedarse al margen, ser original, atreverse a pensar por uno mismo contra la
sociedad y el tiempo en que vivimos. En el vídeo se hace referencia a Nietzsche
y su distinción entre moral noble y moral del rebaño (o moral gregaria).
Observemos la realidad: lo fácil es dejar que otros piensen por uno, que nos
digan lo que debemos hacer, en qué debemos creer, si hay que llevar uno u otro
vestuario, fumar, no hacerlo, adorar a un determinado Dios. Ceder a las
presiones es más fácil que mantenerse con razones poderosas -no por
cabezonería- en nuestras convicciones distintas o disidentes. Sapere aude! no sólo es parte del
título, es una máxima kantiana que insiste en esto: atrévete a pensar por ti
mismo, eso es la Ilustración, no dejar que tutoricen tu pensamiento, utilizar
siempre la razón, atreverse a ser mayor de edad en el ámbito del pensamiento y
la conducta. Pero como Nietzsche, Kant y la serie Merlí advierten, eso es difícil y tiene sus peajes.
Eso es la filosofía. Eso debería ser.
Entrevista con Nemrod Carrasco:
Procedencia de las imágenes:
miércoles, 17 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (11): de las pelis de profes
A ver
si termino ya con las películas sobre la GCE, que ya llevo un par de días de
monotema. Y eso que no voy a meterme -¡de momento!- con dos muy recientes: La trinchera infinita (Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga, 2019) y Mientras
dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019). La primera aborda el tema de los
topos, personas que pasaron escondidas años, incluso decenios: de nuevo el tema
del ser humano enfrentado a una situación extrema. La segunda se centra en los
últimos meses de vida del contradictorio pensador Miguel de Unamuno y abordaría
el tema de la responsabilidad de las personas públicas ante la sociedad, mucho
más en situaciones límite. Merecen más que un párrafo. Por cierto, se hizo hace
pocos años otra película sobre Unamuno, que pasó injustamente sin pena ni
gloria, La isla del viento (Manuel
Menchón, 2015). Otro día.
Ayer
comenté una deliciosa película, La lengua
de las mariposas. Como vimos, hay muchos temas involucrados en ella, pero
si tuviera que resumir en pocas palabras de qué va, diría que explica para qué
sirve un maestro.
Sí,
ya sé, películas de
profesores hay para aburrir. Casi todas francamente malas. Yo las dividiría en
dos secciones: las bienintencionadas y las catastrofistas. O, de otro modo, las
buenistas y las pandilleras. Al
primer grupo pertenecen todas aquellas que parten de una visión idealizada de
la cosa docente. Curiosamente, gran parte de ellas son francesas, parece que a
nuestros vecinos del norte les importa mucho la educación, l’école de la République, como la llaman. Muchas de ellas parecen
dirigidas por alguien que no ha pisado un centro de enseñanza en su vida.
Conciben la educación de un modo angelical, como un instrumento para cambiar el
mundo. Y lo es, claro, pero conviene tener ilusión sin ser un iluso: soñemos con
los pies en el suelo. No obstante, casi todas acaban con el sistema imponiéndose a los que quieren
cambiar las cosas; los que mandan no van a consentir semejante desmán, ¿qué es
eso de poner en cuestión el statu quo?
Nada, nada, de inmediato hay que introducir una disciplina rígida y casi manu
militari imponer el orden.
A esa categoría pertenece desde luego la celebérrima El club de los poetas muertos (Peter
Weir, 1989), que suele gustar mucho a los estudiantes y bastante poco a los
profesores. Cuando llega el profesor Keating al exclusivo colegio quiere
cambiar los sistemas de enseñanza hacer
sentir a sus alumnos la literatura. No sabe dónde se metía. El sistema pudo con
él y ya no hubo carpe diem ni “Oh,
capitán, mi capitán”. La realidad ofrece la puerta de salida al benefactor
incomprendido. Es una pena lo poco que se parecen los institutos -sobre todo
los públicos- a la mayor parte de los establecimientos que salen en las
películas.
Algo parecido le ocurre al bonachón subalterno de Los chicos del coro (Christophe Barratier,
2004), película que tiene como valor más estimable una banda sonora
sensacional (al final hay una muestra). Esta vez el salvador de la educación es un antiguo profesor que se
ve obligado a hacer tareas de conserje, pero que recupera a los estudiantes más
díscolos y conflictivos a través de un coro. ¿Adivinan el final? El sistema le
pasa por encima, todo vuelve a ser como antes y ahí está la puerta de salida
para quien quiere cambiar las cosas.
Un pelín mejor, pero en absoluto merecedora del éxito que tuvo
es la francesa La clase (Laurent
Cantet, 2008), a medio camino entre la
ficción y el documental, pero tramposa y malintencionada hasta en el título
original, Entre les murs, con una
concepción de la educación como algo opresivo de lo que hay que liberarse. Los
que nos dedicamos a eso sabemos -una vez más- que una clase no se parece a eso
y que ninguno de los profesores tiene una
clase, sino muchas clases.
Porque es muy curioso: en todas las películas aparece un
profesor y un aula. No sé en qué emplean el resto del tiempo de su jornada
laboral. No veo en ninguna de ellas las cinco asignaturas distintas, 200
alumnos y 12-14 grupos con los que me obsequian las leyes vigentes un año tras
otro. Tal vez, si mi carga de trabajo consistiese en una sola clase con quince
estudiantes y sin burocracia, como sale en las películas, pudiera hacer más.
Aún más.
Algo mejor es la canadiense Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011), más próxima al suelo
pedagógico, aunque tiene también un aire angelical y desperdicia una novedad:
el profesor inmigrante, del que saca escaso provecho. Me gusta su realismo: el
profesor hace lo que puede, no es un ser de luz imbuido de una misión
trascendental, sino un tipo con problemas personales muy serios que, pese a
ellos, hace lo que puede.
Tiene también provecho Una
razón brillante (Ivan Attal, 2017), aunque se traslada a la universidad. Un
profesor de Derecho humilla públicamente a una alumna por su condición de mujer
y de inmigrante. La universidad le “sanciona” obligándole a prepararla para una
competición de debates. La película tiene un punto de interés indudable: el
respeto que hay que mostrar a cualquier persona, independientemente del color
de su piel o de su procedencia. También incide en los diversos modos que existen
de ser musulmán (podríamos decir que religioso en general). Y hay un tercero
que a mí me interesa especialmente: los argumentos falaces que va enseñando el
profesor a su estudiante, para descubrirlos… y para utilizarlos. Vale la pena.
Entre las catastrofistas y pandilleras podemos citar unas
cuantas. Es un género especialmente querido en el mundo anglosajón, en el que
no han hecho más que profundizar en el tema inaugurado con Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967). Vista ahora
parece candorosa, sobre todo si la comparamos
con Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995) o El
sustituto (Robert Mandel, 1996).
En mi modesta opinión, una de las mejores películas centradas
en el tema de la educación es la francesa Hoy
empieza todo (Bertrand Tavernier, 1999), desgarradora, realista,
sincera. Cuenta la historia de un
colegio al norte de Francia, en una región devastada por el paro y por los
problemas sociales. De las pocas que nos tocan el corazón a los que nos
dedicamos a esto. No pocos hemos conocido problemas así, desamparo, abandono,
falta de inversión y de medios. Por eso, invertir en la escuela pública no es
gastar. Es la única oportunidad para muchos estudiantes, eso que se llama a menudo
el ascensor social. Un puesto escolar es caro, desde luego. Y una cama de
hospital, pagar pensiones, etc. Ahora la reflexión: ¿es caro comparado con
qué?, ¿no será que decimos que lo es porque lo concebimos como un gasto y no
como una inversión de futuro? A veces se repite esta frase que creo muy
acertada: “Si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia” (en
Internet se le atribuye mayoritariamente a Einstein, pero no he podido
verificar si es así, también aparecen otros supuestos autores; en todo caso, lo
importante es lo que dice, no quien lo dijo).
Otro día hablaré de mi admirado Albert Camus, niño muy pobre,
huérfano, sin ambiente cultural en su casa. Siguió estudiando gracias al empeño
de su maestro, Monsieur Germain, y a las becas del estado francés. A los 44
años era Premio Nobel de Literatura, uno de los más jóvenes en obtenerlo. En
una generación se había pasado del analfabetismo, la miseria y la ignorancia a
la máxima distinción literaria. L’école
de la Republique, naturalmente. Y el trabajo intenso de Albert Camus, esto
no hay que olvidarlo nunca.
Dejo ex profeso
otras que tienen un gran interés pero cuyo tema no es exactamente la educación,
aunque puedan tener una gran cantidad de metraje dentro de las aulas. Hablo,
por ejemplo, de la excelente La Ola
(Dennis Gansel, 2008), Cadena de favores
(Mimi Leder, 2000) o Entrenador Carter
(Thomas Carter, 2005). En poco tiempo
les tocará.
Y prefiero no hablar mucho de las series de televisión, ahora
no. Todos los profesores nos hemos encontrado personas que sostienen muy
convencidos estar al tanto de lo que ocurre en los institutos porque han visto Al salir de clase (emitida por Tele 5
entre 1997 y 2002), Compañeros
(Antena 3, 1998-2002) o el inefable Merlí
(TV3-La Sexta, estrenada en 2015), lo que nos faltaba a los profesores de
filosofía para que nos colgaran más sambenitos de los que ya tenemos… Mejor
dejo esto. En todo caso, adjunto al final una serie de enlaces de películas
sobre educación para quien desee ampliar.
Enlaces a páginas de internet sobre películas sobre
educación:
Procedencia de las imágenes:
http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-5280/
https://www.amazon.es/Clase-DVD-Fran%C3%A7ois-Begaudeau/dp/B003Z7SF84
https://journals.openedition.org/revestudsoc/21457
http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-5280/
https://www.amazon.es/Clase-DVD-Fran%C3%A7ois-Begaudeau/dp/B003Z7SF84
https://journals.openedition.org/revestudsoc/21457
martes, 16 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (10): del ornitorrinco y la espiritrompa y de los maestros de escuela en general
De todas las películas que se han rodado sobre la GCE me
gusta especialmente La lengua de las
mariposas (José Luis Cuerda, 1999). Y, si tengo que elegir secuencia, me
quedo con la última (enlace al final), la que cierra la película y hace que
salgamos a la realidad con la amargura prendida en los ojos y la esperanza no
del todo derrotada.
La película adapta unos relatos de Manuel Rivas. Cuenta la
historia de un niño y su relación con el maestro. Estamos en un pueblo español
en los años 30, concretamente en el muy catastrófico año de 1936. Don Gregorio
es el maestro. No sé si escribirlo con mayúsculas. Hubo un tiempo en el que los
padres enviaban a los hijos a la escuela para que aprendiesen y se formasen. En
el mundo rural la situación era mala tirando a peor: un solo maestro para todos
los niveles y niños que abandonaban el colegio para trabajar con sus padres,
por pura necesidad la mayor parte de las veces. Eran los tiempos en los que era
cierto eso de “pasar más hambre que un maestro de escuela”: la sociedad mandaba
a los docentes a todos los rincones, pero le parecía suficiente con unos magros
haberes y un alojamiento. Aún resiste en muchos pueblos de España “la casa del
maestro”. Era frecuente que los chicos llevasen a clase madera para la estufa o
algún presente comestible para quien les enseñaba algo de matemáticas, lengua,
geografía...
Os aseguro, muchachos, que no hablo de oídas. Mi madre (a la
que Dios tenga en su gloria) dedicó toda su vida a este noble oficio en los
tiempos heroicos y entre mis recuerdos de infancia está la de esa madre
llegando a casa con unas patatas, una gallina o unos huevos, que de ese modo
agradecían los padres y pagaban en especie lo que la administración educativa
no hacía. También me recuerdo con muy pocos años llevando a la escuela de doña
Paula una rama cuya longitud triplicaba mi estatura: cada niño llevaba algo de
leña para la estufa. Es nuestro país, no romanticemos el pasado, está muy cerca
y no había móviles ni internet, no había ordenadores ni demasiados medios,
salvo una vocación rudimentariamente pagada, un encerado y unos pocos pupitres.
Vuelvo a La lengua de
las mariposas. Es conocido que en la Segunda República se hizo un esfuerzo
por dignificar la profesión y por extender la instrucción pública, como se
llamaba entonces. Don Gregorio es un maestro ya
anciano, de esos para los que la vida y el aula son lo mismo. Don Gregorio
tiene una clase en la que hay de todo, siempre lo ha habido, pero en ella se
sienta Moncho, el alumno ideal, el que tiene hambre de saber. Don Gregorio no
maneja las nuevas tecnologías, le basta una pizarra, una tiza y alguien con
deseos de aprender.
Un maestro de escuela es un especialista en todo. Quiero
decir que puede que no conozca con detalle todos los elementos de una
especialidad, pero debe saber matemáticas, historia, lengua, ciencias naturales…
Esto parece ser lo que más gusta, aquello que prende luz en los ojos de Moncho.
El maestro es mucho más que un maestro, es casi Dios, habla de cosas que ni
soñaba, que sus padres no conocen. Por cierto, entre los padres y el maestro se
forja cierta amistad: el padre es sastre y Don Gregorio necesita hacerse ropa
de vez en cuando. Hablan, se respetan, parecen compartir una visión
regeneradora de la sociedad, España necesita incorporarse a otros modos de
vivir y pensar, dejar atrás tradiciones con poco sentido. Ninguno de los dos es
un exaltado.
Pero llega la guerra. Y con ella los ajustes de cuentas
reales o ficticios. Llegan los falangistas al pueblo, se hacen con él y
comienza lo habitual: las purgas, delaciones, venganzas, miedo y detención de los otros. Entre ellos, don Gregorio,
uno más de los maestros de la República.
La noticia corre por el pueblo: el maestro está en la cárcel.
Y la gente empieza a alinearse con el vencedor, estupenda maniobra de
supervivencia en tiempos bélicos, pero indigna como pocas. El niño no entiende
nada. Los niños no entienden la guerra hasta que un día pierden al padre o
tienen que caminar durante muchos kilómetros para no volver nunca del exilio o
hacerlo tantos años después que España ya no se parece a la que dejaron. Moncho
no lo comprende: es el maestro, Don Gregorio, el hombre más bueno del mundo, el
que todo lo sabe. Debe tratarse de un error, se lo explicará, lo dejarán en
libertad. ¿Quién puede querer mal a Don Gregorio?
Lamentablemente, las guerras las dirigen las creencias, los
intereses, las emociones que han renunciado a la razón y los resentimientos de
los hombres. El maestro está en la cárcel y es un enemigo de la Nueva España si
los que mandan lo deciden así.
La última escena (spoiler,
cómo no) es magistral y tristísima: don Gregorio es sacado en un vehículo con
otras personas. Seguramente les van a dar el paseo (es decir, un tiro y cadáver a la cuneta). Y allí está Moncho
con sus padres. Estos, supervivientes camaleónicos, saben que para salvarse han de
ponerse frente al maestro: le insultan ("¡Rojo, ateo!") y piden a su hijo que lo haga también; él repite las palabras de su madre. Pero qué
indignidad suprema: insultar a quien te lo ha enseñado todo. Finalmente, Moncho
corre tras el camión que se lleva a los presos, tira piedras como los otros niños y busca con qué agredirle verbalmente y sólo encuentra unas extrañas palabras -que, naturalmente, le enseñó el maestro- y las grita, como una
especie de desahogo que es también homenaje: “¡Ornitorrinco!, ¡espiritrompa!”.
Esta es la secuencia:
Procedencia de las imágenes:
https://reevo.wiki/Audiovisual:La_lengua_de_las_mariposas
https://galicia.swred.com/bolboreta_castelan.htm
lunes, 15 de junio de 2020
Diario de un profesor peliculero (9): del ser humano, que es Jekyll y es Hyde
Decíamos ayer…
Ayer le di una vuelta a algunas películas sobre la guerra
civil española. Fue una situación extrema, un momento para que la condición
humana se exprese en su diversidad: lo mejor y lo peor sale de cada uno en esos
casos. Es la metáfora que supo narrar Robert Louis Stevenson en su libro El extraño
caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Como especie, abunda Hyde; afortunadamente
también hay muchos Jekyll. Es más, ¿quién no es ambos, según situaciones, según
tensen la cuerda vital? Eso es lo que ocurre cuando se extrema la convivencia y
adviene ese fracaso colectivo de la sociedad que es una guerra, aún más una
guerra civil.
Ahora entendemos bien esa frase lapidaria que pronuncia el
padre (al final está el enlace) con asombrosa serenidad. Luis, el hijo, le dice
al padre: “mamá que estaba tan contenta porque ha llegado la paz” y obtiene
esta respuesta: “Es que no ha llegado la paz, Luis, ha llegado la victoria”. En
qué pocas palabras es posible concentrar un dictamen tan certero. Naturalmente,
no sólo vale para nuestra Guerra Civil, sino para cualquier guerra: siempre
llega la victoria y los que ganan se convierten en los buenos, escriben la historia, hacen las leyes a su medida y
trazan una línea que los otros, los malos
no pueden cruzar. La generosidad -como vemos en los ojos del padre- nunca ha sido
una cualidad del vencedor de la guerra. Siempre se dice que la Historia la
escriben los que ganan: la imponen, en todos lados y en todo tiempo, con
poquísimas excepciones, la generosidad no es una cualidad que fertilice en
situaciones bélicas.
Ayer le di una vuelta a algunas películas sobre la guerra
civil española. Fue una situación extrema, un momento para que la condición
humana se exprese en su diversidad: lo mejor y lo peor sale de cada uno en esos
casos. Es la metáfora que supo narrar Robert Louis Stevenson en su libro El extraño
caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Como especie, abunda Hyde; afortunadamente
también hay muchos Jekyll. Es más, ¿quién no es ambos, según situaciones, según
tensen la cuerda vital? Eso es lo que ocurre cuando se extrema la convivencia y
adviene ese fracaso colectivo de la sociedad que es una guerra, aún más una
guerra civil.
De todas las películas que se han hecho y que yo haya visto,
me gusta especialmente Las bicicletas son
para el verano (Jaime Chávarri,
1984), que recrea una obra dramática escrita por Fernando Fernán-Gómez y
estrenada en el Teatro Español de Madrid dos años antes. Del elenco original
pasó a la película el excelente actor Agustín González, que interpreta al
padre.
Los protagonistas son dos fundamentalmente: el padre (Agustín
González) y el hijo (un jovencísimo Gabino Diego). El título hace referencia a
una petición que un adolescente hace a su padre para poder pasear con una chica
que le gusta. Las bicicletas son promesa de libertad, primeros amores, algo de
distancia de la vida corriente. El desgarbado muchacho aún no ha crecido del
todo, juega con sus amigos a la guerra en las calles y descampados de Madrid.
Pero la guerra de verdad llega. Y el hambre. Y las grandezas y miserias que
toda familia puede aún contar. Al final de la película, vuelven a encontrarse
el padre y el hijo. El hijo recuerda que hace tres años jugaba con sus amigos a
la guerra, que quería una bicicleta para salir con una chica. El padre, un
maravilloso Agustín González en su mejor papel, le mira y le comunica que las
cosas van a cambiar, que probablemente lo van a detener y que el hijo que luce un incipiente bigote,
más una sombra, ya no es un niño. El hijo no lo entiende aún, no sabe lo
miserables que son los vencedores en cualquier guerra; no les basta con vencer;
como no pueden convencer -Unamuno, claro-, han de someter y humillar al
vencido, eliminarlo civilmente, cuando no físicamente.
En su ingenuidad, el hijo le pregunta por qué, eso no puede
ser, no has hecho nada, no has matado a nadie. Qué poco sabe el joven de la
condición humana, de guerras y posguerras: basta con significarse, con no
agachar la cabeza, con no mostrar lealtad inquebrantable. Basta con un nimio incidente
con un vecino leal a los vencedores. Todos sabemos hoy lo que ocurrió. Aunque
las cifras son aún discutidas por historiadores, se calcula que hubo medio
millón de muertos durante la guerra, alrededor, de 450.000 exiliados, 50.000
ejecutados tras la contienda y 120.000 muertos por hambre y enfermedad en la
inmediata posguerra. Además, según la asociación Jueces para la Democracia, en
España aún hay más de 114.000 desaparecidos, el segundo país del mundo (tras
Camboya).
Ahora entendemos bien esa frase lapidaria que pronuncia el
padre (al final está el enlace) con asombrosa serenidad. Luis, el hijo, le dice
al padre: “mamá que estaba tan contenta porque ha llegado la paz” y obtiene
esta respuesta: “Es que no ha llegado la paz, Luis, ha llegado la victoria”. En
qué pocas palabras es posible concentrar un dictamen tan certero. Naturalmente,
no sólo vale para nuestra Guerra Civil, sino para cualquier guerra: siempre
llega la victoria y los que ganan se convierten en los buenos, escriben la historia, hacen las leyes a su medida y
trazan una línea que los otros, los malos
no pueden cruzar. La generosidad -como vemos en los ojos del padre- nunca ha sido
una cualidad del vencedor de la guerra. Siempre se dice que la Historia la
escriben los que ganan: la imponen, en todos lados y en todo tiempo, con
poquísimas excepciones, la generosidad no es una cualidad que fertilice en
situaciones bélicas.
“Sabe Dios cuándo habrá otro verano”, acaba diciendo Agustín
González, que no ha cesado de parpadear para retener las lágrimas. Sabe Dios
cuando algún hijo pedirá una bicicleta a su padre para salir con una chica sin
mayores preocupaciones que ésa, cuántos años tendrán que pasar para que España
sea un país en que los hijos pidan bicicletas a sus padres y no tengan que asumir
una edad que aún no tienen porque al padre se lo llevan preso o para siempre o
han de marcharse demasiado lejos, a vivir en un idioma extraño.
Muchos más temas de índole filosófica podrían asomarse aquí:
la justicia de las guerras, el derecho de los estados a disponer de soldados,
la legitimidad de los golpes de estado, los héroes, los traidores, el concepto
de patria, los límites de los derechos, la posibilidad de usar o no ciertas
armas…
El hombre, decía Rousseau/Jekyll, es bueno por naturaleza, es
la sociedad la que lo hace malvado y egoísta. El hombre, decía Hobbes/Hyde es
un lobo para el hombre, necesitamos gobernantes fuertes que sujeten a esos
individuos violentos en sociedades seguras, porque la seguridad es prioritaria
sobre la libertad. ¿Quién tiene razón en esta polémica que he resumido y casi
caricaturizado? Seguramente ambos, aunque cuando vemos cualquier telediario
imaginamos a Hobbes asintiendo con la cabeza y repitiendo eso de “ya lo decía
yo”.
Enlace a una secuencia de la película:
Procedencia de las imágenes:
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