lunes, 24 de agosto de 2020

Diario de un profesor peliculero (52): de la diferencia entre opinar y saber



Platón - Wikipedia, la enciclopedia libreLlevo unas cuantas entradas citando a Platón. También a Kant, claro, cómo no. Seguramente son los dos pilares del pensamiento occidental. El primero en la Antigüedad y el segundo en la Modernidad. En filosofía se suele decir, parafraseando a Whitehead, que toda la historia de la filosofía no es más que un conjunto de notas a pie de página de los libros de Platón. A lo mejor es un poco exagerado, pero sí es cierto que este filósofo fue el que diseñó el inmenso edificio de pensamiento en el que ha vivido Occidente desde entonces. Platón planteó prácticamente todos los temas y después hemos discutido con él. Porque la filosofía es discusión y argumentación. No es, en absoluto, un conjunto de respuestas terminadas que hay que obedecer porque Platón -o quien sea- lo dijo. Nada de eso. El ejemplo paradigmático lo tenemos en el discípulo más ilustre de Platón, Aristóteles. A la muerte del maestro abandonó la Academia platónica y fundó el Liceo, donde puso del revés el pensamiento del maestro. No hay que servir al maestro, aunque nos lo haya enseñado todo, sino a la verdad. Le debemos gratitud, pero no obediencia. En este sentido, se suele citar una frase atribuida a Aristóteles: ”Amicus Plato sed magis amica veritas”.

No obstante, es posible que la atribución sea apócrifa. En la página web de la Sociedad de Filosofía Aplicada se dice esto al respecto: “Se ha citado algunas veces como ‘Amigo de Sócrates pero más amigo de la verdad’ (…). Tanto si fue Aristóteles, Platón o cualquier otro filósofo griego, la frase nos da a entender que ya desde antiguo cada filósofo tenía su teoría que defendía a rajatabla creyéndose, como se ha dicho, en posesión de la verdad. Según Platón, la frase la dijo Sócrates a sus discípulos: ‘Piensa en la verdad y no en Sócrates. Asiente conmigo si juzgas que mi opinión es verdadera, de lo contrario mantente firme ante mí para que mi entusiasmo no nos arrastre a ti y a mí mismo’. Tiempo después Newton diría, ‘Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mejor amiga es la verdad’, Isaac Newton, Extracto de Quaestiones Quaedam Philosophicae (Algunas Cuestiones Filosóficas), en latín (c. 1664))” (1).

Ya he dicho anteriormente que el relato (porque es un relato) más influyente de la filosofía occidental es el mito o alegoría de la caverna. De hecho, se ha comparado en muchas ocasiones esta narración con el cine. ¿Qué ven los prisioneros al fondo de la caverna? Imágenes, sombras, ecos. Sí, de algo que hay tras ellos y que una luz proyecta sobre la pared. Así, los prisioneros serían los espectadores que han pagado gustosos su entrada para que los engañen, aunque, al contrario que en el mito platónico, en el cine somos conscientes del engaño, conscientes al principio, aunque luego nos sumergimos en un océano de fantasías que solo la destreza del director convierte en verosímiles, que no verdaderos. Los prisioneros de la caverna creen que las imágenes y los ecos son la verdad; nosotros, a diferencia de ellos, sabemos que no es así, pero la magia de la película hace que durante un par de horas creamos, como ellos, en lo que no es verdad, de tal modo que a la salida nos golpea la realidad, la luz que nos hiere los ojos como a los prisioneros cuando abandonaban la cueva. Por eso, una mala película es aquella en la que se ven los trucos, que no nos creemos, que no entramos en ella. No somos del todo prisioneros de la película, la vemos desde fuera.

A mí, es curioso, me pasa cuando veo las películas en casa. Por eso distingo el cine de las películas. Naturalmente, veo muchas películas en casa, pero nunca es lo mismo. Ni hay oscuridad completa, ni las butacas son iguales, ni la pantalla es tan grande. Eso sí, me pongo subtítulos cuando el doblaje o la vocalización no son buenos. Es como si necesitase de la caverna/cine para dar permiso a esos sofistas que hacen pasar tras mi cabeza la luz para que me engañen maravillosamente. En casa me distraigo, me levanto, miro el móvil, me pongo algo de comer… Y películas que en el cine vería de tirón las abandono sin contemplaciones. En casa me lo creo menos. O me distraigo más, puede ser. Supongo que también hay algo de biográfico en esto: casi todas las películas que vi de niño y de joven las vi en el cine. En televisión había apenas dos canales (las privadas llegaron después) y para mí el cine es en el cine. Es más, con la llegada de las televisiones privadas (Antena 3, Tele 5, Canal + y las autonómicas) nos las prometíamos muy felices. Pero luego llegó el chasco: Tele 5 apostó desde el principio por un modelo importado de su homóloga italiana (era de Berlusconi), ligera y chabacana. Canal + era de pago y todos los días estrenaba una película; de hecho, me suscribí un par de años, pero la calidad cayó y me di cuenta de que pagaba por nada. Antena 3 comenzó con unos fines de semana antológicos, de la mano de Carlos Pumares, con unas tardes en las que se enhebraban una tras otra películas magníficas. Todo eso pasó. Ahora tenemos cadenas generalistas que no ponen películas, sino más bien telefilmes, con la honrosa excepción de La 2 y, por supuesto, los canales de pago. Si uno quiere buenas películas, hay que buscarlas y pagar por ellas, no simplemente encontrárselas. Ya no las ponen, ahora, las ponemos.

La deriva de las televisiones generalistas me recuerdan enormemente a la caverna platónica. Muchos programas de esas cadenas muestran una realidad ficticia, un no-ser transmutado en ser para quienes solo ven sombras y ecos. Resulta muy difícil convencer a estas personas de que lo que ven no es lo real, sino apariencia. Aún más: muestran una parcela de la realidad, la que permite el que paga y por eso es gratis y para todos, porque hay alguien detrás que está ofreciendo un producto, se llame propaganda (ideología y religión) o se llame publicidad (productos comerciales). El propio Platón dice que si alguien entrase al fondo de la caverna, les desatase y les obligase a volver la cabeza, su reacción sería agresiva (“intentarían matarlo”). Qué feliz se vive en la ignorancia inconsciente. O, si queremos precisar más, qué bienestar. La felicidad es algo más que el bienestar aunque precise un mínimo de este. Cuánta gente conocemos que dicen preferir eso que se ha dado en llamar telebasura porque así no tienen que pensar… El éxito de los alienadores es completo: tras un día de alienación laboral, la cena ante la tele, el único momento en el que podríamos juntarnos los que formamos la familia para hablar… Pero no: es para esa pantalla que ofrece sombras y ecos de realidades aparentes; buena guinda para culminar la alienación y luego a dormir para seguir produciendo al día siguiente.

De modo que la metáfora de la caverna como el cine no es una completa tontería, salvando las distancias. Hoy tenemos ya más de un siglo de películas, pero recordemos que en sus inicios la gente salía despavorida de la sala en la que los hermanos Lumière proyectaban en 1886 la imagen de un tren llegando a la estación, que los espectadores tomaban por real (al final el enlace). Hoy sabemos que no lo es, pero no estoy tan seguro de que hayamos salido de la caverna, solo hemos cambiado de caverna y los mecanismos de engaño se han hecho más complejos.

Carazo Jesus - IberlibroHace unos años leí un libro, ligero pero interesante, titulado Las sombras de la caverna, de Jesús Carazo. Es una novela juvenil que puede tener interés para vosotros, estudiantes. Seguramente más que las aburridas explicaciones de este profesor de filosofía. Cuenta la historia de un joven completamente absorbido por la televisión al que le ocurre como a los prisioneros de la alegoría platónica: empieza a confundir esas imágenes que ve con la verdadera realidad y a vivir en una alienación de fantasía que enmascara su triste y aburrida vida. Se llama Rubén y es joven, pero podría llamarse María y ser una adulta, o un jubilado llamado Sebastián, o una parada de larga duración que se llama Irene y que ha perdido la esperanza de que la realidad sea confortable alguna vez, por lo que busca acomodo en un espacio de irrealidad amistosa, de promesas sin fin. Solo hay que darse la vuelta para saber que las cosas no son así, pero para qué girar la cabeza y forzar las ataduras: perezoseando al fondo de la caverna se está bien, sin esfuerzo, sin escarpadas subidas, sin luz que hace daño, sin nadie que te obligue a recorrer el camino y a enfrentarte con tus autoengaños, errores y prejuicios.

¿Y después qué? Una empinada ascensión, muchos años de estudio, disgustos, discusiones con los que se van quedando por el camino y no quieren seguir, más años de estudio. Y al final… Platón promete el conocimiento y el gobierno. Aceptamos lo primero. Lo segundo… La sociedad ha cambiado mucho. Supongo que Platón estaría de acuerdo con que los que han llegado al final han de ocuparse de las cosas públicas, no únicamente del gobierno, también de los trabajos que tienen esa dimensión: médicos, profesores, investigadores… Se ha invertido un esfuerzo, hoy sabemos también que la sociedad ha empleado muchos miles de euros en la formación de esas élites intelectuales. Pero al final no todas encuentran acomodo y se produce el desgarro de no poder quedarse en la propia caverna, lo que supone una amargura moral y social, pero también un derroche financiero, una emigración forzosa a países que no han invertido en la formación de esa persona pero que aprovechan su conocimiento. Una ministra de cuyo nombre no quiero acordarme llamó a esto movilidad exterior. Claro, porque decir a la gente que se largue a buscarse las habichuelas a Alemania como hicieron sus abuelos queda mal y obliga a reflexionar sobre lo que está haciendo esa ministra.

Temo que Platón no tenía esto en mente cuando trazó su plan. Ni se le pasó por la cabeza que sus alumnos podrían acabar empleados en Tebas o en Esparta porque Atenas, tras invertir en su salida de la caverna, les señalaba el camino de la movilidad exterior… No, Platón estaba convencido de la vinculación entre individuo y sociedad, como Sócrates, como Aristóteles. En el mundo griego aún no había germinado el individualismo que, como muy pronto, llegó con las filosofías helenísticas que florecieron tras la muerte de Aristóteles y Alejandro Magno. Pero de momento, como veíamos en las entradas anteriores, lo importante era la colonia de las hormigas de Antz, la polis.  El ateniense se siente vinculado a Atenas: un ateniense (¿Sócrates?) le ha desatado y le ha obligado a darse la vuelta y mirar al muro, a las figuras y a los hombres que hablan y las mueven (¿los sofistas?), le ha ayudado a subir el escarpado camino, aunque lo ha de hacer por su propio pie el antiguo prisionero, le ha acompañado al exterior y le ha indicado, poco a poco, que fuera abriendo los ojos (la razón) para que la verdadera realidad se mostrase ante él. Los dos eran atenienses: uno ha cumplido su función de formador, ahora le toca al otro regresar a la caverna y hacer lo mismo.

Porque ya sabe que hay dos realidades: la sensible (en el interior de la caverna) y la inteligible (en el exterior). En la primera hay imágenes de objetos y los objetos mismos. En la segunda están las ideas y sus reflejos matemáticos. En clase suelo poner este ejemplo: no es lo mismo la sombra de un balón que el balón. Tampoco es lo mismo una esfera dibujada por el profesor de matemáticas en la pizarra que la idea de esfericidad, que no precisa ser dibujada, ni representada de ningún modo. Trabajar con ideas, y solo con ideas, es lo que hará el que ya no es prisionero, sino hombre libre: se ha liberado de las ataduras del cuerpo, ya no ve con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la razón. No necesita objetos, sino ideas puras, incluso aunque no haya objetos de esas ideas. No es preciso conocer hombres justos para saber lo que es la justicia; más bien es al contrario: sabemos que alguien es justo porque conocemos la idea de justicia. Esas ideas no se tocan, no se miden, no pesan ni pueden masticarse: son intelección pura y su conocimiento ni es fácil ni está al alcance de todos. ¿Elitismo, aristocracia? Platón no disimula tal elección: claro que sí.

Hoy día las redes sociales, entre otras causas, han extendido la idea de que todo vale. Y, como me dijo hace poco un tuitero, todo vale, pero no todo vale lo mismo, no equivale. Sin embargo, cada día en Twitter hay bioquímicos son insultados por cualquier ignorante, médicos que son atacados con saña por conspiranoicos, historiadores que son corregidos por cualquiera que haya leído Los pilares de la tierra, etc. No digo nada de los que nos dedicamos a la filosofía, aquí hay barra libre para corregir, arremeter e insultar. Me temo que a Platón se le pondrían los pelos como escarpias y diría -con razón- que cualquier opinión (doxa) tiene el mismo valor, es decir, ninguno, porque no está avalada por el conocimiento, no hay fundamento; sin embargo, el conocimiento (episteme) es menos discutible porque requiere conocimientos sólidos y largos años de estudio. Por eso cualquiera tiene opinión pero muy pocos tienen conocimiento. El hecho de que todos puedan escribir sus ocurrencias en Twitter no las convierte en conocimientos. Seguimos casi en la oscuridad del fondo de la caverna, pocos buscan la luz.

Matrix, posterHe de decir, antes de continuar, que esta pretensión de conocimiento científico absoluto, de certeza sin grietas, ha sido corregida por los siglos posteriores. No se ha hecho, desde luego, una enmienda a la totalidad, pero sí se han impuesto unos requisitos que llamamos método científico y que exigen prudencia en la elaboración de hipótesis, rigurosos procesos de verificación y eventual falsación y matematización de lo que se conoce. Aun con esto, y con balbuceos y errores, la ciencia mejora y esto es algo que la diferencia de la charlatanería, que nunca se equivoca (dicen ellos) porque todo lo interpreta como evidencias a favor. Es decir, viven en un mundo paralelo de creencias y apariencias en el que los prisioneros dicen que están en un conocimiento que están lejísimos de haber adquirido. Están, diríamos cinematográficamente, en el mundo de The Matrix (Lilly Wachowsky y Lana Wachowsky, 1999) o en de El Show de Truman (Andrew Niccol, 1998).

Pero me temo que la cosa da para mucho y también hay otras películas en las que merece la pena detenerse. Será en la siguiente entrada, si es que aún hay alguien que tiene paciencia para seguir leyendo.



(1) https://www.facebook.com/Sociedadefilosofiaplicada/photos/amicus-plato-sed-magis-amica-veritas-se-ha-citado-algunas-veces-como-amigo-de-s%C3%B3/173643426044256/



Hermanos Lumière: Llegada de un tren a la estación de La Ciotat:



Procedencia de las imágenes: 
https://es.wikipedia.org/wiki/Plat%C3%B3n
https://www.iberlibro.com/servlet/SearchResults?an=Carazo+Jesus&cm_sp=click-_-plp-_-abc
https://www.amazon.es/Matrix-P120-poster/dp/B0016DBVOY























 


 



domingo, 23 de agosto de 2020

Diario de un profesor peliculero (51): de los derechos y deberes del pueblo y de sus manipuladores


Antz, como ya vimos, es una película profundamente social. No sé si decir que también socialista… Ya se sabe que son dos los modelos económicos tradicionales: el capitalista y el socialista. Esto es muy conocido. La realidad es algo más compleja. Lo podemos combinar con otros dos modelos: las democracias y las tiranías. En absoluto es verdad que los sistemas económico capitalistas sean lo mismo que la democracia ni tampoco que todas las dictaduras sean capitalistas (o socialistas). El capitalismo y el socialismo, con todas sus variantes ambas, son procedimientos de organización de la economía de una sociedad. El primero -sigo con los tópicos- da prioridad a la libertad de mercado, sostiene que este se regula solo y que el Estado debe intervenir lo menos posible; lo mejor es un estado mínimo y adelgazado. El segundo considera que la propiedad privada es un mal en sí mismo, origen de todas las desigualdades y que, en consecuencia, es el Estado es que debe hacerse cargo de la organización, planificación y distribución de los recursos materiales; en consecuencia, es precisamente el Estado el núcleo, el eje sobre el cual gira todo.

Praga, el otro 68 - Milenio¿Qué tenemos hoy al concluir la segunda década del siglo XXI? Es difícil decirlo. No hay sistemas puros: casi todos, con muy pocas excepciones son capitalistas con una cierta intervención estatal en asuntos como educación, sanidad, pensiones, etc. en proporción variable. La época de las purezas políticas ha quedado atrás. Tras la Revolución de Octubre del 17 y la Segunda Guerra Mundial, el mundo cambió y se dividió en dos bloques. Pero a finales de los ochenta, asistimos al derrumbamiento de la organización estatal de lo que llamamos el socialismo real, es decir, los países de la Europa del este, incorporados a un sistema de producción capitalista y a una organización de la sociedad democrática. Luego llegan los matices. Algunos de estos países tenían tradición democrática y lucharon por recuperarla (Hungría y Checoslovaquia, por ejemplo). En otros, ajenos a estos hábitos de tolerancia y alternancia en el poder, la democracia es puramente formal, un modo de mostrar un rostro amable al mundo que esconde una intolerancia enquistada en la historia que no se quiere corregir ni combatir.

¿Qué se describe en Antz? Es difícil precisarlo. Desde luego, no una democracia. Más bien un sistema de castas o clases sociales de origen platónico, como vimos: unos producen, otros garantizan la seguridad y unos pocos mandan y organizan la sociedad. Aprovecha la biología de las hormigas para hablar de una de tantas posibilidades humanas exploradas. La Revolución de Octubre, que liquidó el zarismo en Rusia, trajo una nueva organización de inspiración marxista que pretendía eliminar las clases sociales. A cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades, como podríamos decir parafraseando a Marx. En teoría es impecable y Marx no inventa nada que no esté ya en Platón: cada uno debe desarrollar en la sociedad aquello para lo que está más preparado, por talento, por formación o por tipo de alma. También Platón decía que la propiedad privada no es lo prioritario y que el grupo de los guardianes tendría todo lo necesario para vivir, pero nada en propiedad, ni siquiera los hijos, que serían del Estado. Sorprende: gran parte de lo que parece novedad en Marx tiene dos siglos y medio y remite al autor de La República. Algunos, exagerando un tanto la filosofía platónica, sostienen que el griego inventó el comunismo y hasta el movimiento hippie.

Hay bastante de esto en la película. En Antz hay un término que aparece constantemente: la colonia. Y, sobre todo en su segunda parte, otro muy ligado al anterior: el pueblo. La colonia es el grupo, obviamente, la sociedad, la tribu. El pueblo es el conjunto de personas/hormigas  vinculadas por elementos culturales y simbólicos. Las hormigas protagonistas de la película no son termitas (el otro, el distinto, el enemigo), tienen sus particulares señas de identidad que las identifican y las distinguen de otras. Vemos que se planifica una guerra contra las termitas, que son no solo el otro, sino el otro amenazador. Se prepara una guerra preventiva contra las termitas antes de que ellas hagan lo mismo: hay que pasar a la acción. Todo por la colonia, los guardianes tienen que garantizar la integridad del grupo.

Lo malo, claro, es que el general Mandible ha utilizado la cosa patriótica en su propio beneficio. Otra vez sin novedad. Tal vez los más jóvenes deban buscar información sobre lo que fue la Guerra de las Malvinas en 1982: la dictadura argentina, acorralada por una contestación social cada vez mayor del pueblo, que pedía democracia en las calles cada día, invadió las islas Malvinas, de soberanía británica. El procedimiento es muy antiguo, aunque no por eso menos eficaz: cuando tu pueblo se rebela contra ti, busca un enemigo común para que sea tu aliado contra él. La cosa acabó mal: Margaret Thatcher, la primera ministra en el Reino Unido, mandó a la Armada con la misión de recuperar esas islas, que ellos llaman Falkland. Un ejército profesional y bien equipado tardó poco en expulsar a unos jóvenes mal preparados militarmente y en hacer ondear de nuevo la bandera británica. Es decir, el patriotismo no bastó, el amor a la bandera no garantiza tener razón y, aunque se tenga, un ejército profesional es mucho más efectivo que una milicia de leva, obligada a la fuerza o que acude de buen grado pero escasa de fundamento y equipo adecuado. Los jóvenes fueron enviados a la muerte para que la junta militar que gobernaba despóticamente el país se aferrase al poder.

Banderas de nuestros padres (2006) - FilmaffinityLo mismo que se ilustra en la película: la patria, la colonia, como excusa. Los individuos son peones de intereses que se disfrazan con símbolos y grandes palabras. Vemos lo que ocurre al ejército de las hormigas. Ganan la batalla a las termitas, pero es lo que se llama una victoria pírrica: la victoria tiene un coste demasiado alto y no compensa el coste humano. Por definición, nunca compensa.

Al regreso, el único superviviente, Z, es groseramente manipulado por el general y ninguneado por la reina y la princesa. Nada nuevo bajo el sol. Por cierto, recomiendo al respecto dos películas: Héroe por accidente (Stephen Frears, 1992) y Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006). En distinto tono (comedia y drama) se nos muestra la instrumentalización por parte de los poderosos de los héroes y cómo después son abandonados a su suerte y convertidos todo lo más en recuerdos simbólicos que amalgaman una sociedad con relatos manipulados según el interés de turno. Esos héroes son referentes, desde luego, pero al final el relato tiene vida propia y los seres humanos que lo construyeron quedan muy atrás, en las cunetas de la Historia.

Z no entiende lo que le pasa, aunque poco a poco le coge gusto a eso de ser un héroe (al menos es lo que dicen), salir en el balcón al lado de los poderosos y ser vitoreado por la multitud. Mala cosa, el general tiene otros planes y la figura del héroe no debe oscurecerlos. La cosa se complica cuando la reina y la princesa caen en la cuenta de sus intenciones, que no son otra cosa que un golpe de estado en el que la reina será liquidada y la princesa Bala utilizada como suministradora de nuevas hormigas porque el pueblo genuino, la colonia, va a ser eliminada por ahogamiento. Ese gran plan de ampliación del hormiguero en el que trabajan las hormigas obreras es su propia tumba. El pueblo, engañado una vez más, le pone al poderoso la alfombra roja mientras cava su propia fosa.

Pero la película, como vimos en la entrada anterior, tiene elementos de esperanza. Cuando todo está casi perdido, es el pueblo el que salva a la colonia. Veo aquí una reivindicación de lo social frente a lo individual: no me salvo si no se salvan los demás, me salvo con los demás. Es lo que decía Ortega en Meditaciones del Quijote: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” (más información al final). Decía Sócrates que él no era solo Sócrates, sino Sócrates el ateniense. La libertad para los griegos no era posible al margen de la sociedad, sino en la sociedad, en tanto que sociedad. Actualmente, nuestras democracias capitalistas han desarrollado un individualismo a menudo insolidario; solemos entender que la libertad es que me dejen en paz, que no me obliguen a nada, que no me hagan pagar impuestos, no tener obligaciones sociales, no hacer la mili, que no me obliguen a llevar mascarilla... Pero, como es obvio, no hay derechos sin deberes. El pueblo que reclama la libertad en Antz es el mismo pueblo que ha colaborado para conseguirla, que a veces ha pagado un alto precio dejando a muchos héroes (genuinos, anónimos) por el camino. Ese mismo pueblo es el que fue aplastado por los tanques soviéticos en las calles de Praga en 1968 o por los del ejército chino en la plaza de Tiananmen en 1989. Curiosamente, como en Antz, en ambos casos se actuaba en nombre del pueblo, aunque sin pedir opinión ni autorización al pueblo de verdad, ese de carne y hueso, no vaya a ser que diga otra cosa. Hay un pueblo conceptual y un pueblo real, de personas de verdad.

Por lo tanto, la  película es también una apuesta por el individualismo bien entendido, aquél que permite ser distinto en un contexto de colaboración social: yo soy yo, pero varios yoes conforman el nosotros. No es radicalmente individualista: lo que salva al hormiguero al final es la cooperación libre y consentida, nunca forzada. A esto es a lo que se llama ciudadanía. Y, por supuesto, hay una propuesta inequívoca: no acatar ciegamente las órdenes, pensar por uno mismo, plantearse los fundamentos de toda realidad. Es decir, no ser uno más, no ser parte del rebaño, atreverse a pensar, ser pueblo sin dejar de ser una persona individual y distinta.

Repárese en el uso mendaz de la palabra popular en manos de tantos políticos y regímenes que se pretenden ligados a la gente: todo es del pueblo, viene del pueblo, es por el pueblo, es para el pueblo, por el bien del pueblo. Sí, pero como decía el despotismo ilustrado, sin el pueblo. Es más, repárese en esa otra palabra, populista, que ya no es que apele al pueblo, sino a lo peor de la gente, a sus emociones más descontroladas, a sus odios aprendidos, a las iras y a la falta de reflexión. Es muy fácil llegar a esto y muy difícil acceder a la razón, las emociones son mucho más poderosas. Por eso se recurre a un abuso de símbolos, que amalgaman la sociedad sin necesidad de pensar en exceso, pero que vinculan: patria, bandera, himno, historia, costumbres… Elementos que nada tienen de malo: lo malo es el uso, qué digo: el abuso, la apropiación.

Agitar una bandera y darle al otro con el palo es fácil, visceral y recoge muchas adhesiones inquebrantables. Lo que es más difícil es sentarnos a hablar de derechos y de deberes, de impuestos, de obligaciones respecto a los demás, de lo que gastamos -es un ejemplo, un buen ejemplo- en sanidad. ¿O preferimos un sistema sanitario adelgazado en el que cada cual pague el coste de su enfermedad y, si no puede, se muera en la desatención? Pues entonces hay que explicar a la gente que la sanidad es cara, claro que sí. Lo barato es que no haya sanidad pública, los servicios públicos inexistentes son los que tienen menor coste. Lo mismo ocurre con la educación, las pensiones, las ayudas a la dependencia… Todo ese dinero ha de salir de algún sitio, en su mayor parte de los impuestos, que a nadie gusta pagar, pero todo el mundo recurre al Estado cuando las cosas van mal. Acudimos a él cuando necesitamos escuela para nuestros hijos, hospital para nuestras dolencias y pensiones para nuestra jubilación. También recurre a él la banca para evitar la quiebra, incluso los equipos de fútbol cuando tienen dificultades económicas, aunque nunca para repartir los beneficios. Y el dinero, obviamente, ha de salir de alguna parte, de la actividad productiva. Sin embargo, no llamamos héroes a esas personas anónimas que se levantan de madrugada, cobran un sueldo raquítico, abonan un alquiler astronómico por su vivienda y han de pagar sus impuestos como todo el mundo. Bueno, todo el mundo no: algunos famosetes pueden fijar su residencia fiscal fuera de España y no pagar aquí lo que les corresponde, con lo que privamos a las arcas de este país de un dinero muy necesario.

Albert Camus - Wikipedia, la enciclopedia libre
Confieso que no entiendo a la gente que vitorea a los defraudadores cuando son juzgados y condenados (antes es preciso respetar la presunción de inocencia) como si fueran héroes. Pues no, he leído -desconozco si las cifras son ajustadas- que cada español paga(mos) entre 800 y 1000 € de más, esos que deberían pagar los defraudadores, héroes para algunos. Hace unos años, Intermón Oxfam hizo un corto muy revelador al respecto, sobre el escaqueo fiscal, cuyo enlace pongo más abajo. Al insolidario fiscal no se le puede tratar como héroe del pueblo porque su conducta es antipopular, puro egoísmo económico que a menudo se disfraza con símbolos de más fácil digestión.

Por fin termina la película, termina bien. Los malos reciben su merecido y Z funda con Bala una nueva colonia. No esperemos revoluciones, todo lo más correcciones, perfeccionamientos. Decía Albert Camus que algunas generaciones han mejorado el mundo, pero a otras les toca la misión de hacer que al menos no empeore. Y eso no es poco. Estas fueron sus palabras en el discurso de agradecimiento tras la concesión del Premio Nobel de Literatura: "Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga" (al final en enlace al discurso completo).

La película acaba, la cámara se va alejando y muestra que toda la acción se desarrolla en Central Park, el gran pulmón verde de Nueva York. Y vemos los grandes edificios, ¡las Torres Gemelas!, de ese hormiguero en el que habitan unos cuantos millones de personas que constituyen el pueblo, la colonia. Con sus derechos y deberes.



Sobre la frase de Ortega:

Corto de Intermón sobre el escaqueo fiscal:

Discurso de Albert Camus:



Procedencia de las imágenes: 
https://www.milenioweb.es/praga-el-otro-68/
https://www.filmaffinity.com/es/film779616.html
https://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Camus

domingo, 16 de agosto de 2020

Diario de un profesor peliculero (50): de las hormigas platónicas y el pueblo


Antz | DreamWorks Wiki | FandomAntz. La película de animación que más me gusta es Antz, sin la menor duda. Esta vez ya no es un producto de Pixar, sino de la competencia, DreamWorks, con Steven Spielberg detrás. En España también se la nombra a veces como Hormigaz, siempre jugando con la z, esa letra final que es el nombre del protagonista.

Todos los años la pongo a los alumnos de Valores éticos de 1º y/o 2º de la ESO. Con gran éxito, por cierto. Y después trabajamos con una parte del cuestionario cuya referencia enlazo al final (y con permiso de su autor). La película cuenta la historia de una hormiga, Z, individualista en una sociedad perfectamente ensamblada, en la que cada uno hace su deber sin plantearse si es lo que le hace feliz. Pero conoce en un bar a alguien que le habla de un lugar mejor en el exterior del hormiguero, “Insectopía”, la utopía de los insectos, tras lo cual se enamora de la princesa Bala, que había ido de incógnito a bailar. Después se ve envuelto en una guerra (“preventiva”) contra las termitas, en la que se convierte en héroe por puro azar. Z es finalmente alguien que piensa por sí mismo, cada vez más peligroso para la comunidad. Pensar es preguntarse por qué.

En la versión original, los distintos personajes están doblados por grandes actores. Por ejemplo, Z es Woody Allen, pero también escuchamos las voces de Sharon Stone, Sylvester Stallone,  Jennifer López, etc. Lo malo es que en clase es casi imposible poner una película con subtítulos: la costumbre es demasiado poderosa, incluso en los grupos bilingües. Tampoco conocen a esos actores que ponen las voces originales. Y, la verdad, el doblaje al castellano es excelente. Debo decirlo porque parece que los que preferimos los subtítulos es porque despreciamos el trabajo de los dobladores que, en general, merece altísima nota. 

Los estudiantes creen que van a ver una película de dibujos animados. Error parcial: no es exactamente lo que se entiende por una película para niños, muchas películas de animación no son para los más pequeños. Es más, cuando la vemos en clase tengo la impresión de que están rozando la superficie. De hecho, hemos trabajado con ella en alguna ocasión en 4º y el aprovechamiento es infinitamente mayor. Antz  tiene una lectura simplona: aventura de un personaje débil de extracción humilde que consigue sobreponerse a su destino y que finalmente se casa con la chica, una princesa nada menos. Este argumento vale para buena parte de las películas tontorronas que hemos visto tantas veces. Pero no, Antz habla de mucho más. En primer lugar, su título. Z parece una hormiga más, sólo una letra, la última del alfabeto. Nos la muestran como un individuo cualquiera en una colectividad en la que cada uno hace su trabajo, se divierte según lo previsto y no tiene aspiraciones ni pensamientos propios. Pero Z no es así, no encaja en esa supuesta utopía social en la que todo funciona, pero sólo aparentemente: funciona la maquinaria, pero los individuos no son ni libres ni felices. Y éste es el tema de la película: al igual que en los libros de Orwell (1984, Rebelión en la granja) y de Huxley (Un mundo feliz), la sociedad se impone por encima de las personas/hormigas, que son aplastadas por el peso de lo colectivo, anuladas como individuos. La libertad no existe, no es necesaria. Sin embargo, los seres humanos (las hormigas) no pueden dejar de pensar ni renuncian a una aspiración eterna: la libertad, el deseo de que les dejen planear su vida a su gusto, el deseo de ser felices a su modo. Ésa es la verdadera utopía, a la que en la película se llama “Insectopía”, y que resulta menos maravillosa cuando se la ve de cerca. A menudo las utopías enmascaran las distopías más terribles.

UN MUNDO FELIZ - NOVELA.: HUXLEY ALDOUSUna utopía es un diseño social tan maravilloso como irrealizable. El concepto remite al libro de Tomás Moro, Utopía, y entre sus lejanísimos padres encontramos nada menos que a Platón, autor del primer texto en el que se plantea una organización social perfecta. Hablamos, claro, de la República, cuidadoso diseño de una sociedad perfecta en la que cada individuo cumple una función según su tipo de alma: los que tienen el alma de bronce se dedicarán a las tareas de producción; aquellos cuya alma sea de plata serán los encargados de la seguridad de la sociedad; por último, los de alma de oro tendrán como misión el gobierno de la ciudad. ¿No es eso lo que se nos cuenta en Antz?, ¿no estamos hablando de hormigas platónicas?

Hay alguna diferencia, desde luego. Platón no eran un determinista puro en este sentido. De hombres con alma de oro pueden salir hijos con alma de plata o bronce y al revés. Será la educación la que descubra, a partir de ciertas predisposiciones anímicas (talento y actitudes lo llamaríamos hoy) quiénes pueden seguir ascendiendo en la escala social y habrá que invertir los recursos para sacar de ellos lo mejor. En Antz, sin embargo, todo está determinado desde el principio, como en la novela de Huxley; ni siquiera la escuela como ascensor social se contempla. Pero, al igual que en Un mundo feliz, ese personaje desclasado se hace preguntas incómodas y quiere tener otras perspectivas que no se corresponden a su lugar en la sociedad. No sé si Platón estaría muy de acuerdo con esto. Creo que todos tenemos con este filósofo una relación de amor-odio. Por un lado, parece apostar por la movilidad social, por las posibilidades de que asciendan los mejores sin importar su cuna: es indudable lo que dice al comienzo del libro VII de la República -y no solo ahí-, cuando narra la alegoría de la caverna que es, entre otras cosas, una explicación de su proyecto pedagógico para discriminar a los mejores y darles una formación que conducirá al gobierno. Nadie parece tener nada que objetar al respecto: educación y gobierno de los mejores. Pero en Platón también está el germen de todos los totalitarismos que han buscado apoyo teórico en él. Su propuesta es aristocrática, no democrática, nada de que cualquiera pueda votar y mucho menos gobernar, lo que conduce de facto, a una sociedad clasista, estratificada y desigual.

Libros de filosofía librería La República Platón libro filosofíaTambién esto lo vemos en Antz. Z es un obrero, un productor, un alma de bronce. Sin embargo, algo ha ido mal, Z es un productor friki, parece tener bastante más inteligencia que su amigo el soldado, lo que pondría los pelos como escarpias a Platón. Es más, Z no cesa de hacerse preguntas en una actitud claramente filosófica. Será que alguien se ha equivocado en la asignación de los recién nacidos porque en el diseño platónico debería ser adscrito al grupo de los de alma de oro por su perspicacia, por su continua petición de explicaciones (logos) y por su pretensión de un gobierno de la ciudad (hormiguero) más racional. Algo ha fallado, sin duda, Platón se está revolviendo en su tumba.

Y como se entere de quiénes son los que gobiernan le vuelve a dar el ataque: la reina no se entera de nada de lo que ocurre a su alrededor, gobierna envuelta en una burbuja sin que lo que ocurre le llegue más que a través de los informes dulcificados de aquellos que quieren que todo parezca de color de rosa. Le haría falta aquel esclavo que tenía Julio César, cuya misión era susurrar al emperador aquello de “recuerda que eres mortal” (memento mori). Me temo que la reina no está para esos baños de realidad: mejor que se adultere la realidad, no vaya a ser que le ocurra lo que al filósofo Séneca, cuya función era aconsejar verazmente al emperador, y que por ello fue forzado al suicidio antes de que Nerón ordenase su detención, su condena a muerte y que le fueran requisadas todas las propiedades que no podrían heredar sus parientes. No parece que la reina hormiga tenga esa maldad, de hecho, cuando las cosas se ponen feas, intenta liderar a su pueblo, pero quien le saca las castañas del fuego es precisamente ese pueblo del que todo lo ignora.

A su alrededor pululan otra serie de personajes. Está su hija, la princesa Bala, cuyo destino está sellado desde el principio por su posición y su nacimiento. Otra endiosada a la que le haría falta un esclavo que le dijera esto: “Recuerda, Bala, que eres mortal”. Lo encuentra a veces en Z, cuya procedencia popular la atrae y repele a la vez. Su escapada al bar es más una canita al aire que una exploración de las condiciones en las que vive el pueblo llano. Su actitud sigue siendo arrogante, distante, enormemente clasista y despótica. La realidad va poniéndola en su sitio y su relación con Z la transforma en una princesa del pueblo. Casi casi en una princesa constitucional.

Los militares que rodean a la familia real tienen también interés filosófico. En primer lugar, el general Mandible, prometido con la princesa y cuyo único interés es tomar el poder y hacer uso de él, por los medios que sea. Es un émulo chusco del Príncipe de Maquiavelo, aunque bastante menos inteligente que lo que quería el autor florentino. Es manipulador, intrigante, desprecia al pueblo y lo utiliza solo para sus fines, claro. Como tantos; de hecho, conviene repasar la historia de los tiranos: todos hablan en nombre del pueblo, dicen representar al pueblo, buscar un régimen del pueblo, etc. Hay un abuso de esta palabra en la historia política. Yo, desde luego, desconfío de todo aquel que dice actuar en nombre del pueblo y me siento muy poco pueblo cuando les oigo hablar en mi nombre y en el de la gente tan plebeya como yo; es más, me espanta esa esencia terminada, cargada de símbolos y en la que se habla poco de ciudadanía, de derechos y deberes. Miedo me dan todos los Mandible que en la Historia han sido.

A veces surge la figura de un coronel Cutter. En principio es el brazo ejecutor del general y representa más la fuerza que la inteligencia. Pero también en él hay una transformación, una transmisión de fidelidades. Por un lado se debe al general, su superior jerárquico, pero por otro lado es un militar al servicio de la sociedad, del pueblo. En los últimos minutos comprende que el pueblo está por delante de las órdenes y que, en consecuencia, actuar contra la gente corriente  es actuar contra el pueblo que se dice representar. Ya lo comentamos en otra entrada: el concepto “pueblo” es borroso y es muy sencillo que los de siempre se apropien del concepto (además del himno, bandera, historia, costumbres…) de modo que cuando dicen hablar en nombre del pueblo, en realidad hablan de una fracción de esa gente, los buenos, los suyos, los que comparten su visión de las cosas. El resto, por muy mayoritario que sea, puede irse preparando para lo peor, en una sociedad en la que gobiernen estos fundamentalistas solo queda la cárcel, el exilio o el paredón. Muy popular…

Evidentemente, en la actualidad, los militares, así como las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, tienen la función de vigilar el cumplimiento de las leyes del país del que son funcionarios; es decir, son la garantía de la seguridad para que los demás podamos gozar de las libertades. Sí, ya sé, no siempre. No se me escapa que los sucesivos gobiernos de cualquier lado intentan utilizarlos en su provecho. Por eso hay que procurar que protejan al pueblo, al genuino pueblo, a esa colectividad heterogénea, y no al pueblo que ellos dicen representar, reducido y cerrado sobre sí mismo. De hecho, la obediencia al superior en estos colectivos está limitada a aquello que es su función y que no va en contra de la Constitución y las leyes vigentes. No existe en la mayor parte de las democracias la obediencia debida sin limitaciones.

Capitanes de abril (2000) - Filmaffinity
A mí este coronel que se pone del lado del pueblo me recuerda muchísimo a lo que ocurrió en Portugal el 25 de abril de 1974, fecha en la que un grupo de militares dio un golpe de estado, sacó a la calle los tanques y las tropas y forzó un cambio de régimen que terminaría con la dictadura para traer a Portugal la democracia. Eso ha ocurrido muy pocas veces: los golpes de estado suelen darse para acabar con las democracias y no para imponerlas. Pero en nuestro vecino Portugal, con el régimen franquista tambaleándose, fue posible, lo hicieron unos capitanes y se conoce con el nombre de la Revolución de los Claveles. Hay una película al respecto: aunque no muy buena, tiene interés, Capitanes de abril (Maria de Medeiros, 2000). También están ambientadas en esa coyuntura Sostiene Pereira (Roberto Faenza, 1996) y Tren de noche a Lisboa (Bille August, 2013). La banda sonora de la revolución, todo un símbolo en Portugal, asimilable a “Bella ciao” en Italia, es la canción “Grandola vila morena”, cuya emisión por una emisora de radio en la madrugada del 25 de abril era la señal del comienzo de la revolución. En Antz, por cierto, también hay algunas referencias musicales; entre otras “Give peace a chance”, de John Lennon, otro himno pacifista.


“Grandola vila morena”:

“Give peace a chance”:

Cuestionario sobre la película:
  
Más información sobre la película:




Procedencia de las imágenes:
https://dreamworks.fandom.com/es/wiki/Antz
https://www.iberlibro.com/servlet/BookDetailsPL?bi=15112657650&cm_mmc=ggl-_-ES_Shopp_RareStandard-_-product_id=bi%3A%2015112657650-_-keyword=&gclid=Cj0KCQjwsuP5BRCoARIsAPtX_wG4s9k3JQBw0i5AONhbje8YMFIYgVc4CZoZAFUke9997-AbY7HbNm0aArqSEALw_wcB
https://rampoines.com/filosofia/10939-la-republica-platon.html
https://www.filmaffinity.com/es/film884620.html

sábado, 15 de agosto de 2020

Diario de un profesor peliculero (49): de las emociones y sus peligros


Close Up Póster Inside out/del revés Silueta (61cm x 91,5cm ...Hay otra película de la factoría Pixar que me gusta, aunque no tanto como Up. Se trata de Inside out, que, no sé por qué, a veces se cita con ese nombre y otra con Del revés traducción aceptable, pero no sé si muy afortunada. Aunque no está mal hecha y puede traducirse así, más bien significa “de dentro para fuera”, que es de lo que va. En Latinoamérica se tituló Intensa-Mente.

La película puede utilizarse con gran provecho en las asignaturas de Valores éticos, en todos los cursos aparece el tema de la inteligencia emocional; también está  en la Filosofía de 4º, de 1º de Bachillerato y en la Psicología de 2º de Bachillerato. No obstante, tiene un tono infantil que en esos últimos cursos no parece muy indicado. No tengo experiencia en Primaria, pero supongo que tendrá allí interés y aplicación.

Lo de la inteligencia emocional se puso muy de moda a partir del libro de Daniel Goleman titulado justamente así, Inteligencia emocional, publicado en 1995 y que popularizó el tema y el título, que realmente ya había sido utilizado anteriormente. A mi juicio, al libro le sobran páginas y anecdotario, pero tal vez sea ese el precio que hay que pagar por querer llegar a todos y salir del mundo de los especialistas. De hecho, se popularizó tanto que se ha convertido en el nuevo maná, junto a la teoría de las inteligencias múltiples. Tal vez no sea este el lugar para mostrar mis objeciones, pero las hay, muchas en los últimos años. En cualquier caso resumiré: la inteligencia emocional sostiene que junto a la inteligencia académica (lingüística, matemática, etc.) existen otros modos de ser inteligentes menos reglados y más ligados al mundo sentimental y a la conducta con uno mismo y con los demás. Naturalmente, insisto en esto: junto-a y no al-margen-de. Para muchos estudiantes poco dados al trabajo y para no pocos padres que prefieren buscar excusas en lugar de mirar a la realidad de sus hijos a los ojos, esto de la inteligencia emocional les ha dado un discurso al que agarrarse. Un discurso que hay que revisar.

Suelen (mal)entender que su hijo es inteligente si es feliz. Yo llamo a estos “la escuela de la felicidad”. Y ¡ojo!, no solo estoy hablando de padres y estudiantes; también muchos docentes se apuntan al carro de esta corriente. No faltan cursos que incidan en el tema, algunos de nivel universitario. Y no seré yo quien diga que todo es una sarta de tonterías bienintencionadas pero vacías. No, eso no. Sin embargo, sí me gustaría resaltar que la inteligencia emocional no es únicamente ese ir feliz por la vida sin problemas, buscando siempre lo positivo y la sonrisa. La inteligencia emocional parte de un sustrato epistémico: hay que conocer los propios sentimientos y emociones. Una vez conocidos, hay que ponerlos en práctica, regularlos racionalmente. Cualquiera que sepa algo de filosofía se dará cuenta de que esto es algo muy aristotélico. Las virtudes, decía Aristóteles, son dianoéticas (relativas al conocimiento) y éticas (relativas a la acción). Y hay una virtud especial, la prudencia, que es a la vez dianoética y ética, es decir, requiere conocer, pensar, para luego actuar. Como se ve, nada nuevo bajo el sol. Por cierto, el libro de Goleman comienza curiosamente, con un prólogo titulado “El desafío de Aristóteles”.  Será por algo…
 
A la estela del libro de Goleman se ha escrito mucho. El propio Goleman ha escrito otros libros con el adjetivo “emocional” en el título y muchos otros autores se han apresurado a escribir textos en los que la palabra emocional resalta en la portada. Claro, es que emocional es más emocionante que racional. Inteligencia racional… Dan ganas de salir corriendo. Cómo aumentar las ventas con ayuda de razones… No, eso no vende. Ecología racional… Parece un tratado, un tocho insufrible. Se ha impuesto el adjetivo, algo que no debería tener ningún problema, al contrario. Lo malo es que lo ha invadido todo y ha dejado de tener significado, se ha convertido en un canto rodado, desgastado por el uso, bajo cuya denominación vale cualquier cosa que suene a emociones y que facilite algo sin necesidad de demasiado trabajo.

Y no, insisto en eso. La inteligencia emocional incluye el conocimiento de los sentimientos. Todos los que tenemos hijos o trabajamos con niños y adolescentes sabemos la dificultad que para ellos tiene algo tan aparentemente sencillo como nombrar un estado de ánimo: estoy triste, amargado, nostálgico, melancólico, aburrido, harto, ansioso, deprimido… “Estoy mal”, resumen muchos. Pero si no se sabe qué nos pasa, ¿cómo vamos a actuar en consecuencia? Esa alexitimia (incapacidad para identificar y expresar emociones) es muy común, especialmente lo primero: identificar. Porque vosotros que leéis esto, estudiantes, sentís mucho. Lo malo es que sentís exageradamente, sin conocimiento, como si os fuera la vida en ello. La primera vez que se  siente el enamoramiento no es que se tengan mariposas en el estómago, es que están todas las mariposas del mundo, mientras el corazón se desborda, la boca se reseca y las palabras o bien no salen o bien se precipitan en catarata. No digo nada de cuando se rompe una relación amorosa: es como si se acabara el mundo. Y así podemos seguir: la traición de un amigo, el desdén del grupo, la necesidad de ser aceptados y queridos, la relaciones tan conflictivas con los padres… Todo normal, sí, pero intenso, muy intenso.

Luego la vida va pasando y todo se atenúa casi siempre, se hace más previsible y no necesariamente peor. Nos hemos hecho un poco más sabios, algo más escépticos y desde luego más prudentes. Me decía una compañera de mi (avanzada) edad, a punto de casarse de nuevo, que las relaciones afectivas en la madurez son mejores porque no hemos vivido en vano, porque no esperamos todo del otro, pero sí mucho, su mejor versión, la real. Ya no pensamos qué voy a hacer sin esa persona, sino qué quiero hacer con ella. Eso es también educación emocional: no ser felices a tiempo completo (algo imposible), sino saber gestionar la vida, lo que sentimos, canalizarlo positivamente.

Suelo plantear a mis alumnos la diferencia entre sentimientos buenos y malos por un lado y agradables y desagradables por otro. Me cuesta una barbaridad que entiendan que no todos los sentimientos positivos (los buenos, los que nos hacen crecer) son agradables, del mismo modo que hay sentimientos desagradables que no son negativos. No voy a dar soluciones, sino preguntas: ¿qué es la venganza, agradable, desagradable, buena o mala? ¿Y el remordimiento de conciencia? ¿Y el odio, el desprecio, la nostalgia…? Pese al tiempo que dedicamos, muchos errores, creo que ha calado el mensaje de que solo he de hacer aquello que me haga feliz, lo que me motive. Este mensaje ha impregnado, desde luego, la mente de  casi todos los estudiantes, pero también se ha anclado en muchos, demasiados padres, que acuden a las tutorías con la palabreja prendida en los labios: “Mi hijo suspende porque no está motivado”, “En este instituto no se motiva a los alumnos”, “La asignatura no les motiva”, “Ese método no es motivador”, etc. Lo de estudiar y cumplir con tus obligaciones, eso ya lo dejamos de lado, para más adelante.

Me habréis oído muy a menudo decir que no se trata de hacer lo que te guste, sino de intentar que te guste lo que tienes que hacer. Porque, de lo contrario, la bofetada que os va a dar la realidad en cuanto salgáis de la burbuja de la sobreprotección va a ser antológica. Lo siento, pero los sueldos son bajos, el trabajo intenso, las viviendas caras y los jefes no siempre son comprensivos. A menudo nos empeñamos en querer a quien no nos quiere. Otras veces quien decía querernos deja de hacerlo. No digo nada de quienes nos dejan para siempre. La vida no es un camino de rosas y conviene irse preparando: no todo nos va a ir bien, no siempre nos van a aceptar como somos, no vamos a obtener todo lo que creíamos merecer. Pues bien, eso también es parte de la educación emocional que hay que dar a nuestros hijos y estudiantes. A menudo no vamos a estar motivados. Si lo estamos, mejor; pero si no es así, entonces que actúe la voluntad y hagamos lo que haya que hacer, aunque no tengamos deseos o ganas.

Incidiré en dos aspectos que aparecen en cualquier texto y que parecen invisibles para la mayoría: diferir las gratificaciones y soportar la frustración. Esto ya es algo menos happy, ya no aparece en las tazas de Mr. Wonderful ni en los sobres de azúcar que nos ponen en las cafeterías.

Veíamos que en Up, Carl y Ellie estaban toda su vida ahorrando para ir a las Cataratas Paraíso. No tenían dinero, pero ahorraban cada moneda. Sabían que este año no podía ser, ni el otro. Eran capaces de saber que la recompensa a sus ahorros llegaría más adelante y la felicidad que había al final teñía ese aplazamiento. Estudiar es algo parecido. A veces me decís, estudiantes, que queréis ganar mucho dinero, tener un trabajo interesante, una casa con piscina y un deportivo en el garaje. Vaya, como yo. Lo malo es que todo eso tiene un coste elevado. Yo he conseguido ganar un dinero con el que vivo bien, tengo un piso (sin piscina) que terminaré de pagar en cuanto me jubile y un coche pequeño en el garaje. Bueno también tengo un descapotable rojo. Lo malo es que tiene dos ruedas y debo pedalear para que se mueva.

Tengo estudiantes incapaces de diferir la recompensa, de aplazar el premio o la gratificación. Eso es mala señal, indica impaciencia y en algún caso conductas tiránicas con los padres que a menudo ceden ante estos adolescentes exigentes. Como me dijo una vez una madre: “Para que no se traume”. Lo malo es que la ausencia de traumas en el muchacho suele implicar una convivencia traumática en casa y en el instituto, de modo que habrá que ir enseñándole el valor del no. Por cierto, también en la inteligencia emocional de Goleman aparece la necesidad de entender y respetar los sentimientos de los demás. No vivimos solos, nuestras acciones involucran a los demás. Hay acciones prohibidas y conductas que debemos reprimir.

La segunda característica es la frustración; mejor dicho, aprender a soportar la frustración. Como todo el mundo sabe, la frustración es un sentimiento que posee alguien cuando no puede obtener o hacer aquello que se había propuesto. La ansiedad, la ira o la depresión son respuestas habituales ante la frustración. Pero aquí conviene hacer una distinción de carácter ético: una cosa es que tengamos deseo de algo y otra que creamos tener derecho a eso. Por ejemplo, yo puedo desear el último modelo de teléfono móvil, pero no me siento frustrado por no tener los 1000  € que me cuesta. Sin embargo, puede ocurrir esto otro: deseo ganar un premio literario porque creo que mi novela es extraordinaria, pero al jurado le parece un bodrio infumable y no gano; ante eso puedo mostrarme agresivo o violento con los que la han rechazado o puedo deprimirme y sentir que mi vida carece de sentido, que no valgo para nada. Obviamente, ni la respuesta por violencia ni la respuesta por depresión son adecuadas; debo aprender, como les ha ocurrido a tantos escritores, que mi novela puede ser rechazada, incluso siendo buena, no sería la primera vez. Y seguir adelante, seguramente debo aprender a escribir mejor o ser consciente de que no está mal para los amigos, pero no para ganar un premio literario, mucho menos para publicarse. Ahora mucha gente cuelga sus creaciones literarias en Amazon, pensando que tendrán un éxito arrollador: no es así. He comprado alguna y la mayoría son muy malas, sin trama bien construida, con errores de principiante y con faltas de ortografía descomunales. Bien, nadie es perfecto y todo hay que aprenderlo, pero la frustración hay que saber gestionarla, como otros sentimientos. Porque la vida no es justa, ya, ni injusta. Es lo que Nietzsche llamaba “la inocencia del devenir”, “las bromas del azar”; las cosas simplemente ocurren, no para fastidiarnos ni para auparnos a tronos, simplemente ocurren y, como decía Savater –lo cité en otra entrada-, no elegimos lo que nos ocurre sino cómo reaccionamos ante lo que nos ocurre. Y ello se llama gestión emocional, tolerancia a la frustración, cálculo de consecuencias, etc.

Ya llevo mucho escrito y esto iba sobre la película Inside out. Así que muy poco más. Así no hago el habitual spoiler y que cada cual la vea. La película cuenta la historia de una niña cuyos padres han de trasladarse de ciudad. Por lo tanto, hay cambio de residencia, de escuela, de amigos, de referencias… La niña está creciendo y su niñez se está desmoronando, descubre que está atada a un pasado que añora, pero también a un presente que le irrita, a unos padres con los que empieza a tener conflictos y a una mente que trabaja en muchas direcciones, no siempre coincidentes. El tratamiento es simpático, pero puede valer para adentrarnos en ese mundo de las emociones, ese resbaladizo y atrayente mundo del que a veces salimos engalanados y otras despellejados.

Procedencia de las imágenes: 
https://www.amazon.es/Inside-Out-Poster-61cm-5cm/dp/B010N4IE4G
https://www.casadellibro.com/libro-inteligencia-emocional/9788472453715/541129?gclid=CjwKCAjwj975BRBUEiwA4whRB6fafwcHRlBX5csmfPuWNZ7gIXBjrcRJUe0yQoVXlY45_QE4-84-FxoCUTwQAvD_BwE